— ¿Qué significa para Vd. descolonizar un Museo?
—La verdad es que no soy un experto en el tema y nadie me ha pedido nunca que descolonice un museo. La arquitectura ha sido uno de los instrumentos tradicionales de la colonización. Desde las urbes romanas a los suburbios americanos, la estructura del espacio determina la forma de vida de las poblaciones. Un ejemplo que se me ocurre de descolonización es el del cambio de sistema de direcciones en Corea del Sur para eliminar el que implantó Japón durante el periodo colonial. En Japón, el sistema de direcciones postales está basado en áreas o (chomes) y Corea del Sur quiso librarse de ese sistema que era el símbolo de la ocupación japonesa, y usar el sistema occidental que está basado en líneas numeradas (las calles).

En un edificio es quizá más complicado, pero se me ocurre que el neo-regionalismo que emerge en los años 70 como reacción a los modelos de construcción anglosajones de muros de vidrio y construcción de hormigón “brutalista” es en cierto modo una forma de “descolonización.” Pero de nuevo hay factores de eficiencia que hay que tener en cuenta: no tiene sentido hacer edificios de vidrio en Dubai ni en Toronto. Por eso a mí me da un poco de risa la descolonización en arquitectura, porque creo que adoptar los modelos prevalentes cuando son eficaces es de sentido común, como en Corea. Y cuando no tienen sentido, como en Dubai o sin ir más lejos, en Andalucía, ¡quizá haya que resistirse a la colonización! Pero de ahí a decir que un museo en Madrid tiene que construirse con ladrillo cara vista y teja árabe para representar la tradición constructiva local es absurdo. Eso es como la señora que aparecía vestida de indígena en el teatro woke del Museo de las Américas. La descolonización parte de la idea nostálgica de que hubo un estado ideal en algún momento de la historia al que hay que volver, y que ese estado está determinado por una relación ideal entre la tierra, la raza y la cultura. Y esa relación es muy peligrosa.

—¿Cómo cree que una política de cuotas de sexos, géneros o razas afectaría a las instituciones museísticas?
—Supongo que ya les está afectando, si no, no se darían el tipo de teatros como el del Museo de las Américas. Por eso todos los nuevos directores de museos son mujeres, LGBTQs y minorías étnicas. Eso ha venido ocurriendo en todos los campos de la cultura contemporánea, incluyendo la educación. El problema de este tipo de políticas es que van, primero en contra de la competencia, y segundo, en contra de la neutralidad. Un museo tiene dos funciones: una es la de recopilar objetos culturalmente valiosos. La otra es la de presentarlos al público con una interpretación que contribuya a establecer una consistencia cultural entre la población. Esta segunda función es más problemática porque se parece mucho a la propaganda política, y puede ser utilizada para promover ciertas ideologías. España fue un país colonizador. Podemos explicar la historia del país alabando las gestas heroicas de los conquistadores y ensalzando la construcción de hospitales y universidades o podemos explicar que el Imperio Español fue un genocidio que eliminó las culturas aborígenes Dependiendo de nuestra ideología, interpretamos el imperio en una de esas claves. Yo soy de la opinión de que un museo contemporáneo ―y una universidad― no deberían utilizarse para dar versiones tendenciosas de la historia que apoyan ciertas posturas políticas, sino limitarse a presentar los objetos de la forma más neutra posible, aun a pesar de perder una gran parte de su segunda función como instrumento de cohesión social. Creo que la cohesión social de una cultura contemporánea debería de construirse sobre el respeto absoluto a la libertad de pensamiento y expresión. Un museo contemporáneo debería de presentar sus colecciones de forma que pudieran utilizarse para que los ciudadanos construyan sus propias narrativas en lugar de ser mecanismos de adoctrinamiento. Pero claro, yo soy un globalista neoliberal que cree en el “fin de la historia” como objetivo, más que como estado.

Lo que está ocurriendo con las políticas culturales, educativas y laborales es que han sido secuestradas por las políticas identitarias, nacionalistas y de justicia social que antes que nada clasifican a los individuos en opresores y oprimidos en base a su identidad sexual, étnica o nacional. Son las secuelas del posestructuralismo, en donde se sustentan las políticas identitarias, tanto las de la izquierda como las de la derecha. Por una parte, tenemos a los populismos de derecha, Putin, Trump, Brexit, basados en la idea de la nación o del imperio y por otra parte tenemos a los populismos de la izquierda, entregados a los intereses particulares de los grupos de identidad: los nacionalismos, los feminismos/LGBTQ+, las minorías étnicas… Cualquier noción de verdad, de competencia y excelencia perecen ante esta promoción de las identidades y las falacias que ambas ideologías necesitan mantener, como la sexualidad no binaria, el suprematismo racial estructural o la colonización, la represión y el genocidio de míticos pueblos ficticios y sus arcadias, que en realidad nunca existieron. Vivimos en el mundo de la posverdad y la defensa de la neutralidad de las instituciones culturales y educativas es más importante que nunca. Hay que luchar sin descanso para evitar que las políticas identitarias mantengan el control sobre las instituciones culturales y educativas.

— ¿Cuál es su experiencia en la implantación de dichas cuotas en instituciones académicas de EEUU?
—En Estados Unidos, la aplicación delirante de las políticas de discriminación positiva y de la “DEI” (Diversidad, Igualdad e Inclusión), ha producido la contratación de una enorme cantidad de docentes e investigadores cuyo único merito es el de pertenecer a una de las categorías de los “oprimidos”, la discriminación brutal en contra de algunas etnias y a favor de otras en la admisión de estudiantes, y la construcción de tabúes sobre áreas de conocimiento que simplemente han sido canceladas. Hay una inflación galopante de las calificaciones y una disminución de la capacidad cognitiva de la población de estudiantes como resultado de la devaluación de cualquier noción de excelencia o competencia. Pero lo peor de todo es que la ortodoxia en estas instituciones ha eliminado lo que se suponía que era su propósito, la búsqueda de la verdad, que ha sido abandonada en favor de convertir la universidad en un mecanismo de adoctrinamiento en que los dogmas de fe no pueden cuestionarse a riesgo de ser cancelado. La verdad está determinada a priori por los profesores reclutados durante los años del “Great Awokening.” Esa “diversidad” que estas instituciones pretendían promover ha producido una homogeneidad política absoluta que ha silenciado a todos aquellos que no comulgan con la ortodoxia identitaria. El descubrimiento de que la presidenta de Harvard, Claudine Gay había sido elevada a base de políticas de DEI (es mujer y negra) a pesar de que sus méritos académicos eran escasísimos, y de que había violado repetidamente las normas de conducta académica en su tesis doctoral y en sus escasos trabajos publicados es paradigmático de los riesgos de esta estrategia: Nadie se había molestado en investigarla, porque su identidad era idónea. Y resultó ser un personaje fraudulento y tóxico, que se había encargado de cancelar a una serie de profesores que no comulgaban con el dogma woke y que investigaban la verdad: el más famoso de ellos es Roland Fryer, que es negro y había estado investigando el prejuicio de la policía en disparar contra ciudadanos negros y había encontrado que no había ningún prejuicio.

Significativamente, las presidentas de las tres universidades que fueron llamadas a declarar ante la Comisión de Educación del Congreso eran mujeres. Dos de ellas tuvieron que dimitir después de ser expuestas sobre la protección de la libertad de expresión en sus universidades. Amy Wax, la célebre profesora de la Universidad de Pensilvania que llevaba años en la mirilla de Elizabeth Magill, un de las presidentas dimitidas, por hablar abiertamente sobre el conflicto racial, les llama “ginócratas de mediopelo” (midwit gynocrats). Las políticas identitarias, la falta de libertad de expresión y el abandono de la evidencia y el método científico en favor de los “sentimientos” han hundido la búsqueda de la verdad y construido una generación de estudiantes que ha crecido en el narcisismo de la mediocridad. Tras haber sido consentidos e hiper-protegidos por estas instituciones en aras del sentimiento y la empatía, la llamada Generación Z se está estrellando ya contra la realidad y creando un problema de salud mental sin precedentes. Hay quien dice que es la “feminización de la universidad”, representada por las tres presidentas en la Comisión del Congreso, la que ha causado el aborregamiento, la disminución de la libertad de expresión, y el abandono de la búsqueda de la verdad.

Obviamente, los museos han seguido un proceso parecido, aunque menos evidente que las universidades, porque a diferencia de éstas, en donde se registra y se evalúa a sus usuarios, no se puede medir fácilmente el impacto social de los nombramientos basados en políticas identitarias. Creo que el efecto de estas políticas en las instituciones culturales y los medios de difusión es devastador, porque muy a menudo estos directores y curadores improbables que han ido copando paulatinamente todos los puestos directivos en base a sus características sexuales o raciales están empeñados en promover estas ideologías en la población de votantes. Las instituciones culturales y educativas son un mecanismo de adoctrinamiento poderosísimo que está afectando al electorado decisivamente. Es absolutamente crucial luchar para devolverlas a su neutralidad.

— ¿Ha diseñado y construido algún Museo como arquitecto? ¿Alguna Fundación?
—Sí, la Fundación Cerezales en León y ahora se está construyendo nuestro proyecto para el Museo Nacional de Arquitectura y Urbanismo en Corea del Sur (KMUA). Nunca un cliente me ha pedido “descolonizar el proyecto”, probablemente porque los clientes de museos son colonos por defecto. Colonizan un espacio que quieren utilizar para transmitir un mensaje, aunque el mensaje sea el de la descolonización. ¡Puede que sean incluso “extractivos”! Pero hay una cuestión interesante sobre la que hay que pensar: aparte de servir eficazmente a las necesidades de almacenamiento y exposición de las colecciones en cuestión, y de organizar las circulaciones de público y la protección de los depósitos y archivos, el edificio de un museo “representa” una identidad. Aunque yo sea enemigo de las políticas identitarias, me parece que un edificio institucional ha de representar eficazmente la identidad colectiva de su comunidad de usuarios. No la de uno de sus grupos de identidad sino la de todos a quiénes sirve la institución. Un parlamento representa a un país, un juzgado representa al poder judicial y un museo representa su contenido o la comunidad cultural a la que sirve. Así, en el proyecto de la Fundación Cerezales, recurríamos a la cubierta a dos aguas y a las imágenes de la arquitectura rural para representar a una institución dedicada al estudio del medio rural. En KMUA, que ganamos en un concurso internacional, intentábamos representar nada menos que ¡la arquitectura coreana! En ese proyecto jugamos con una narrativa que cruzaba las formas de construcción de la arquitectura tradicional coreana ―los aleros de los Hanok― y la reutilización de las vigas de los pasos elevados construidos en los 60s y 70s, para construir un andamio gigante en el que se pudieran colgar trozos de arquitectura a escala real, ―como en el Museo de Pérgamo. Propusimos una especie de monumento a la etapa del desarrollismo coreano que convirtió a una de las economías más precarias del mundo en una de las más exitosas. La idea era la de resaltar los méritos de una era de la historia reciente de Corea y buscar resonancias con la arquitectura tradicional para convertirlos en un motivo de orgullo nacional. A pesar de que estos desarrollos sucedieron durante una etapa en la que el país estuvo regido por una dictadura militar y sumido en el capitalismo mas salvaje. Hay una cuestión de orgullo nacional en KMUA o de orgullo local en Cerezales, que es irrenunciable. Y me parece que una de las funciones de un museo es construir el orgullo colectivo a través de los objetos que se coleccionan y se presentan. Uno de los problemas del mundo woke es que todas las cortapisas y limitaciones al esfuerzo y a la competitividad no hacen sino castrar el espíritu de superación. De ahí que los grandes monopolios hayan adoptado las ideas de la justicia social con tanto entusiasmo: es la mejor forma de evitar la emergencia de cualquier tipo de competencia futura. Ese es el secreto del “capital woke”. El KMUA es, secretamente, un monumento anti-woke.

Podríamos haber decidido simplemente dar servicio a las necesidades museísticas y haber renunciado a representar, como haría un arquitecto moderno ortodoxo; haber dejado que fuesen esas necesidades las que determinasen la imagen del museo de forma automática. No sabría decir si hacemos bien en intentar cristalizar estas identidades, pero creo que los clientes están interesados en ellas. Creo que estas representaciones realmente ayudan al público a identificarse con su comunidad o con el contenido y la función del edificio.

Hablando del Museo de Pérgamo, que es uno de mis favoritos… ¿deberíamos descolonizarlo? ¿Devolver el Altar a Pérgamo y la Puerta de Ishtar a Irak? ¿Y la devolución de los frisos del Partenón a Grecia que ha provocado recientemente una confrontación entre el Reino Unido y Grecia? ¡Absolutamente no! Primero porque esas piezas no se hubieran conservado si los hombres blancos occidentales no se las hubieran llevado para estudiarlas y aprender de ellas y construir entornos a su alrededor que han contribuido a entender las civilizaciones que las produjeron para bien de la humanidad. Segundo, porque son accesibles a muchos mas humanos en Londres, Berlín, Paris, Viena o Madrid que en sus lugares de origen, donde las comunidades que las produjeron dejaron de existir hace siglos. Y tercero porque estas agregaciones de objetos de procedencia diversa, adyacentes en un mismo lugar, son la fuente misma de una cultura y un conocimiento universal que es el verdadero antídoto a los aislacionismos identitarios del presente. Los antiguos imperios se convierten así en los vehículos de construcción de una posible cultura global.