El sacerdote Rafael Matesanz durante una celebración religiosa.
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El pasado día 31 se cumplían 20 años de la muerte de Rafael Matesanz Martín, sacerdote y poeta de reconocido prestigio. La asociación erigida el año pasado quiere contribuir a que su figura y obra vuelva a cobrar el justo relieve cultural que se merecen. En este artículo vamos a recordar su vida, obra, premios, pensamiento y sus últimas composiciones durante la enfermedad que padeció en el Hospital de la Misericordia.

Natural de Prádena. Nació el 22 de octubre de 1933. Sus padres y abuelos eran naturales de Prádena, Casla y Alcazarén (Valladolid). El domicilio familiar se encontraba en Prádena, donde Rafael creció en un ambiente cristiano rodeado de la belleza de la sierra. Su maestro D. Ángel Gómez de Burgos recordaba que “entre otros cien alumnos, infundía paz y cordialidad, no exenta de atenta vivacidad”. La honradez y reciedumbre de las gentes, junto a los demás elementos del entorno despertarían en él su vocación poética, y poco después a los 17 años, la vocación sacerdotal, que le llevaría a ingresar en el Seminario Conciliar de Segovia cursando los 5 cursos de latinidad y los 3 cursos de filosofía con muy buenos resultados.

En su poema Prádena de mis raíces expresa su raigambre serrana en la que supo ver la huella del Creador: Amo a mi pueblo, Señor, /todo en él me habla de Ti:/ los enebros monjes del bosque,/ fieles siempre a su oración sálmica de silencio verdeoscuro/ y a su austera soledad contemplativa;/ los robles, monumentos vegetales a la fortaleza,/ armados caballeros de la paz,/ con cicatrices nobles en las entrañas/para hospedar palomas recoletas y pájaros tímidos;/ los acebos, Navidad permanente del paisaje serrano,/ cuya sonrisa se aviva/con los gélidos vientos del norte/. Las cuevas, hermosura pétrea de sus entrañas fértiles.

Continuaría los estudios eclesiásticos en Salamanca con parecido aprovechamiento en los 4 cursos de teología. Fue ordenado presbítero en 1961. Al año siguiente se licenciaría en Teología por la Univesidad Pontificia de Salamanca. Varias parroquias de la diócesis se beneficiaron de su ministerio: Madrona, Santo Tomás, San Millán, Santísima Trinidad, San Esteban. También los jóvenes de Acción Católica, las jóvenes de la Residencia de Misioneras de Acción Parroquial, los miembros del Apostolado Rural, las cistercienses de San Vicente el Real. Fue el alma, por muchos años, de la veneración a la Virgen de la Fuencisla desde su cargo de vicepresidente de la real cofradía. Y su trabajo por más de tres décadas en el Instituto Andrés Laguna de Segovia es muy de destacar por la siembra de verdad, libertad, amor y belleza que esparció entre sus alumnos.

Su faceta creativa era constante. Se conservan pequeñas agendas donde escribía sobre la marcha aprovechando la inspiración del momento. No sólo inspiración, sino trabajo, pues busca sinónimos, tacha y corrige, en tantos endecasílabos que une como destacado sonetista. Entre las obras publicadas se pueden destacar: Esta luz (1969), Sombra de Dios, maduro de Silencio (poemas a San José, 1974), Alto silencio (1989), Segovia, Hogar con Madre (1983), En el hogar de Dios (1993), Cartas al Cielo (1999), Paraíso Filial (1999). Tiene una gran colección de poemas, la mayoría sin publicar, sobre Dios, Jesucristo, Espíritu Santo, Virgen María, santos, sacerdocio, vida consagrada, lugares como Segovia ciudad y sus pueblos, personas, naturaleza, y algunas obras de teatro para las veladas con gente joven. Fue miembro de varias asociaciones literarias y colaborador en varias revistas poéticas. Entre sus premios figuran el de los IX Juegos Florales Eucarísticos Hispano Americanos, Premio de poesía José Rodao (1969), Día de la Provincia (Segovia) 1970, Cincuenta Aniversario del Centro Segoviano de Madrid, Certamen nacional de sonetos, El Eria (de sonetos, 1993), y XVII Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística (1997).

En la conferencia que Rafael Matesanz pronunció en Cuellar (Segovia) el 16 de junio de 1972 titulada Fuente de inspiración en mi obra poética, mostró las cuatro partes en que dividía su obra literaria. La primera a nivel de vivencia existencial es: dolor por el ateísmo teórico y práctico de ciertos sectores de nuestro mundo, que me obliga a hablar. Se compone de una serie de poemas publicados en la primera parte de su obra Esta luz. Califica el ateísmo de mal endémico, como realidad que se muestra con descaro, máxima degradación humana ya que lo que hace grande y trascendente al hombre es su amistad con Dios. El ateo yerra de modo espantoso, afrenta la inteligencia y sensibilidad, da lástima aunque no por ello deba ser maltratado. Rafael Matesanz ve incongruencia en el ateo que pretende hacer justicia, siendo injusto con Quien le ha llamado a la existencia, le mantiene en ella, y le quiere hacer feliz eternamente. El ateísmo, por lo que es, y por la relación amistosa de este poeta con los que lo profesaban, fue la espina más dolorosa que se le clavó.

La segunda parte era su deseo de conjugar vitalmente su palabra y su carne, su sentir y su obrar, aparece en el largo poema con el que ganó el premio José Rodao titulado Carta en verso a Juan de la Cruz, una confidencia con su amigo sacerdote y poeta en la que expresa su anhelo de corresponder eficazmente a la vocación divina.

La tercera: la urgencia de traducir el lenguaje de Dios Poeta que habla en los seres creados y en la confidencia revelada, que se muestra en los 10 poemas del premio del Centro Segoviano de Madrid. En ellos ve que el mundo creado, flores nubes, pájaros, y realidades humanas como la familia, y la capacidad transformadora y artística del hombre, son poemas de Dios.

Y la cuarta: el júbilo de ser creyente, de sentir a Dios cerca, que florece en el ardiente deseo de corresponder, el día final, con el poema de su vida encarnada en el amor, expresado en los poemas Sí, en origen, y Cuando repare Dios en las manos del hombre, el primero recitado como oración diaria que muestra acogida al don de la propia vida, y el segundo inspirado en el juicio final del capítulo 25 de san Mateo.

Su arte poético supo unir el amor a Dios con el amor al hombre y al paisaje, en esa fusión vital como sacerdote y poeta. En su obra, la hondura, la sencillez, y la ternura se conjugan con el asombro gozoso de sus convicciones como hombre de fe. José Montero Padilla le definió en el año 2007 como “admirable poeta de inspiración religiosa, sacerdote ejemplar, persona bondadosa y de singulares cualidades humanas”. Unos años antes, Antonio Horcajo en el acto de recuerdo del poeta en la Real Academia de San Quirce dijo: “La obra poética de Rafael Matesanz nos presenta parajes en los que impera la pasión ardiente, sobre la expresión siempre elegante, hasta exquisita en la forma de hacer el poema, sin que ello aminore en forma alguna la esbeltez de su poesía profana”.

Son conocidos los sonetos que D. Rafael escribió en esos 36 días que estuvo ingresado en el Hospital de la Misericordia aquejado de una enfermedad mortal, que vivió ejemplarmente. Fue acompañado, y especialmente apoyado por su amigo y compañero en la parroquia de la Santísima Trinidad, D. Tomás Ruano, y visitado por multitud de personas a las que alentaba y sonreía.

Ocupaba una de las habitaciones de las actuales consultas que miran a la Alameda, la habitación 7, en la que pudo celebrar su última Santa Misa el día 23 de diciembre en el 38 aniversario de su ordenación sacerdotal. Había tenido que dejar de atender no sólo la parroquia, sino su capellanía del monasterio de San Vicente el Real. Hasta once días antes de fallecer tuvo fuerzas para seguir componiendo poesía: el soneto Enfermo el 28 de noviembre, y los restantes sonetos En tus manos; Ya voy; Buscaré tu rostro, Señor; No me lloréis amigos, los días 6, 9, 16 y 20 de diciembre respectivamente. En ellos aparece la enfermedad como rotura, decadencia, llanto, derrota, bancarrota, cruz, dolor. Su diálogo con Dios le lleva a centrarse en Él, sentir mejor su presencia, aceptar el designio divino, pedirle fortaleza, buscar su rostro, darle gracias. También se muestra como un balance de su vida: le consagró sus primaveras, se sabe prendido en sus hogueras de amor, sembró cariño a Dios, espera alcanzar la locura de amor divino que estuvo buscando. Hemos encontrado un folio manuscrito de D. Rafael sin título y con correcciones, con 2 cuartetos y 4 tercetos, que bien pudo escribir en el hospital, como puede comprobar el lector: Estar curado, porque solamente/ tiene salud el hombre cuando cura/ en las mil dimensiones del encuentro/ Cúrame tu, Señor, besa mi frente, prende mi corazón en esa llama/ que eres Tú mismo, Manantial y Centro.

Al amanecer del viernes 31 de diciembre entregó su alma a Dios. La Misa de corpore in sepulto tuvo lugar en la iglesia de San Martín el lunes 3 de enero presidida por el entonces obispo de Segovia D. Luis Gutiérrez Martín, acompañado por el presbiterio de la diócesis, religiosos, y gran número de amigos y conocidos. Entre los cantos no faltó aquel poema de san Juan de la Cruz, del que escribió varios poemas, ¡Qué bien sé yo la fonte que mana y corre aunque es de noche!. Sus restos mortales descansan en el cementerio del Santo Ángel de Segovia. Quiso merecer este epitafio: Su tiempo siempre fue Navidad;/ sus pasos, apertura de caminos; su mirada, sembradura de sonrisas; su corazón, hogar de la PALABRA. A modo de testamento escribió en su último soneto:

Hemos de ser perenne primavera/ que recibe al Amor, tres veces santo/ Dios es Amor ¡sabéis! Y tanto, tanto, / que cata el árbol y lo recupera.

Ojalá, este recuerdo agradecido a Rafael Matesanz sea como un revulsivo para que los segovianos conozcamos su obra y sepamos difundirla.