Juan Manuel Santamaría con Pintores de 2014 en peñas del Parral frente a Segovia.
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Buscar el mejor sitio para pintar, acertar con el encuadre, saber escuchar la luz y la sombra, no dejarse tajar por su filo y por su fuerza, escoger la perspectiva que reúna las formas, los colores, los motivos que desean plasmar en sus obras; elegir bien el lugar para poder contemplar la panorámica o el detalle… Algunas veces podemos ver a los pintores pensionados en medio de las calles más céntricas, transitadas por turistas…, o en el silencio de las plazas recoletas; otras veces se pierden por el verdor de las alamedas; o se detienen en las atalayas y miradores, para recoger toda la visión de la ciudad tendida bajo esa luz tan bien descrita por Zambrano o por Cernuda, o por nuestro Francisco de Paula Rodríguez en el Catálogo de 1971:

A los atractivos estéticos de su condición monumental, la ciudad añade lo que yo llamaría la calidad didáctica de su luz. En efecto, la luz de Segovia, no engaña nunca. Podrá ser difícil, inaprehensible incluso, pero nunca engañosa. No se busquen en estas tierras del altiplano celajes, brumas ni sfumatos: los objetos se recortan a la observación con la nitidez de la visión de un microscopio. La luz desciende pura, violenta, definidora y baña con nitidez los contornos, enciende los colores, determina. (…) La luz de Segovia, si Fra Angélico la hubiese visto, la hubiese pintado de rodillas.

En efecto, Segovia para los pintores pensionados es una sorpresa de luz, pero también un caudal de historia y un tratado completo de arte. Y los primeros días de su estancia aquí, aunque hayan leído y vengan informados, los organizadores del Curso les presentamos la ciudad de una forma intensa. El itinerario extramuros, tradicionalmente guiado por los académicos Juan Manuel Santamaría y Carlos Muñoz de Pablos, les hace recorrer su “cinturón verde”: sus alamedas y sus valles, con todo lujo de detalles sobre la botánica, la historia y el arte. Este “viaje a la semilla” de Segovia es importante, no solo por ir conociéndola, tomar ya algunos apuntes y escoger puntos de referencia, sino también porque el grupo se va conociendo. Les espera un mes de convivencia y es conveniente crear lazos, diálogos, criterios comunes, intereses que se encuentran…

El itinerario intramuros, cuyo guía es Antonio Ruiz, presenta a los pintores la urdimbre de la ciudad amurallada, la historia de su urbanismo, los detalles de sus edificios, tanto en su construcción física, como en su devenir artístico e histórico. De algunos edificios puede hasta decir los dueños que han tenido desde su origen. Es como si la ciudad escuchara en sus labios su propia vida cotidiana desde siempre. A veces es la Catedral la visitada en su interior, con su gótico último y la elegancia de sus formas; a veces es el Alcázar, con las etapas constructivas de su devenir y sus diversos usos… No es esencial que sean exactamente las mismas visitas siempre. Porque la verdad es que la ciudad queda explicada en todas sus dimensiones.

Los dos itinerarios comienzan en el palacio de Quintanar, no solo por ser la sede del Curso de Pintores desde los años 50, sino porque como edificio, también representa el tipo de vivienda noble del Renacimiento segoviano. Y es apasionante cómo los dos itinerarios suscitan reflexiones, motivos, cuestiones artísticas, culturales, sociales…, que despiertan en los visitantes la ansiedad de vivir la ciudad, sentirla desde todos sus misterios, respirarla desde todos los rincones de su belleza. En ese momento Segovia aglutina lo que saben con lo que es posible aprender y emprender.

También han de conocer la provincia y su riqueza de paisajes, que supone retos nuevos en la paleta y en la mirada.

Es tradicional un viaje hacia las Hoces del Duratón, altar de los paisajes de la Segovia natural; pasando por Sepúlveda, y celebrando al pintor Zuloaga desde su mirador, y evocando al escultor Barral desde la piedra de su cantera; a veces Pedraza; otras veces, Turégano, o Coca… ¡Cuántos viajes acumulados en la intrahistoria del Curso…! Desde la organización debemos agradecer a las personas que contribuyen con sus conocimientos a situar y a formar a los pintores pensionados, en una difícil pero siempre fértil síntesis de lo que es Segovia.

Los primeros días del curso son duros: los alumnos se sienten protagonistas de una aventura en la que toda una ciudad los observa. Pero además cada uno tiene su trayectoria y formación, y unos proyectos estéticos y técnicos que ha de intentar conjugar con Segovia, a la que está conociendo en un ritmo intenso, y lo que su visión le pide o le exige, y cuyo producto ha de mostrarse en público en pocas semanas, en la exposición final. Sin embargo, siempre salen adelante, porque la relación que se crea entre alumnos, directores, académicos de San Quirce, patrocinadores, colaboradores…, es cercana y contribuye a que todo salga bien.

Los directores artísticos siempre tienen muy clara la invitación, en cuanto es posible hacerlo, de salir a pintar del natural. A veces la programación del Curso exige a los alumnos trabajar desde el mismo lugar o entorno en el mismo tiempo, ante motivos similares. Y eso curte y beneficia a cada artista y al grupo.

Este ejercicio podría hacerse desde cualquier lugar, pero el origen del Curso lo trajo a Segovia y, desde aquí, con el color y la luz locales, los pintores han ido escribiendo durante un siglo la historia de la pintura de paisaje. Eso demuestra todos los años Juan Manuel Santamaría en su conferencia sobre la historia del Curso. No hay un motivo narcisista ni “pintoresco” en pintar Segovia. Lo local se hace universal en las paletas, las miradas, las reflexiones… Segovia supone un crecimiento en cada pintor, no solo una mención en su trayectoria curricular o profesional, sino sobre todo, en su proceso real de formación artística. Y para Segovia, no por ser pintada, sino por lo que ocurre en las mentes y las obras de quienes la pintan, el Curso de Pintores es una actividad cultural esencial.

Las habitaciones de la vieja residencia de Quintanar, este año vacías por la suspensión del Curso por la pandemia, acogen cada noche el cansancio de los pintores. En sus talleres se van viendo las obras que van completándose…; en sus salas de encuentro, los pintores tienen tiempo de compartir pequeños ratos de ocio y tertulia. El jardín del almendro o el patio de las columnas son verdaderos “sacramentos” del Curso, y lugares emocionantes para el arte y la historia de Segovia, testigos de la creación. Queda muy bien explicado ese proceso creativo en palabras de uno de sus últimos directores, Pedro Terrón, en el Catálogo de 2016:

(…) Muy temprano, con las primeras luces, me gusta visitar y recorrer estos espacios, disfrutar observando los trabajos acumulados y los que han surgido por la noche.

Ya leo las distintas versiones: las individuales, las contemporáneas, las naturales o las urbanas, las que denuncian la intervención del hombre, y las que disfrutan del poder de lo salvaje. Hay quien me detiene para reparar en su textura: unas, brutas como las del pinar; otras, suaves como leves aguadas. Lo mismo ocurre con el color y la luz, hay pluralidad: partiendo desde la más estricta descripción realista, a las ácidas y encaradas. Hay que elegir entre lo que veo, miro y lo que expreso; entre un breve tiempo y lo eterno; la levedad o efímero y lo perpetuo. El fin que pretenden quienes creen en estos cursos surge cotidianamente y condiciona el día a día. Las preguntas y las conversaciones se circunscriben a estos temas. Nuestro lenguaje plástico se traslada al técnico y nuestra jerga nos identifica, estamos entre profesionales de la imagen del paisaje al aire libre.

En estos últimos años, y también ocurrió en 1993, los pintores residen durante una semana en El Paular-Rascafría, gracias al Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama, a la comunidad del Real Monasterio de El Paular y a la Dirección General de Bellas Artes. Su paleta se renueva con esta estancia, y por otro lado, el Curso recupera su origen: la Sierra de Guadarrama. La aventura tiene mucho de enriquecedor, pero supone también un reto para los pintores. Cuando habían comenzado a estabilizar su residencia en Segovia, y sus ojos comenzaban a acostumbrarse a sus ocres golpeados por la luz, tienen que mover sus bártulos y cambiar su paisaje. Todo supone crecimiento para el grupo, para el Curso, para cada uno, pero hay que seguir poniendo esfuerzo, pasión y capacidad de adaptación.

No cabe duda de que la experiencia del Curso de Pintores pensionados del paisaje es completa y relevante.

Para presentar la exposición de 1988, Mesa Esteban Drake, veterana directora del Curso durante muchos años, se expresa así:
El análisis del color y la luz, tal y como se produce al aire libre, encontrando valores como el silencio, el vacío o la grandeza de la forma del paisaje y en el último término el estudio de ese mundo que, a veces, nos resulta tan ajeno, la naturaleza, es una disciplina a la que estos artistas se han sometido durante su estancia en nuestra ciudad y cuyo resultado tenemos ante nosotros.

En el Catálogo de 2018, Victoria Chezner recuerda las palabras de Carlos de Haes, promotor de la pintura de paisaje, en su discurso de ingreso en la Real Academia de San Fernando, el 26 de febrero de 1860:

Mucho tiempo hace que la naturaleza es bella; mucho que los días son radiantes y melancólicas las noches; mucho también que su voz misteriosa habla hasta a los que no la entienden; y sin embargo, desde ayer tan solo ha empezado el artista, cuya misión es reproducir su variedad infinita, añadiéndole el fuego de su pensamiento y de su corazón, a comprender el lenguaje de los bosques y de los valles.

Comenta Chezner, que en la contestación a su ingreso, Federico de Madrazo redefine la función y la vocación del artista:
Cualquier persona contempla la naturaleza viva y la encuentra muda, y ve luego esta misma naturaleza en el lienzo del paisajista, y le parece elocuente. Sin imaginarse que allí hay algo que en el modelo no existía.

Porque el Arte crece en cada obra y en cada trazo. Y Segovia lo experimenta cada agosto.
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(*) Académico de San Quirce y coordinador del Curso de Pintores entre 2014 y 2019.