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Vista panorámica del Café Columba.

En las zonas que circundan los arcos más altos del acueducto que constituyen el barrio de Santa Columba durante los periodos centrales del siglo pasado (30-60 años), hubo siempre muchos establecimientos hosteleros que en el contorno del Azoguejo fueron: El Café Columba, el Bar restaurante Venecia, el Bar restaurante Racimo de Oro (Casa Aurelio) y Bar restaurante Julián Duque, El Chato (había sido la pescadería de Juan José); en la calle Perocota y San Clemente: Casa Paco sustituido por El Bar Pichorra, Bar Agejas, Casa Amado, la Tasca del Sotanillo y el Almacén de vinos Los Valdepeñas. En la bocacalle de San Francisco teníamos el Bar Casa Ricardo y Bar Celedonio más arriba las Posadas del Gayo y de Vizcaínos, el Café Moderno, el Bar Baño, el ambigú del Salón de baile El Barceló y el Bar-restaurante Brasil que es algo posterior; en los soportales estaba El Mesón de Cándido anteriormente había sido la Taberna de la Viuda de Dionisio Duque (Micaela Casas) y al lado la Buñolería de Manuel Mediavilla (Manolo el churrero) y por último en la calle Ruiz de Alda (antes del Angelete y ahora de Teodosio el Grande) estuvo el Restaurante Garrido y el Bar restaurante La Criolla.

En la zona oriental teníamos: En la calle Ochoa Ondáteguí: Bar restaurante Casa Fermín, Bar Los Gabrieles y al construirse en su lugar por el año 1945 la Casa Amarilla, el Bar los Gabrieles y Bar el Pingüino. En la calle Fernán García teníamos Bar el Mesoncito de Mariano “Chocolate” y el Bar y Sala de fiestas las Vegas, el Restaurante El Porvenir, la Posada del Acueducto y el Bar Turismo reconvertido después a Bar Turia. En la confluencia de las carreteras de Boceguillas con la de la Granja estaba el Parador del Norte y por último en la calle de Gascos la Taberna de Mocheta y el Bar de Sombría conocido por el Tío Calabazas (después Bar el Metro). En la calle de San Juan posteriormente se instaló el Bar restaurante El Racimo de Oro (Casa Aurelio).

Es decir que en el barrio estábamos muy bien surtidos de establecimientos del gremio de hostelería.

Siempre pulularon por el Azoguejo gentes desocupadas más vagos que maleantes, tal vez los últimos resquicios de la celebrada Universidad de la Picaresca. Recuerdo al Templao, al Bonito, al Servando, al Cipri, a Eloy Cacahuete, al Mocarra, Carnerito, etc. que en general se apostaban bajo los soportales y esperaban a algún patrón para hacerle algún servicio y ganarse unas perrillas que casi siempre se las gastaban en vino.

El Azoguejo era un espacio muy poco transitado por vehículos, pasaba un automóvil o camioneta cada media hora, pero en verano era muy concurrido por el personal que se sentaba en la extensa terraza que sacaba al exterior el Café Columba que ocupaba un tercio de la plaza y en la más pequeña del Bar Venecia; el primero instaló un proyector de cine mudo con la pantalla a una distancia de unos 3 metros del acueducto que llegué a ver durante dos o tres años, que amenizaban las calurosas noches. Los domingos se formaba un mercadillo con multitud de cacharos de arcilla cocida y muchos productos de la tierra.

Algunas veces a los muchachos de barrio nos daba por jugar en una isla de acera que había en el centro del Azoguejo con cuatro bolos de piedra que permitían sentarnos y allí jugábamos cinco muchachos a “levántate tú que me siento yo” (como en política).

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Un negocio que fue muy próspero es el que instaló durante muchos años el fotógrafo minutero Luis Misis (el Tio Misis) que instaló su cajón en un rellano de las escaleras de la calle de Santa Columba. Como pasaban muchos soldados por aquí durante la Guerra Civil solían hacerse fotos para mandárselas a sus novias o familiares, así que el Tío Misis pudo hacerse con un dinerillo con el que compró una camionetucha a saber de cuantas manos. Un día en el Azoguejo, quiso ponerla en marcha a manivela, como se hacía entonces a todos los coches, y en efecto arrancó pero sin conductor y puesta la marcha atrás, así que se puso en circulación pero hacia atrás hasta que se estrelló con un bolo de granito protector del monumento y allí se paró. No le volvimos a ver al Tío Misis con su cacharro.

Hablando de estrellarse también a las siete de la mañana un día se estrelló con otro bolo un camión que bajó sin frenos desde Chamberí por la carretera de la Granja produciendo un enorme ruido, dándonos un susto morrocotudo.

Otro susto, éste mayúsculo, es el que nos dio la explosión del polvorín el día 1 de agosto de 1949, afortunadamente sin desgracias personales. Al poco rato del estruendo vimos una turba de personal en paños menores gritando desaforadamente, con sus “churumbeles” en brazos y corriendo enloquecida sin saber dónde iban, subiendo por la calle Real.

Es curioso que tendrá que existir alguna foto, aunque yo no la he encontrado, donde se verá culminando la parte más alta del acueducto (arco central) un gigantesco cartel con la efigie del general Franco a dos caras; este cartel permaneció durante la Guerra Civil y algunos años posteriores.

Cándido López con su Mesón, su simpatía, buen vino y mejor yantar comenzó a acreditarse internacionalmente por esta fechas. Tuve íntima amistad con Cándido hasta el extremo que en los 15 últimos años de su vida jugaba con él y otros amigos a los naipes en el Mesón todas las tardes de los días laborables, pues a veces nos decía burlonamente: «Qué suerte ha tenido el Acueducto al situarse al lado del Mesón de Cándido».

En fin casi todos los establecimientos citados han desaparecido, alguno permanece y otros han cambiado el nombre, pero la fisonomía del Azoguejo sigue casi igual, no así la zona oriental cuyos vetustos edificios han desaparecido perdiendo su ancestral fisonomía y actualmente es una extensa plaza (me recuerda a la Tiananmén de Pekín) desangelada y sin gracia, quedando todo lo pasado para la pequeña historia de la ciudad.