Ramón y Segovia

A Ramón Gómez de la Serna le gustaba asomarse al balcón de la hoy plaza y jardines de Maurice Fromkes. Y ver El Parral. Y las lastras de Zamarramala. Ramón es Madrid pero también Segovia

“Mi padre es Registrador de Segovia (…) y va a firmar los sábados los infólicos libros de las inscripciones, pasando el verano allí (…). A veces voy por mi cuenta y me establezco frente al gran balcón de hierro volado, mirando El Parral y Zamarramala como objetivos puros de un ideal contemplativo” (Automoribundia). Es como recuerda Ramón Gómez de la Serna a la Segovia que tuvo ocasión de conocer por el destino de su padre en la ciudad. Su padre había sido director general del Registro y del Notariado durante el mandato de José Canalejas, antes de su asesinato en 1912. De 1914 a 1919 ejerce en Segovia. Durante el verano la familia ocupa la residencia oficial, en la Plaza de la Merced, antiguo Hospital de Peregrinos. Desde 1965 una placa recuerda la mirada del hijo del registrador sobre la ciudad. Ramón elige para ilustrar su recuerdo una vista parecida a la que tuviera Ignacio Zuloaga en su estancia en Segovia. La misma desde la que el argentino Francisco Vidal pintó a tres segovianas, una de ellas dando el pecho, con El Parral como fondo. El cuadro se titula ‘Mujeres de Segovia’, y es de 1924. Es la perspectiva que se divisa desde los hoy jardines de Maurice Fromkes, el pintor ruso-americano que llegó a Segovia en 1923, y que se estableció junto a su mujer, Eva, no lejos de ahí. El lugar, por lo que se ve, era el mirador preferido de los artistas de la época.

A Ramón le gustaba París. Y Nueva York. Y Buenos Aires y Lisboa. No se puede entender el Madrid de la primera mitad de siglo (XX) sin Gutiérrez Solana y sin Ramón. Pero el escritor también amaba las ciudades pequeñas, con historia, lejanas del mito de la metrópolis que tanto entusiasmó a las vanguardias. Por eso merodeó Nápoles, y vivió en Toledo y en Segovia. Ramón escribió de Segovia. Y también sobre Segovia.

“El escritor es –o debe ser- el testigo desinteresado de los tiempos, el que más bien deja constatación de una época”

Significativamente, sus escritos sobre Segovia no huyen del realismo, del que abjuró en su literatura. No utilizó “el realismo que descalabra”, usando su propia terminología, pero no dejó atrás en las sucesivas crónicas sus propias sensaciones, elevando la anécdota a categoría, como decía Eugenio D´Ors. Él la elevó a literatura las más de las veces. Y nunca olvidó su máxima como escritor: “El escritor es –o debe ser- el testigo desinteresado de los tiempos, el que más bien deja constatación de una época”. Lo dice en sus memorias tituladas Automoribundia, que antes citábamos.

SUPLEMENTO | Ramón y Segovia

Amó el Acueducto; amó El Parral; los campos de lastras más allá del corredor verde del Eresma. Y le atrajo la historia de la Casa de los Picos, sobre la que escribió en La Voz en agosto de 1924, en un artículo titulado ‘La Casa de los Picos se vende’. “La Casa de los Picos tiene la fuerza solitaria de su personalidad individual. Es el caballero arisco que revela en la fachada lo que es talla y fuerza aristada de su espíritu”.

Prefirió opinar sobre Segovia en tribunas no segovianas antes que en el periódico en el que colaboró: El Adelantado de Segovia

Por motivos que desconozco, prefirió opinar sobre Segovia en tribunas no segovianas antes que en el periódico en el que colaboró: El Adelantado de Segovia. Al diario decano dedicó la experimentación en la crónica y la alegría a través del absurdo, algo que define también a las vanguardias. Durante 1924 manda 24 sueltos de una manera periódica aunque irregular, ordenados bajo distintos epígrafes: ‘Prosa nueva’, ‘Caprichos inéditos’, ‘Absurdidades’, ‘Sugerencias’, ‘Motivos cinematográficos’. Algunos de ellos fueron recogidos en libros posteriores del autor. Ninguno hace mención a la ciudad. El primer artículo de Ramón en El Adelantado es del 14 de julio de 1923. Aterriza sin presentaciones, sin ornatos. Meses atrás, el 13 de abril de 1923, el periódico había saludado y transcrito párrafos de ‘El secreto del Acueducto‘, una historia en la que los protagonistas son la ciudad y su emblema más significativo. La edición del libro fue realizada en la imprenta de El Adelantado, para la editorial Biblioteca Nueva de José Ruiz Castillo. Todo indica que fue en 1922. Tres años más tarde, la imprenta saca de sus planchas la primera obra de Rafael Alberti,Marinero en tierra–Premio Nacional de Literatura, de 1924-, con destino a la misma editorial.

ramon gomez de la serna

Ramón hace en el libro un dibujo de los comercios, de la actividad nocturna, de gatos con cara hinchada del hambre, de sacristanes bizcos -‘abortos del señorito’ con hongo-, de antiguos pícaros, de prestamistas, de la riqueza en ranas a la orilla del Alcázar. Es su contribución al hiperrealismo costumbrista, al expresionismo de Gutiérrez Solana -dos años antes, en 1920, Solana había publicado ‘La España negra’-, de Darío Regoyos, de Verhaeren. Escribe: “(En Segovia) se cena a oscuras para no ver que hay poco que cenar (…). La cazuela de patatas se aviene bien con la ciudad pobre y pétrea”. Pero también registra, como contrapunto, metáforas bellísimas: “La noche de Segovia es como un examen de conciencia del paisaje”. Y aprovecha las reflexiones de Don Pablo –uno de los personajes de la novela- para escribir hermosas greguerías del Acueducto, de El Parral, de la catedral: “No hay plumeros para limpiar la catedral. Por eso huele al polvo menudo de los siglos”. Disiento de Francisco Umbral cuando dice (Ramón y las vanguardias. Madrid, 1978): “Buenos Aires como un Madrid, Madrid como una Segovia, para encontrar lo aldeano de cada ciudad”. La imaginación desbordada, la inventiva desatada, que luce Ramón no sale al encuentro de lo aldeano sino que juega con los elementos de la realidad, con el trasfondo de una realidad que solo es asumida en la medida en que luego va a ser desbordada por la palabra. Si en su primera edición de Greguerías (Prometeo. Valencia, c. 1917) no escribe ni una alusión a Segovia, en ‘El secreto del Acueducto’ existe una amplificación de la greguería: gran parte de su contenido –lo que no es expresionismo- es juego de imágenes, asociación libre de conceptos –que se completan o contraponen para crear uno nuevo- o descalabro de la lógica argumental. Nada más lejos de la búsqueda de lo aldeano. Estamos ante un deseo de elevarse de la cotidianeidad para hacer literatura con el solo instrumento de la palabra.

Unos años después –en concreto, seis- Ramón vuelve al tema y en la edición conjunta de los números IV y V de manantial da a conocer ‘Letanía al Acueducto’. Sin duda es uno de los textos más completos e interesantes que publica esta notable revista en sus escasos meses de vida. El escritor vuelve a utilizar la crónica con tinte de absurdo, las metáforas, la greguería (‘El aire puro de Segovia está filtrado por el Acueducto’), el surrealismo que entronca con ‘Poeta en Nueva York’, de Federico García Lorca (“Segovia se morirá en silencio de puro hidalga y ni siquiera llama a nadie con programa de fiestas, ni con los programas jarifos y bermejanos que anuncian corridas de toros”). Un gran texto que vuelve a dar pátina literaria a la figura del monumento que engalana el escudo de Segovia y el de las localidades que formaron su Comunidad de Ciudad y Tierra.

La estancia en el Parador le inspira para publicar en El Liberal de Madrid un artículo sobre los pájaros

El escritor hizo de su propia vida una representación permanente. Y una exageración. En cada ciudad convirtió su lugar de trabajo en un altar lleno de los más absurdos cachivaches. A Madrid hizo traer una muñeca de cera, con la que se retrataba. Lo mismo en Buenos Aires. El visitante curioso puede visitar su despacho en las dependencias del Museo de Arte Contemporáneo de Madrid, en el antiguo Cuartel de Conde Duque. A Segovia no le cupo tal honor. Para inspirarse alquiló una habitación en el Parador del Acueducto, en un solar de la actual Plaza de Oriental, frente a la calle Gascos, probablemente la número siete, probablemente la misma que Don Pablo y Rosario reservaron para pasar su luna de miel, que mucho de matraca tiene la boda de un viudo con su sobrina y es necesario el recato. Cuenta en Automoribundia su peripecia: “Cuando escribí mi novela El secreto del Acueducto estuve mes y medio a cordero en el Parador del Acueducto y aprendí la maravillosa manera de comer de los arrieros; así, por ejemplo, cómo las uvas son infinitamente más sabrosas que comidas sobre el plato comidas sobre el hule, y cómo lo es el lechón partido con el borde del plato apalándole con ese mismo plato como si fuera un cogedor”. Es verano. El sol va recorriendo toda la superficie del monumento hasta que desaparece camino del Pinarillo. Los vencejos son los dueños. No las palomas, como aparece en la novela, supuestamente protegidas por el alcalde de la ciudad por contribuir “a dar justa nota de vida al monumento y de culto al vecindario”. Los vencejos. La estancia en el Parador le inspira para publicar en El Liberal de Madrid un artículo sobre los pájaros, recordando esos días. Otra vez hablando sobre la ciudad en un periódico ajeno a la ciudad. “Segovia estaba dominada por los vencejos, gran ejército de ocupación que se dedicaba a hacer sus ejercicios militares en las explanadas del cielo. Su gran cuartel, cuartel de mil pisos para ellos, era el Acueducto, aprovechando para habitación todos los agujeros y todas las rendijas de las piedras que el tiempo va desgastando y aislando al chuparlas como si fueran grandes terrones de azúcar que si bien tardan en deshacerse acabarán por derretirse por completo”.

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‘El secreto del Acueducto’ (Barcelona, 1963).

Los caminos de Ramón son inescrutables. De la misma manera que en ‘El secreto del Acueducto’ parte de la realidad para elaborar literatura, en otros momentos se introduce en esa realidad para captar y cantar el espíritu que en ella late. Es el Gómez de la Serna esencialista, que no soslaya la realidad porque le sirve para otros fines. Decía antes que raramente habla sobre Segovia desde una tribuna segoviana. Hemos puesto ya dos ejemplos. Ahora lo hacemos con otro. En 1920 escribe en las páginas de la revista La Esfera: “Hay que ir de vez en cuando a Segovia, porque en ella se ve con más lógica y más unidad que en Toledo el alma española, sin la brevedad que ese espectáculo tiene en Ávila y sin la tétrica, solitaria y desesperada visión del Escorial. En Segovia el turista encontrará la pura cepa y comprenderá con serenidad y sobriedad, en toda su pobreza y en toda su altivez, lo que es el alma castellana”.

Las colaboraciones periódicas de Ramón con El Adelantado de Segovia se producen en un momento de efervescencia cultural de la ciudad. Lo hemos visto en un anterior suelto de esta serie. El homenaje a Aniceto Marinas es un éxito, al que el periódico le otorga una excepcional cobertura. También el que se le da a Antonio Machado en El Pinarillo. Emiliano Barral ratifica su renombre nacional con el encargo del busto de Rubén Darío. Y en la ciudad proliferan las tertulias, las conferencias de la Universidad Popular; y empieza a ser moneda de cambio la llegada de artistas foráneos, entre ellos una delegación de jóvenes argentinos. También el diario vive uno de sus mejores momentos con colaboradores como Francisco Cossío, Adolfo de Sandoval, Gonzalo España, Alberto Camba o José Rodao. El periódico –de raíz conservadora en lo referente a las costumbres sociales- se abre a colaboraciones femeninas, y firman nombres como Lucía Calle de Casado –que publicaría un Retablo espiritual- o Enriqueta L. de Gandía, que colabora en las Paginas literarias dirigidas por Rodao con una sección titulada ‘Chispa de la vida‘, una serie de máximas y glosas, imprecaciones pero sin el tono absurdo, insólito, ilógico de las greguerías.

¿Cuál es el género periodístico de Ramón en El Adelantado?

¿Cuál es el género periodístico de Ramón en El Adelantado? El escritor parte de un hecho, de una situación, de un objeto cotidiano, pero su desarrollo y su argumentación no siguen las leyes de la lógica, derivando en el absurdo. Es la palabra la que supera al razonamiento, y lo transforma al establecer unas analogías no frecuentes en la vida real, rompiendo todo silogismo que se pretenda. Y lo hace hablando de herniados, estufas eléctricas, paraguas escondidos, mantones de Manila o el microbio de los plátanos. Cuando no de situaciones imposibles: la conferencia del opio, el asilo de ciegos de cinelandia o pequeñas locuras. Los espejos de Valle Inclán reflejan las distintas caras de la realidad sin romper nunca el hilo con esta, pero desbordándola. Hace parecido Gómez de la Serna en sus artículos, aunque siempre controlando la situación, sin írsela de las manos, evitando la nadería. Le viene de perlas este género a un periódico que se consideraba él mismo que se tomaba “la vida y a su gente más en serio de lo debido”. “Se necesitan, de verdad, periódicos (…) que del humorismo, a veces de la fina sátira (…) hagan medios formativos para corregir ciertas deformidades de la vida social” (El Adelantado, 2 de julio de 1923). Esto escribía el redactor que saludaba, no sin cierta ironía, la salida por esas fechas al mercado del semanario Segovia.

Los de Gómez de la Serna respetan casi siempre la misma extensión, y en ocasiones en un mismo artículo se recogen dos sueltos distintos

No va ser Ramón el único que introduzca el absurdo en las páginas del decano, muy apegado, como se ha dicho, al conservadurismo social y político, y a la ligazón con la historia y con los intereses del agro segoviano. En las mismas fechas que se consolidaba la participación de Gómez de la Serna (marzo de 1924), el periódico edita las colaboraciones de ‘El duende del Acueducto’, más centrados sus diálogos chispeantes en el día a día de Segovia, y con un conocimiento minucioso de la intrahistoria de la ciudad. Comparte con Ramón la introducción de diálogos en la simple crónica –más infrecuentes en las del escritor- lo que dota de ligereza a unos textos generalmente extensos. Los de Ramón respetan casi siempre la misma extensión, y en ocasiones en un mismo artículo se recogen dos sueltos distintos. Los escribe en Madrid y los remite a Segovia.

Hay que tener, no obstante, cuidado con las fuentes, aunque provengan del propio escritor, a la hora de bucear en los orígenes de la colaboración entre el periódico y Ramón. En ‘Mis mejores páginas literarias‘ (Madrid, 1957), escribe un párrafo que puede mover a la duda: “Desde Madrid yo enviaba artículos a El Adelantado de Segovia, que era el único diario que me los admitía en aquel tiempo, y un día, cuando ya había publicado bastantes, el director de aquel diario se prestó a hacerme el primer libro”.

Se refiere el autor a su primer libro, ‘Entrando en fuego’. Trabajos literarios, que firma con su nombre al completo: Ramón Gómez de la Serna y Puig. La fecha de publicación es 1905, cuando el escritor todavía no había cumplido los 17 años. Y la edición se realiza en la imprenta del Diario de Avisos, Plaza de Guevara 2. No hemos encontrado ninguna colaboración en esa fecha en El Adelantado. Ni tampoco al desaparecer la cabecera en 1904 y editarse, bajo la dirección de Rufino Cano de Rueda, con el nombre de ‘Diario de Avisos’ –la fusión duró un año justo-; si bien es verdad que se ha perdido de la hemeroteca el primer semestre de 1904, con lo que la fiscalización no ha sido completa. El libro fue financiado por el padre del escritor, y se vendió poco. Por eso es tan raro hoy en día. Una librería de Madrid lo pone a la venta por 5.000 euros. Andrés Trapiello dice que a pesar de su carácter iniciático “se diría que todo Gómez de la Serna está en sus páginas como la espiga en un solo grano de trigo”. Que vio la luz en Segovia.

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