Savater: “España no tiene unos ciudadanos de primera”

Fernando Savater (San Sebastián, 1947) habla de su libro 'La peor parte', una conmovedora obra no solo dedicada a su mujer, sino también a la soledad y tristeza de un amor que ya no tiene en quien proyectarse

Fernando Savater, en Segovia.
Fernando Savater, en Segovia. / KAMARERO
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Recibe Fernando Savater (San Sebastián, 1947) al periodista con ganas de hablar de su libro ‘La peor parte’, una conmovedora obra no solo dedicada a su mujer, sino también a la soledad y tristeza de un amor que ya no tiene en quien proyectarse. “Cuando encuentras el amor sabes que vas a vivir para alguien y no para algo”, afirma rotundo. Pero su gozo en un pozo; hay otras cuestiones que cuanto menos superan en actualidad al tema eterno y por excelencia en el ser humano junto con el temor a la muerte (también en esto Savater tiene su opinión, muy al estilo del filósofo Spinoza: el hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, todo su pensamiento es de la vida). Viene Savater a Segovia y al ‘Hay Festival’ para conversar con el periodista polaco Adam Michnik sobre ‘La lucha por Europa’, con un claro leiv-motiv: es la hora de hacer renacer el espíritu europeo ante la amenaza de los nacionalismos radicales.

No se mostró muy optimista el polaco en su intervención en el Convento de Santa Cruz La Real: “Tengo la impresión de que se está debilitando mucho el centro político; también la izquierda y derecha democrática, y sin embargo, están tomando fuerza los extremismos, los sistemas autoritarios xenófobos y los nacionalismos”. Un panorama, en fin, que recuerda a la Europa de los años 30 en donde germinó la raíz que después daría lugar a la Segunda Guerra Mundial.

Fernando Savater tiene su opinión sobre la cuestión. “El nacionalismo es un tipo de plasmación de la vocación identitaria. Los seres humanos somos animales necesariamente políticos, como lo definía Aristóteles. En nuestra identidad está incluida la sociedad a la que se pertenece: compartimos unas costumbres, un lenguaje, incluso una cierta resistencia a la identidad que se nos quiere imponer. El nacionalismo es bueno o malo según lo que se hace con él. En primer lugar, es un concepto histórico. Decía Nietzsche que las palabras o tienen definición o tienen historia. Al número cuatro hay que definirlo, y no cambia en su formulación nunca; las que tienen historia, como los conceptos, son realidades mutables. Igual que la democracia no era lo mismo para los atenienses que para los tiempos actuales, con el nacionalismo pasa lo mismo. Hoy ser nacionalista en el sentido excluyente del término, es decir, queriendo separar grupos o impedir alianzas internacionales que buscan beneficios para la humanidad, evidentemente es malo”.

Por lo que se ve, después de este largo y clarificador párrafo, Fernando Savater sigue en forma, aunque presuma en la conversación de que su tiempo ya ha pasado. Y lo dice porque no concibe otra manera de dedicarse al mundo de la política (incluso desde la reflexión) que mediante los actos: la acción como instrumento de desarrollo y ejecución de un pensamiento, de una idea; recuerda, en ese sentido, y algo despectivamente, a quienes en el franquismo despotricaban del dictador y después se iban a tomar unas gambas tan ricamente. “Lo importante no es qué va a pasar en España, sino qué vamos a hacer en el presente y en el futuro”, remarca, aunque incide en que él ya no está para estos trotes. “Yo tengo una edad en la que el futuro no me interesa, porque no tengo. Lo veo con curiosidad e ironía, pero por los demás. Con sostenerme en el presente tengo bastante”. Un deje amargo le asoma cuando recuerda cómo lo intentó desde UPD, con escaso rédito político. “La moral no requiere del otro. Uno es moral en una democracia y en una dictadura, solo o acompañado. Sin embargo, la política requiere la anuencia de los demás. Fundamos UPD para que la gente dejara de votar a los sinvergüenzas de siempre. No hubo suerte y siguen votando a los sinvergüenzas. Ahora hemos seguido alertado de lo que iba a pasar y no nos han hecho caso. Yo estoy tranquilo, he hecho lo que he podido. Ese falso epitafio en la tumba de Willy Brant: ‘Se tomó la molestia’, me lo aplico yo. Ya me la he tomado. Los demás verán”.

Y siguiendo con el discurso, lo aplica al momento político actual, y en la España convulsa del presente: “Vivimos en una sociedad que desarrolla una política de juvenilismo permanente; y el juvenilismo es una manera de hacer pasar la incultura por progresismo. Con esos presupuestos es muy difícil pensar que una persona de mi edad pueda tener sitio en ella”.

No es, por lo tanto, el optimismo un componente hoy en día de su mirada política, aunque de manera irónica, antes de contestar, y como si fuera necesario huir de la definición, matiza la pregunta del periodista con la letra de un tango: “Muchas veces la esperanza/ son ganas de descansar”. Savater puede ponerse estupendo y lucir una veta de filósofo que ya de viene de vuelta, pero no es tipo que rehúya el compromiso dialéctico: “Si el votante le da a Podemos cuatro millones de votos y prefiere a Sánchez antes que a cualquier otro gobernante honrado, mucho optimismo no puedes tener. Hombre, a lo mejor a la gente se le pasa, o peor que estamos no vamos a estar, que también es una manera de que luzca algo positivo”. Y, después, y con rotundidad, remacha: “El país no tiene unos ciudadanos de primera, y el Gobierno que tenemos así lo demuestra”.

España

El periodista le recuerda una frase del canciller alemán Otto von Bismarck sobre España: muy fuerte tiene que ser ese país cuando lleva cuatro siglos tratando de suicidarse y no lo consigue, y el filósofo contesta con otra no menos ingeniosa y verosímil de Emil Cioran, el pensador franco-rumano que introdujo en nuestro país allá por los años setenta: “Hay dos pueblos en Europa, España y Rusia, que se hacen sobre sí mismos las preguntas que los demás se hacen sobre Dios: ¿existe?, ¿es bueno?”. “Es lo particular de este país, que nos preguntamos cosas que solo tienen sentido hacerlas sobre las divinidades, no sobre grupos humanos”, apostilla.

Pero es la realidad. Y no solo centrada en la Generación del 98, tras las pérdidas de las colonias y el repliegue sobre la fisonomía interior, ya fuera el paisaje, la historia o la realidad sociológica del país. La Generación del 98 se forjó sobre un pesimismo identitario, vivió del pesimismo identitario. Pero no solo, decíamos. “Miré los muros de la patria mía/ si un tiempo fuertes ya desmoronados”, escribió Quevedo doscientos cincuenta años antes. España en un siglo vivió cinco guerras, cuatro de ellas civiles, pero también Francia desde 1870 a 1949 experimentó por tres veces la batalla bélica en sus carnes, y, sin embargo, luce con orgullo el sentimiento patrio. Fernando Savater lo explica: “España no ha tenido revoluciones. Ha sido un país conservador y no está muy contento de sí mismo. Francia, al contrario, es un país revolucionario, o por lo menos así se quieren ver ellos mismos. La bandera de Francia es la bandera de Marianne y no un estandarte militar que viene de no sé qué barco de no sé qué siglo. Los franceses han luchado por crear una imagen republicana, revolucionaria, incluso antes de la propia revolución. Los ilustrados eran muy críticos con la Francia borbónica de su siglo, ahí está Montesquieu, y no digamos Voltaire. Ya en el siglo XIX estaba consolidada la situación política que había creado el pueblo. En España nos hemos pasado la vida criticando las cosas y sin mover un dedo”.

Los franceses han construido su propia historia, han generado una leyenda que los mantiene unidos en los mismos mitos. En España parece, sin embargo, que hayamos interiorizados los estereotipos que han salido de la literatura y el arte, y de los que tanto han abusado los foráneos a la hora de dibujar el carácter propio: el Quijote, Don Juan, Carmen, el duelo a garrotazos de Goya… “Es cierto”, contesta, “hemos asumido determinadas caricaturas como relato. Y es uno de los problemas que hemos tenido a lo largo de la historia, tanto con los demás como en la relación con nosotros mismos. Y eso trae consecuencias”. Coincide en que tales estereotipos interiorizados han sido aprovechados por otros, foráneos y centrífugos. Incluso hoy tiene una expresión muy relevante en el interior del país. ¿Cuál es el límite que un Estado democrático tiene que poner al separatismo que utiliza cualquier instrumento para desmembrar una nación? “Lo primero de todo es tomar conciencia de que nos hallamos ante un enfrentamiento, y como todo enfrentamiento si no se toma en serio y si no se gana, lo gana el adversario, y si el adversario es malo, entonces estás jodido. La amenaza que supone el separatismo en Cataluña y el País Vasco es tan mala como lo que significaba Franco. Pero, claro, si ante ello se sigue con la política de no enfrentamiento, de no apretar, que es peor, entonces ganarán ellos. De eso no hay duda alguna”.