ultima ok WEB
En 1995, Goyo Rico montó junto con otro socio su restaurante ‘La portada de mediodía’. / E.A.

Era tan pequeño, que incluso tenía dificultades para llegar a la barra. Necesitaba utilizar la base de una caja de cervezas a modo de escalera. No es difícil creerlo. Tenía tan solo 14 años. Y Goyo Rico ya trabajaba en el Casino de la Unión. Cumplió así la ilusión de su madre: “Siempre veía a los camareros tan limpitos…”, recuerda.

Sus padres conocieron a un metre. Les dijo que necesitaban personal en el restaurante ‘Casa Duque’. Rico probó suerte allí. Y estuvo 25 años. “Esta fue mi escuela”, asegura. Al principio, solo le dejaban colocar botellas. “Apenas me dejaban entrar al comedor, como mucho para poner pan”, lamenta. Con el tiempo, pasó a ser camarero. E incluso tuvo la oportunidad de ser metre. Pero todo cambió cuando uno de sus compañeros decidió marcharse. Tenían tal vinculación, que dijo “como él se vaya de esta casa, me voy yo”. Y así lo hizo.

Por aquel entonces, el médico le recomendó practicar deporte para combatir sus dolencias. Empezó a hacer ejercicio y conoció al que hoy es su socio, Jose. En uno de sus entrenamientos, le contó que en el ‘El Rancho de la Aldegüela’ necesitaban “un profesional que les ayudara y les marcara el camino”. Allí pudo “explayarse”: era el jefe de sala de “un gran restaurante”.

Tiempo después (en 1995), Jose le animó a unirse para montar un restaurante de forma conjunta, ‘La portada de mediodía’: “Él pondría el dinero y yo el trabajo, después repartiríamos beneficios”, explica. Se atrevieron a hacerlo. Rico sabía dónde debían montarlo: en Torrecaballeros. Ahí la hostelería “es diferente”. Cree que es el cliente el que marca las pautas. “La gente venía más desenfada, en la hostelería de Segovia era todo más estricto”, relata.

No basta con ser hostelero. Este mundo ha de “gustarte”. E incluso debes “amarlo”. El segoviano considera que es clave mostrar una cara amable al cliente. Pero también profesional. Y hace especial hincapié en “la humildad”. “La gente viene a disfrutar”, añade.

El trabajo, lo combinaba con competiciones y maratones. No era fácil. A las 8:00 entrenaba. A las 12:00 tenía que estar en el restaurante. En ocasiones, no le daba tiempo “a nada”. A ello se une su familia. Todavía no comprende que su mujer y sus dos hijos “lo entendieran”. No se arrepiente de todo lo que sacrificó. Es un “enamorado” de la hostelería. “Tengo 70 años y la misma ilusión que cuando tenía 14”, garantiza. “Hasta que el cuerpo lo permita”, seguirá entre fogones.