Rodorín manipula dos objetos cotidianos como un tenedor y un peine para transformarlos en animales. / P. MARTÍN - EFE
Rodorín manipula dos objetos cotidianos como un tenedor y un peine para transformarlos en animales. / P. MARTÍN - EFE

Rodorín cumplirá el próximo año 25 años de idilio con un festival que considera su segunda casa, y que le ha enseñado a ver el mundo en una provincia. Bajo su nombre se esconde José Antonio López Parreño, un educador con alma de artista que eligió los títeres como forma de expresión para hacer soñar a sus alumnos y después a todos aquellos que ven sus espectáculos basados en dar vida a elementos cotidianos que habitualmente pasan inadvertidos.

‘Retablillo de títeres y cuentos’ es el espectáculo con el que Rodorín participa este año en Titirimundi, centrado en la campaña escolar ‘Titiricole’ y en recorrer algunos pueblos en la extensión que el festival tiene en la provincia. En él, emplea desde títeres de guante, y de hilo hasta objetos como un palo o un espejo retrovisor con el que narra historias cortas sin nexo común, salvo el de la magia de los títeres que les da vida.

Al igual que en un concierto, el veterano titiritero señala que modula su espectáculo en función de la gente, dando especial importancia a la improvisación. Así, señala que cada actuación es “única” debido a este factor sorpresa que le permite tener margen suficiente para poder reinterpretarse.

Y con el libro, siempre como referencia. La animación a la lectura es clave en su forma de trabajar, y convierte cada libro en un espectáculo con el objeto de avivar o sembrar en los niños la afición por la lectura.

“En Segovia, la gente tiene una cultura teatral que no la hay en cualquier sitio, y no les puedes dar cualquier cosa”

“Mucha gente dice ‘¡Es que los niños no leen!’, ¿Y por qué los niños sí juegan al fútbol? Porque ven a la gente jugar, en la tele… Si los niños nos vieran a los adultos con libros en las manos, leerían”, ha comentado el artista, quien ha reconocido haber percibido en todos sus años de carrera cierto cambio en el público infantil, hacia unos niños más “ansiosos” que antes.

Como el resto de sus compañeros titirteros, no ha sido ajeno a la pandemia, que le dejó “a verlas venir” por el obligado parón en la activida, pero se negó a emplear el “streaming” o las conexiones por internet para seguir trabajando, porque los títeres “deben ser presenciales”. Para un titiritero, la respuesta del público alimenta el espectáculo, ya que sus reacciones permiten modular el “feedback” con el público. De igual modo, la mascarilla también ha supuesto un hándicap a la hora de trabajar, ya que impide ver la gestualidad del espectador y, por ende, sus sensaciones hacia lo que está viendo.

Su experiencia en el festival segoviano, donde es uno de los titiriteros de referencia en la historia de Titirimundi, le hace valorar la pujanza de este encuentro, y asegura sin dudar que hay espectáculos que “sólo funcionan en Segovia” dadas sus características como escenario en plazas y rincones que se convierten en mágicos contenedores de actuaciones, haciendo buena su frase de que “los títeres son el territorio de lo imposible”.

De igual modo, pone de manifiesto el paladar del público segoviano a la hora de ver y valorar las actuaciones, y asegura que “aquí en Segovia la gente tiene una cultura teatral que no la hay en cualquier sitio… Y no les puedes dar cualquier cosa”, comentó.