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Alberto Reguera. / A. G. P.

Buena idea la del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza de mostrar una de las joyas de su colección permanente, Claro de luna con un camino bordeando un canal, del holandés Aert van der Neer (Ámsterdam, 1603-1677), junto a la particular interpretación que de ella realiza la obra de un pintor contemporáneo, en este caso la que sale de la paleta de Alberto Reguera (Segovia, 1961).

El paisajismo holandés del XVII es espléndido. Van der Neer profundiza en la importancia que estos pintores dan al cielo y a las nubes con un especial tratamiento de la luz nocturna. Los matices en el cuadro del holandés son infinitos. Es prodigioso el juego que realiza introduciendo, en el paisaje, un río que se proyecta en un zigzagueante punto de fuga hasta hacerse uno con el cielo, compartiendo con él, en una hermosa confusión, tonalidades cromáticas y conformando un escenario único, en el que parece que solo deambulan fantasmas y sombras. Nunca estaremos suficientemente agradecidos al Thyssen por haber enriquecido con la presencia de primitivos italianos y de pintura holandesa algunos déficits de nuestra colección por excelencia, que es la del Prado.

Alberto Reguera goza de un momento dulce. Viene de exponer en Pekín dentro de un programa de exposiciones auspiciados por la Unión Europea. Con Carlos León (Ceuta, 1948, pero afincado desde hace tiempo en Segovia) son nuestros dos pintores más internacionales y de reconocimiento más extenso. También Juan Pita (Madrid, 1947) viene de exponer, al final del año pasado, en la prestigiosa galería Orfila, de Madrid. Y el joven Gonzalo Borondo (Valladolid, 1989), con su expresionismo a flor de piel urbana, todavía mantiene su obra, retratando los conflictos bélicos y su violencia interna, en las vallas publicitarias del extrarradio de Segovia. Es el panorama pictórico de una ciudad muy entroncada con las bellas artes y en especial con la pintura.

Guillermo Solana
Guillermo Solana, director del Museo Nacional Thyssen-Bornemisza. / CARLOS OCAÑA

 

En Alberto Reguera, como en Aert van del Neer, un cuadro es un universo en sí; como lo es en Segovia una pared cubierta de esgrafiado

Me resisto a calificar la pintura de Alberto Reguera, el copartícipe de la exposición del Thyssen, como abstracta. Me pasa lo mismo con la obra de Carlos León. Lo habitual suele ser que la luz y la materia creen las formas. Lo inhabitual es que sea la luz, que sale de la combinación cromática, y la materia pictórica, que surge del empaste, las que modelen lo informal, o aformal, o mejor, lo esencial. Alberto Reguera trata y trabaja la materia pictórica para alcanzar lo que termina trascendiendo la materia, un velo que se libera como efecto independiente, y se eleva ante el observador, y envuelve la retina, y rompe la estructura habitual de la mirada.

En Alberto Reguera, como en Aert van del Neer, un cuadro es un universo en sí; como lo es en Segovia una pared cubierta de esgrafiado. Mucho ha tenido que ver Segovia en la concepción pictórica de Reguera. El esgrafiado nace de una necesidad y se convierte en virtud. Digo virtud porque el esgrafiado compone una acción moral, no solo estética: esconde materiales pobres –esa búsqueda de belleza es a la postre una huida de la pobreza- para conseguir a través de una simple fachada relevancia social y autoestima personal. “De ahí saldría mi obsesión por generar una materia pictórica”, reconoce, “por crear una superposición de capas y raspados”.

La técnica es sencilla de manufacturar y compleja de comprender: endosar materia para luego –mediante el raspado- quitarla, disminuirla; construir y deconstruir. En el esgrafiado son las formas –la plantilla- las que delimitan el efecto final. No es el caso de la obra de Alberto Reguera. Ese velo del que hablaba; esa textura que se encamina a lo informal o aformal, esa esencia, en fin, se consigue con el uso magistral de los pigmentos. El resultado es espléndido, y luce más en formatos grandes que en pequeños. Con la dimensión, el objeto pictórico consigue su mayor alcance, su mejor expresividad. Luis García Martín-Marcos hablaba del Acueducto de Segovia como ceniza en vilo; en la obra de Alberto Reguera se podría decir pigmento, polvo, en velo; el pigmento atrapa luz y desprende luz, incluso desde dentro de lo matérico; contrapone al relieve la levedad; alivia lo que esta tiene de rotundo.

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No es ya el volumen lo que importa –no me interesa el volumen- sino el juego materia-antimateria que crea la estructura final de una obra. Efecto que se multiplica en esas texturas ondulantes, tridimensionales, a la manera de campo de trigo azotado por el viento. Ese grattage ya lo utilizó como técnica Max Ernst en 1927 raspando la superficie del cuadro. Si alguien observa las capas interiores de un revoco segoviano también descubrirá el raspado que los maestros de obras realizaban para que la capa superior arraigara mejor. En todo caso, este trabajo con la materia pictórica es algo que define la mejor obra del pintor; por eso luce en los grandes formatos, en donde la complejidad campa más a sus anchas por la intensidad de la acción creadora; y la iridiscencia se configura entonces como algo más que un fenómeno óptico. Un pintor español, José Orús, se introdujo hace décadas en ese juego cósmico, pero necesitaba el apoyo de luz exterior. No es el caso de la obra que comentamos. Aquí el juego luz-materia es endógeno al cuadro, aunque requiera la participación del espectador para que desprenda todo su jugo.

Es todo este proceso el que me atrae como observador de la obra de Reguera. Y lo que se encuentra en buena medida en la exposición del Thyssen. Son cuadros atractivos, sobre todo los de gran formato, como he dicho. Atractivos en el sentido literal del término: que atraen. Y conforme se prolonga la mirada más se interioriza el objeto pictórico, y más detalles se descubren. En ocasiones, la pintura excede el lienzo, y se prolonga a los bordes del grueso bastidor, se convierte en una composición autónoma. En otras se alternan los espacios con muchas capas con otros en los que escasean. La pintura de Reguera se puede describir, pero siempre las palabras resultarán poca cosa; lo mejor es entregarse al placer de la contemplación; y también utilizo la palabra contemplación en sentido literal: no tener prisa; dejar pasar el tiempo; practicar la observación -si se puede, mejor en soledad y en silencio-. Tiene la virtud que antes desarrollaron pintores como el homenajeado Van der Neer o como Claude Lorrain, ambos del XVII, ambos maestros del paisaje. Los dos se sirvieron de la realidad exterior para representar un estado del alma.

Reguera da un paso más allá, pero el resultado es el mismo aunque la técnica pueda diferir. El pintor segoviano aprovecha otros recursos y se introduce en la técnica mixta, y se alza sobre la materia, sobre la realidad, sobre el paisaje. No es un estilo abstracto el suyo, es un estilo idealista. La idea es al final lo que vence. Y la idea no tiene tiempo ni lugar.