FOTO: KAMARERO
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Los embalajes dicen “frágil”. Contienen pequeñas piezas de aire a la espera de un orden inserto en su apariencia de disgregación. Los dedos que trabajarán con la carga tienen cierta independencia de la mano completa, como cuando se lee una partitura sobre las teclas de un piano. Tecla no es sonido todavía, corchea no es sonido todavía. Hay que hilar teclas, dedos y nota dibujada para que sea música. Los embalajes advierten de que frágil significa delicado, también vulnerable por ello. El aire lo es: frágil y vulnerable. La música lo demuestra. Sin embargo, sin su poder no hay vida. La vida está hecha de tal inconsistencia. Se sostiene, apenas, con los dedos independientes de las manos, con la fragilidad de lo importante que desaparece. El aire de la vida guarda, en la eternidad de su trayecto, palabras que han escrito los pájaros al volar y se quedan depositadas en esos nidos vacíos suspendidos en los rincones abandonados de los árboles. También entre las sombras de los pasos de todos los seres humanos sidos y de los que serán. Poemas náufragos que han perdido la esperanza y, sin embargo, de súbito, si ya no quedase nadie para testificar el relato de la existencia, darían cuenta de su posibilidad invencible.

El aire. Ricardo Cárdenas adentra las yemas de los dedos en su corporeidad, palpa la envergadura simbólica de las nubes. Desaparece en ellas igual que los recuerdos que dan sentido a una biografía. Esculpir el aire es hacerse de aire. Recorrer el perímetro de la memoria para atravesar la dureza del cuerpo que comienza y termina. Convertir la arrogancia de los materiales en aire. Y no importunar a los habitantes transparentes que guardan lo patrimonial o los jardines, pero ofrecerles el hombro del equilibrio por si quisieran reposar su cansancio ante lo inexorable.

Nubes y nidos trazados en la evocada danza de las formas, ensamblajes que, como la piel y los relatos, custodian un orden, una lógica, un saber técnico propio del ingenio, un recorrido fijo sin el cual todo el entramado del universo se vendría abajo. O arriba. Asistiríamos a la catástrofe de la extinción de un mundo, con su orden y su piel, con su lógica y sus relatos. No es una mera elección: hay una ética firme en toda estética que lo es. Los procesos creativos, como los textos y las telas, se tejen. Y si falta una letra, o un hilo se suelta de la trama, la sabiduría de un universo se pierde.

Ricardo Cárdenas escribe en el papel lo que después escribirá en el filo de las cosas. Contempla, del paisaje, el aire y, después, lo traslada, pieza a pieza, molécula estética a molécula estética, hasta la sublimación corpórea y humanizada, es decir, artística, de un nido, de una nube. De un manglar. Esta palabra es, en sí misma, una experiencia. Quizás se trata, precisamente, de eso: de desentrañar el secreto de las palabras. Nido. Manglar. Nube. De pedirle permiso al aire para invocarlo y detenerlo durante el instante de la creación. Y, después, lograda esta, compartir el límite formal de una pieza escultórica frágil, vulnerable (nube, nido, manglar), como la vida.

El escultor colombiano es ingeniero. Tiende a observar el tiempo, a recorrer el mismo con la cadencia de las raíces y las ramas, de la infinita formulación de la naturaleza expresada en la infinita forma de las plantas, de los minerales. Y de esos seres que respiran y reptan, vuelan, caminan… Los ojos humanos se detienen ahí, en la acción. Insisto en esto: los ojos humanos ralentizan el discurrir del tiempo, toman notas de un destello, cuando regresan a lo observado ya no está aquel instante detenido. Hay que volver a empezar, pero sin romper el cuaderno donde se anotó la soledad de la materia hasta que el soplo y la luz la rozan.

Tanta belleza no puede perderse sin consecuencias. Un nido es una casa, sus moradores se ocupan de que se expanda la existencia, la existencia está custodiada en las plantas, polinizar es sembrarla, es fertilizar lo que no era todavía, es preparar el mapa donde se harán posible los sueños de dignidad y de justicia. La dignidad y la justicia son nido humanizado, nube humana, fertilidad ética…

Se extiende el aire de los derechos humanos, esa sutileza de lo líquido en río, en torrentera, en catarata, en lluvia… Una declaración madura, un pacto.

Cada vez que un árbol cae, cada vez que un pájaro desaparece, cada vez que se ciega una senda, un sueño pierde su posibilidad, un derecho está herido… Es el hilo roto, es la palabra tachada. Tanta belleza no tendría que perderse… Se le puede poner nombre a la aniquilación, quizás así no se atreverán a negarla: deforestación, calentamiento global, sequía, abandono, desolación, podredumbre. Lágrimas. Romper el pacto, romper el ciclo, el círculo protector, significa el inicio fácil de la esclavitud sutil, acabará siendo tan explícita que se normalizará, olvidaremos las razones de las comarcas vaciadas de la tierra, de la desesperanza… Vamos a decirlo en voz bien alta: de la frustración que pudo evitarse, y de la violencia ya inevitable porque aquello no se evitó.

Esa certeza, y la responsabilidad cívica de que el arte la exprese, ha hecho que, por ejemplo, Ricardo Cárdenas expusiera -mejor, “mostrase”- sus nubes, sus nidos, sus manglares en un antiguo convento bogotano sin que la llegada de sus obras perturbase, lo más mínimo, la historia y hábitos de sus museísticos pobladores. Bien al contrario, sus piezas despiertan la sorpresa de un recuerdo enterrado que aflora, de una noticia a la que no prestamos atención, algo importante que, acaso, ignoramos que nos pertenece incluso desde la lejanía. Nos conmueven porque desvela una intuición: algo, seguro, podríamos exigir juntos para que el aire, el agua, el polen, la vida…

Entiendo aun más que ahora estén en Segovia, junto al Acueducto y en ese jardín-huerta de Félix Ortiz que, cada HAY Festival, se abre a la amistad compartida. Frente al Acueducto, una nube blanquísima recoge el momento de derramar la lluvia. Ese fijar el instante para la contemplación al que me refería. Blancor, albura, candor, posibilidad, sueño creador… Los pájaros la sobrevuelan, describen el sonido de la ciudad para que lo portemos en el alma cívica.

Y en la Huerta, en un parlamento filosófico y poético propiciado por la savia de sus especies, huellas de la devastación, con sus medidas, con su referencia objetiva; con responsables, entonces, aunque se escondan tras títulos deslumbrantes que, en apariencia, los exculpa. Una de las piezas-testimonio nos necesita, incluso, para ser. Nuestros dedos leerán la partitura de la naturaleza igual que lee el corazón el pulso de una nota, su duración, su cuerpo, su gramática; tendremos que llevarnos un fulgor, trasladarlo a otro lugar, construir con urgencia una matria para la justicia expatriada. Son esculturas para que las toquemos, para que reconozcamos cómo se parece su estructura a nuestras ilusiones.

Los laberintos tienen una sola salida, la hallaremos siguiendo el hilo que anudamos a la entrada. Pero, no sé si habían reparado en las consecuencias de esto, salir de un laberinto es desandar el camino, ir hacia atrás, hasta ese punto de partida que, tras el vértigo de la pérdida, vuelve a encontrarnos en el comienzo, irreconocibles incluso para nuestra memoria personal. Los ancestros hablaban, con toda propiedad, de iniciación. El arte es siempre iniciático. Ricardo Cárdenas se ofrece a conducirnos hacia el centro del misterio de la nube, del nido, de los jardines… Aun estamos a tiempo. El arte es iniciático, educa los sentimientos para que no asuste la libertad… Frágil, vulnerable, valiente… Esculturas del aire, actos de amor.

(Para María Amelia, en la memoria de su jardín)

Marifé Santiago Bolaños. Escritora, Profesora de Estética y Teoría de las Artes (URJC-IUDAA), Académica correspondiente de la Real Academia de Historia y Arte de San Quirce.