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MARCELO GALINDO / SEGOVIA

Hay quienes ganan batallas y son vencedores, pero hay quienes las pierden y son héroes. En este caso, el desafortunado combate contra la enfermedad de Alfonso Galera Mediavilla le hizo acreedor a entrar en el particular olimpo de aquellas personas que la encaran con ánimo y ganas de aferrarse a la vida, haciéndola también más fácil a quienes le rodean.

Por que así era Juancho . Pocos le conocían por su nombre de pila, sino por el apodo que le vino dado por los dibujos animados del Lagarto Juancho y que ostentaba como un nombre de guerra con el que ponía por delante su vitalidad, buen humor y bonhomía, que fueron los ejes de su vida.

El jueves 3 de septiembre, Juancho decía adiós, y ahora solo cabe el recuerdo de una persona amante de la música, enamorada de su familia y devota de la naturaleza, pasiones que cultivó y compartió con amigos y compañeros tanto en el plano profesional como en el vocacional.

Sin lugar a dudas, la música fue su aliada y compañera. Integrante y fundador del grupo Sonrisa Vertical, consiguió junto a sus compañeros Mon, Lily y Alfonso Asenjo poner a Segovia en el mapa musical nacional con su presencia en las listas de éxitos de los 80 y los 90 con “La rubia del bar”, el himno apócrifo de la movida segoviana. Siguió por los derroteros musicales con otras bandas como Los Peter Pan o la más reciente Los Lagartos, siempre marcando el ritmo con su bajo y traspasando con su carisma el escenario.

El mundo audiovisual fue otra de sus pasiones, y puso todo su talento al servicio del primer proyecto de televisión local en Segovia, donde con cámara al hombro recogió el color y el calor de las noticias de una provincia que se asomaba todavía tímidamente hacia el futuro a principios de los años 90.

Pero quienes le conocieron, saben que la naturaleza fue su particular devoción. Su trabajo en Patrimonio Nacional le permitió compaginar su medio de vida con la cercanía con el entorno natural segoviano que recorrió y conoció a fondo.

El mejor recuerdo será siempre la eterna sonrisa de un hombre bueno, que permanecerá grabada en aquellos que compartieron su vida en mayor o menor medida , y sobre todo en su esposa Raquel y en sus hijas Inés y María, a las que su memoria acompañará siempre.

Que la tierra te sea leve, Moscarín.