Diligencias de reconocimiento de un cadáver. A.H.P.S. Protocolo nº 1184 (15).
Diligencias de reconocimiento de un cadáver. A.H.P.S. Protocolo nº 1184 (15).

Ya hemos insistido en otros artículos precedentes a éste que ahora comenzamos, sobre la violencia social existente en Segovia en los siglos pasados. La violencia estaba presente en todos los actos de la vida cotidiana: se pegaba a los hijos con la excusa de educarlos o por cualquier molestia que ocasionasen; era habitual que los maestros artesanos ejercieran violencia sobre sus aprendices si estos no ejecutaban sus funciones al capricho de aquellos; las diferencias que surgían como consecuencia de los juegos infantiles se solucionaban a mamporros entre los participantes; por tanto, no es de extrañar que estos mozalbetes, llegados a mayores se sirvieran de su fuerza como medio de lograr sus objetivos, sin pararse a pensar en la legitimidad y legalidad de los mismos. Si a esto sumamos que la picaresca solía acompañar al mundo de relaciones cotidianas y que cada parte procuraba arrimar el ascua a su sardina, lo más habitual era que cualquier discusión se terminase en trifulca y que los fuertes impusieran su criterio a base de golpes sobre los débiles.

Entre niños y mujeres, las armas utilizadas para la defensa y el ataque eran sus propias manos, o con la ayuda de un palo o una piedra, pero entre los hombres —que solían portar dagas y espadas— se recurría a dichas armas para imponer su voluntad, aún a riesgo de terminar la quimera con el derramamiento de sangre. Es conocida por todos la costumbre que tenían los nobles de recurrir al duelo para solventar sus diferencias, duelos que solían terminar con la muerte de uno de ellos y el odio eterno entre las familias de los participantes.

Pero aquí no nos vamos a ocupar de las muertes como consecuencia de agresiones violentas, sino de las que se producían por accidente, es decir, cuando aparecía un cadáver en la calle y nadie sabía lo que había pasado y, por supuesto, sin síntomas de haber sufrido violencia por parte de otras personas. Lógicamente, la justicia actuaba como si existiera un culpable aunque, posteriormente, la investigación correspondiente aclarase el asunto demostrando que la muerte era producto del azar.

Veamos un proceso de estas características. Se había encontrado un cadáver en el campo, en el lugar de Otero de Herreros, y le fue encomendada la investigación de los hechos a Miguel del Prado, alcalde ordinario de dicho lugar.

El primer paso consistió en abrir diligencias de reconocimiento del cadáver. El día 8 de septiembre de 1730, Miguel de Prado, con asistencia del escribano actuante y en compañía del cirujano Manuel García y de otros vecinos, se dirigieron al Carrascal del Quemado, alijar y comunes propios de la Ciudad y Tierra de Segovia, en el lugar denominado Nava Redonda, donde se había hallado el cadáver de Pedro de Frutos Barrio, hijo de Pedro de Frutos Miguel y de Josefa Barrio, el cual estaba tendido en el suelo, muerto, boca abajo. Acto seguido, se procedió a desnudar el cuerpo del muchacho para proceder a su reconocimiento y pudieron comprobar cómo tenía todo su cuerpo renegrido y abrasado, como si le hubiesen echado a una hoguera; y su pecho, vientre, muslos y piernas con muchas lesiones y heridas, al parecer producidas por el golpe de un rayo o centella como consecuencia del nublado ocurrido la noche del miércoles día 6 de septiembre. Enseguida llegaron a la conclusión de que la caída del rayo había sido la causa de la muerte, pues se podía ver claramente la señal que dicho rayo había dejado esculpida en una piedra, contigua a dicho cadáver, que estaba partida en dos y con un agujero por el que se había introducido la centella.

El día 8 de septiembre, se comenzó a tomar declaración a los vecinos de Otero de Herreros que habían estado presentes en el lugar del suceso. El primero de ellos, Manuel García, declaró que había podido comprobar cómo el cadáver tenía muchas lesiones por todo el cuerpo, comenzando por la cabeza y atravesando el pecho y el vientre hasta salir por el muslo derecho, dejando todas estas partes «contusas, deslaceradas y denegridas por razón del azufre que traía la centella». Y para reafirmarse en que el rayo había sido el verdadero motivo de la muerte, dijo que: «se verifica más claramente en no haberse corrompido el cadáver en todo el tiempo que estuvo a la intemperie y no haberle tocado especie ninguna de animales, como consecuencia de haber sido ahuyentados por el olor a azufre».

Nótese la filosofía y el saber popular transmitido generación tras generación entre las gentes del campo, aun siendo iletrados. Por experiencia, sabían que los cadáveres abrasados por una descarga eléctrica de gran magnitud no se corrompían tan rápidamente —aunque fuera verano e hiciera mucho calor— como los muertos por cualquier otra causa. Este mismo saber se aplica al hecho de que no se lo hubieran comido los animales salvajes. Sin duda, conocimientos que mucha gente letrada de la ciudad ignoraba completamente. Lo cual quiere decir que muchos conocimientos útiles para la vida cotidiana no se adquieren en los libros, sino experimentándolos.

Acto seguido, se procedió a tomar declaración a Pedro Reques, tío de la víctima y dueño del ganado que el muchacho guardaba. Éste dijo que el miércoles día 6 había ido a buscar su ganado cabrío en el Carrascal del Quemado y a entregar a su sobrino y criado, encargado de guardar dicho ganado, la ración de pan acostumbrada. Añadió también que había estado con él unas dos horas, pero que a eso de las 8 o 9 de la mañana, se había retirado a su casa, dejando a su sobrino con el ganado. Pero después, con motivo del nublado que sobrevino ese día por la tarde al ponerse el sol, y que duró hasta una hora después de anochecido, fue a por el ganado y lo halló todo desperdigado, echando de menos a su sobrino, por lo que con ayuda de los perros lo reunió y se puso a buscar a su sobrino llamándole a voces por los alrededores, buscándole durante toda la noche sin encontrarlo, lo que le llenó de pavor. Al día siguiente, al amanecer, encontró por esos parajes a Manuel Navajero, que se hallaba guardando otro atajo de cabras y al que le contó lo que sucedía, preguntándole si había visto a Pedro de Frutos Barrio, su sobrino. Navajero contestó que había estado con él la tarde del miércoles, antes de que comenzase la tormenta de truenos y relámpagos, pero que desde entonces no lo había vuelto a ver. Añadió que, en medio del nublado, se produjo un gran relámpago que iluminó todos los alrededores y a continuación, se oyó un trueno tan grande que le llenó de espanto, por lo que se retiró para intentar buscar refugio y protegerse del aguacero.

Pedro Reques siguió buscando a su sobrino hasta llegar al río Moros, junto al molino del Batán, término de Matute Monte de Herreros, preguntando por él a diversos pastores con los que se encontró, pero ninguno de ellos le había visto. Entonces, pensando que quizá el muchacho, con motivo del nublado, se había retirado a casa de sus padres «como criatura de corta edad que era», fue a verlos y estos le dijeron que no sabían nada de su hijo desde el miércoles. Pero Pedro Reques siguió buscando a su sobrino hasta que el viernes día 8, pasando por el término de Nava Redonda, le vio tendido boca abajo y le reconoció por los vestidos que llevaba y por un zurrón que tenía a sus espaldas para llevar la merienda. Una vez reconocido el cadáver del muchacho, se fue a dar cuenta a las autoridades.

Acto seguido, se tomó declaración a Manuel Navajero y éste contó que el miércoles día 6, a eso de las 5 de la tarde, había estado con Pedro de Frutos, pero que se separaron antes de comenzar el nublado y que no le había vuelto a ver. Aseguró que se produjo un grandísimo relámpago y que después, se oyó un trueno enorme que le llenó de pavor, por lo que trató de irse del lugar para protegerse de la tormenta.

Una vez tomadas estas declaraciones, el alcalde de Otero de Herreros ordenó que se enterrase el cadáver. Al mismo tiempo, pasó a casa de los padres del muchacho para informarles que si querían hacer alguna reclamación por la muerte de su hijo, podían hacerlo ante el Alcalde Mayor de Segovia, en la oficina del escribano Gabriel de Benavente.

Los padres no pidieron cosa alguna y se resignaron con la pérdida de su hijo.

El día 8 de septiembre, a eso de las 7,30 de la tarde, se le dio al cadáver tierra y sepultura sagrada en la iglesia parroquial de Otero de Herreros.

El segundo caso que vamos a comentar de accidente laboral con resultado de muerte, es sobre la averiguación hecha en razón de la muerte de Juan García, criado de Úrsula Dávila, que se había caído en una caldera de tinte.

El día 19 de febrero de 1632, se dio noticia al teniente de corregidor Doctor Antonio de Pereda, de que un criado de la fabricante de paños Úrsula Dávila se había caído en la caldera de tinte y se había abrasado. Como consecuencia de ello, se estaba muriendo. Para averiguarlo que había pasado y si alguna persona había sido culpable, se inició cabeza de proceso y se ordenó al alguacil mayor, Francisco de Quirós, que fuese con el escribano para hacer la averiguación correspondiente y todas las diligencias necesarias.

Personados en la casa de Úrsula Dávila, vieron en uno de sus aposentos a un mozo echado en la cama, que estaba en cueros dando muchas voces y gritos, y se podía comprobar a simple vista que su cuerpo estaba abrasado. Entonces, le preguntaron que contase como se había caído en la caldera o si le había tirado alguna persona, a lo que el mozo respondió que «el tiñoso le había echado».
Acto seguido, vino Pedro García, padre del accidentado, informando que su hijo se llamaba Juan García y que tenía 14 años de edad. El mozo, al ver entrar a su padre, empezó a gritar pidiéndole que le echase la bendición y su padre se la echó. Entonces, el padre le preguntó, delante del alguacil, del escribano, del cura de Santa Eulalia y de otras personas que allí estaban «si le había echado alguna persona a la caldera». A lo que el mozo respondió que «el tiñoso le había tirado».

Luego, se requirió a Pedro García que si sabía o entendía de cualquier persona que tuviese culpa en haber abrasado a su hijo, lo declarase; y si quería pedir o demandar alguna cosa, lo hiciese: el cual respondió que por ahora no sabía más que lo que su hijo le había dicho y lo que le había informado el alguacil.

A continuación, el alguacil mayor comenzó a tomar declaración a los trabajadores que estaban presentes en el taller de tinte en el momento del suceso.

Comenzó con un hombre que dijo llamarse Juan y ser vecino de Aguilafuente, que había ido allí para cobrar una deuda que tenía Úrsula Dávila con Miguel Delgado, su amo. Este declarante dijo que había entrado en el taller, que estaba en plena actividad, un poco antes de las 10 de la mañana y que vio cómo un mozo y una moza estaban girando el torno donde se iba enrollado un paño que salía de la caldera, cuyo contenido estaba cociendo. Cuando, en un momento de este proceso, dicho mozo se inclinó para estirar el paño que se había doblado y al hacerlo, perdió el equilibrio y cayó de cabeza a la caldera. Entonces, el declarante arremetió con toda prisa para sacarle, al mismo tiempo que daba voces pidiendo ayuda a los tintoreros presentes, para que acudiesen y le ayudasen a sacarle. Cuando le sacaron entre todos, se pudo comprobar que el mozo salía abrasado y dando voces, pidiendo que le quitasen los vestidos porque le ardían las carnes. Acababa su declaración diciendo que nadie le había hecho ningún agravio, sino que dicho mozo, para prender el paño, se cayó sin que ni él ni los que estaban allí presentes lo pudiesen evitar.

La declaración de Isabel de Juan, la criada que estaba trabajando en el torno con el accidentado, la del maestro tintorero Santos García y las de sus dos ayudantes, llamados Tomás y Antonio, que en el momento del accidente estaban un poco retirados metiendo una «trapada de lana en la tina», fueron coincidentes. El maestro añadió que, esa mañana, se habían introducido cinco paños en la caldera y que estos eran los que tenían que pasar por el torno el mozo y la moza para que se empaparan de tinte. Pero, en lo que todos estuvieron de acuerdo, fue en que nadie le había hecho agravio y que la caída había sido como consecuencia de haber perdido el equilibrio al ir a estirar el paño.

Al no haber encontrado ningún culpable y quedar claro que se trataba de un accidente laboral, el alguacil dio por terminada la investigación y así se lo comunicó al teniente de corregidor.
Después de haber procedido a la lectura de ambos procesos, llegamos a la conclusión de que en el momento en que se producía una muerte, aunque ésta hubiera sido por accidente, el proceso se abría como si de la investigación de una muerte violenta se tratase. Lo primero era asegurarse de que no había intervenido nadie a quien se pudiese acusar de la muerte y una vez aclarado este aspecto, se procediera a investigar las causas de dicho accidente y a depurar responsabilidades en caso de que las hubiese.

Otro detalle que llama poderosamente la atención es la juventud de los accidentados, ambos casi niños, lo cual nos muestra lo temprano que se tenían que enfrentar a estas tareas y la dureza de las actividades a las que eran sometidos. Dándose la circunstancia, además, de que estos aprendices trabajaban por la manutención como único salario, pues no se cobraba en metálico hasta que no se alcanzaba la categoría de oficial.


(*) Doctor en Historia por la UNED.