Santa Teresa, mujer

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Todos los medios de comunicación se están ocupando con saturación del V centenario del nacimiento de Santa Teresa (Teresa Sánchez de Cepeda y Dávila y Ahumada nace en Ávila el 28 de marzo de 1515 y muere en Alba de Tormes el día 4 de octubre de 1582). Eran nueva hermanos y dos hermanastros. Beatificada por Pablo V en 1614. Canonizada por Gregorio XV en 1622. Doctora honoris causa por la Universidad de Salamanca en 1922, por cierto, a propuesta de Miguel de Unamuno. Proclamada patrona de los escritores por Pablo VI en 1965. Nombrada doctora de la Iglesia por Pablo VI en 1970. Escribió numerosas e importantes obras, fundó 16 conventos, de Ávila a Soria, de Salamanca a Pastrana (Guadalajara), de Segovia a Begas de Segura (Jaén), de Burgos a Sevilla. Con una salud muy precaria, anduvo miles de kilómetros de entonces, de ahí que la conozcamos también como la santa “andariega”.

Pero no olvidemos que estamos en el S. XVI y la mujer vivía supeditada a la tutela del varón y desprovista de relevancia social, política, profesional y no digamos, cultural e intelectual. Sólo el 2% de las mujeres sabían leer y escribir. El estatus jurídico de la mujer era imbecillitas seu fragilitas sexus (simpleza y debilidad del sexo femenino). Incluso en los conventos la situación de la mujer era de extrema desigualdad. Santa Teresa expone con frecuencia en sus textos esta penosa situación de la mujer. Valgan dos citas: “El mundo nos tiene acorraladas” (Cartas) y “… como son hijos de Adán y, en fin, todos varones, no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa” (Camino de perfección).

Santa Teresa, mujer.

Tenemos noticias sobradas de las excelentes exposiciones y programas de actividades culturales que especialmente en Castilla y León se organizan y que a buen seguro veremos con gran interés. Tal vez por eso merezca reseñar, como criterios de la visita, algunas claves de la exposición que comentamos en La Cárcel. Con la Santa de la mano, a pocos recursos cabe que el trabajo y la imaginación compensen con creces el resultado. La exposición propone una mirada primigenia sobre el legado de quien, antes que religiosa, escritora, doctora, mística o santa, fue mujer.

En esta exposición se ha querido rodear a Teresa, mujer, de otras mujeres que, con su arte, siguen luchando, como ella, para que las desigualdades, subsisten tantas, se logren superar.

La exposición está organiza en ocho secciones y distribuida en las celdas, en el pasillo y las escaleras del ala este con un montaje muy creativo, repleto de guiños visuales, que nos sugiere lecturas cruzadas sobre la Santa con autores de épocas muy diversas, de Cervantes a Leibniz, de S. Juan de la Cruz a García Lorca, de María Zambrano a Cela, entre otros, guiándonos por la vida y los textos de la Santa en diálogo enriquecido con las obras de las artistas participantes. Del retrato del su confesor a Santa Teresa 2.0, con tuits para reenviar por la red. Vemos sugerentes obras que ilustran su vida, sus textos, y una compleja instalación en el pasillo central dándole vueltas a esa práctica tan fetichista de las reliquias con el no menos inquietante proceso de fragmentación del cuerpo de la Santa. Para cerrar la visita con la instalación de su celda, tan austera, tan blanca y un bellísimo vitral que nos ilumina.

El silencio nos permitirá escuchar la muy bella selección musical de compositoras coetáneas de la Santa y que ha preparado con verdadera competencia Isabel Zamora, así como los textos interpretados por Elia Muñoz en la sala 6. El olor a incienso nos envuelve también.

Es una exposición modesta pero sutil y profunda, llena de guiños creativos y repleta de claves significativas que hay que desvelar paso a paso, con una observación atenta y silenciosa, leyendo los textos y sintiendo las obras en su diversidad de lenguajes, de técnicas, de mensajes. “Mejor se entienden el lenguaje unas mujeres con otras” (Moradas).