La Virgen de los Siete Cuchillos (Iglesia de San Miguel). / KAMARERO
La Virgen de los Siete Cuchillos (Iglesia de San Miguel). / KAMARERO

Resulta interesante, desde el punto de vista antropológico, estudiar la necesidad que tiene el ser humano a asociarse o unirse con sus congéneres, con el fin de lograr tanto beneficios materiales como espirituales, es decir, no solamente porque viviendo en sociedad se logran éxitos colectivos que hacen la vida más fácil, sino también con el ánimo de intentar satisfacer la necesidad espiritual que siente el hombre de bucear en sus orígenes y de encontrar respuesta a la consabida y repetida pregunta: ¿«De dónde venimos y a dónde vamos»?, y para la cual aún no tenemos una respuesta satisfactoria.

Desde tiempo inmemorial, los trabajadores de un mismo oficio habían tratado de unirse manteniendo relaciones que afectaban al ejercicio de su profesión y para honrar a algún ser sobrenatural elegido para que ejerciera las funciones de patronazgo.

El gremio tuvo su precedente en la cofradía, asociación libre de trabajadores para honrar a un santo, socorrer a los compañeros y estrechar lazos de unión celebrando fiestas y banquetes comunales. Se conoce la existencia de cofradías desde finales del siglo XII y principios del siglo XIII. A mediados del siglo XIV tenemos noticias de una cofradía muy poderosa afincada en Segovia cuya sede residía en el convento de San Francisco.

En 1539 se cita a los zapateros y curtidores como miembros de la cofradía de Sancti-Spíritus, con sede en el antiguo convento de la encomienda de su nombre, que reunía a todos los trabajadores relacionados con el trabajo del cuero: curtidores, pellejeros, zurradores, pergamineros, zapateros, boteros, jaeceros y demás oficios similares. Tras su desaparición, aparece a principios del siglo XVII la cofradía de San Crispín y San Crispiniano. En el año 1667, dicha cofradía aparece denominada como la hermandad de los zapateros mancebos, con el título de Nuestra Señora de la Concepción, con sede en la ermita de Santa Lucía, aunque en el año 1697 se trasladó a la iglesia de Santa Columba. Más tarde, la sede de esta cofradía pasó a la iglesia de San Clemente.

Las cofradías jugaron un papel relevante en todos los ámbitos de la vida social. Se recurría a la formación de cofradías y hermandades cuando perseguían objetivos de naturaleza no estrictamente religiosa, pues estas formaciones, colocadas bajo la advocación de un santo, llevaban implícito un carácter piadoso y entre sus fines estaban los de tipo religiosos, el culto funerario y obras pías, pero también los de tipo asistencial y caritativo entre los más necesitados. El caso es que dichas cofradías nombraban entre sus miembros lo que se denominaba “escuadras”, cuya misión era llevar los estandartes y banderas de la cofradía y entregar las ofrendas al patrón de la misma. Significaba un gran honor para los hermanos abrir el cortejo procesional portando el estandarte de la cofradía y hacer la entrega de la ofrenda al santo de su devoción. Por tanto, queda claro que durante la Edad Moderna, las cofradías organizaron tanto desfiles de carácter civil —como para festejar la venida de los reyes, por ejemplo—, como desfiles procesionales de carácter religioso, bien fueran para la celebración de la festividad del santo patrón de la cofradía o en las fiestas religiosas más importantes, tales como las procesiones de Semana Santa.

El día 21 de marzo de este año daba una conferencia la historiadora Mercedes Sanz de Andrés en el Museo Esteban Vicente, cuyo tema versaba sobre la Semana Santa segoviana. La conferenciante —a quien me une no solo la afición por la Historia sino también una buena amistad—, se lamentaba de lo mucho que aún se desconoce sobre esta tradición y de la falta de noticias anteriores al siglo XIX. Con ánimo de contribuir a dicho estudio es por lo que me animo a escribir este artículo, al mismo tiempo que espero que esta noticia le resulte provechosa para sus investigaciones.

El día 12 de junio de 1668, se concertaban el escultor Juan López de Celada y el gremio de tundidores de Segovia para labrar un paso de Semana Santa. Por la parte del maestro escultor se citan como fiadores a Francisco Jiménez de Ocaña, dorador; a José Vallejo, ensamblador; a Francisco de la Presa y Felipe de Angulo, vidrieros; y a Juan Terán, cuyo oficio no se cita. Por la parte de los tundidores se citan a 15 maestros y oficiales del oficio de tundidores, en nombre y representación del resto de componentes de dicho gremio.
No podemos afirmar desde cuándo sacaba dicho gremio un paso procesional en la Semana Santa, pero lo cierto es que antes de llegar a este concierto sacaban en procesión a Cristo Crucificado y desfilaban con su insignia y estandarte con el adorno necesario que requería el paso.

Por la lectura del texto de dicha escritura sabemos que los componentes de dicho gremio, movidos por su gran devoción, sacaban todos los años en procesión el día de Jueves Santo «la insignia de Nuestro Señor Jesucristo puesto en la cruz» y con el fin de que dicha insignia se llevase con todas las figuras y adornos necesarios que requería dicho paso, se concertaron y ajustaron con Juan López de Celada en la labra de cinco hechuras más de escultura, para que con la de Cristo se completase la escena de su muerte en el Calvario. Las nuevas figuras serían las dos del buen y mal ladrón, en sus respectivas cruces, las de Nuestra Señora y San Juan, a los pies de la cruz de Cristo, y la de Longinos a caballo con su lanza.

Todas estas esculturas debían estar talladas en madera, huecas en su interior, (para restar peso, ya que el paso sería transportado en andas) y sus cuerpos naturales y en toda perfección «conforme arte», dando a cada una la encarnación, matices y colores al óleo en la guarnición de sus respectivos ropajes. Los dos ladrones con sus cruces se situarían a ambos lados de Nuestro Señor en forma de Calvario y San Juan y Nuestra Señora al pie de la cruz de Cristo. Completaba la escena Longinos a caballo frente al resto de figuras.

No sabemos nada sobre las dimensiones de las figuras. Puesto que se trataba de un paso para llevar en andas, suponemos que serían de un tamaño menor al natural. Lo que sí se expresa en la escritura es que dichas figuras se habrían de fijar muy fuertemente con tornillos de hierro en las andas y éstas se habrían de hacer «del largo y ancho que le correspondiese conforme arte». Dichas andas irían decoradas en su alrededor con un friso moldeado con la altura que conviniese, y todo él «dorado y estofado con los colores y matices que conviniese a la mayor perfección de dicho paso». En lo relativo a la decoración de la escena, la pintura de los ropajes de las figuras debíade ser al óleo y con toda perfección. La madera debía de ser buena, seca y limpia de imperfecciones. Y todo el conjunto se debía de realizar conforme a la traza que previamente había presentado el maestro escultor, firmada por el maestro y aprobada por parte de los contratantes.

Tanto la madera de las esculturas, como la de las andas, además de los tornillos de hierro para fijar las figuras irían por cuenta del maestro, quien también quedaba obligado a terminar su obra «fina, con toda perfección y acabado, y puestas a su costa y fijadas en las andas en el convento de San Francisco para el día de Miércoles de Ceniza de 1669 a contento y satisfacción de otros maestros entendidos en dicho arte». De no hacerlo así y en caso de haber algún retraso en su entrega, se imponía al escultor una pena de 400 reales.

El precio de toda la obra se fijó en la cantidad de 5.800 reales que se deberían de pagar de la siguiente forma: 500 reales en el momento de la firma del contrato, otros 500 reales el día de San Juan de junio siguiente y lo demás, 200 reales al mes durante los siguientes 9 meses, y el resto, 3.000 reales, a la entrega de la obra debidamente terminada. Se añadía como condición, que en el caso de que el escultor se fuese a vivir fuera de Segovia, las personas que se tuvieran que desplazar para efectuar dicho pago añadirían la cantidad de 500 maravedís por persona y día mientras durase el viaje.

El día de Jueves Santo de 1669, con ánimo de excitar aún más la devoción de las gentes, el gremio de los tundidores sacaba por primera vez este paso procesional formado por las 6 figuras que acabamos de describir, en el que se escenificaba lo que sucedió en el Gólgota en los momentos del último suspiro de Cristo. A partir de las 9 de la noche se dispuso el comienzo del desfile, que recorrería las calles del arrabal de Santa Eulalia. El recorrido sería el siguiente: la procesión partía del Palacio de los tundidores (sito en la actual calle del Puente de Muerte y Vida, frente a la iglesia de Santa Eulalia), seguía por la calle de La Muerte y de La Vida hasta el convento de San Francisco, rodeaban dicho convento pasando por Las Peñuelas hasta llegar al convento de Santa Isabel, descendía por la calle de San Antón, seguía por la calle de los Soldados (actual calle de Buitrago) y volvía otra vez al Palacio de los tundidores.

El día de Viernes Santo, en las primeras horas de la noche, salía de la iglesia de San Miguel la majestuosa e imponente procesión llamada de los Caballeros o del Confalón. Procesión de antigua tradición, encabezaba el cortejo un confalón o estandarte de forma rectangular, de grandes dimensiones, símbolo, bandera o pendón del cual se servían los nobles en la Edad Media, para conducir a sus huestes frente a los infieles. En recuerdo de aquellos lejanos tiempos y siguiendo una antigua tradición, aún existía en Segovia esta antigua cofradía formada por caballeros, cuya misión era la de liberar cautivos. Le seguían la Cruz parroquial, la de la Hermandad de la Paz y la de la Hermandad de la Caridad. A continuación, marchaban en dos largas filas, los devotos con velas encendidas en la mano.

El cortejo procesional se completaba con las imágenes de la Virgen de los Siete Cuchillos y la de La Soledad, seguidas de una nutrida capilla de cantores, dejando oír la música triste de «Las Profecías y Las Lamentaciones», en el silencio sepulcral de la noche.

La multitud, recogida y silenciosa, se agolpaba al paso de la comitiva a lo largo de su recorrido por la calle del Enlosado de la Catedral, calle de los Desamparados y calle de la Vitoria, para regresar a la iglesia de San Miguel, no sin antes haber hecho una breve estación en la Catedral, en la que se entraba por la Puerta de San Frutos y se salía por la del Perdón.

Estas procesiones—la primera con un marcado carácter gremial, en la que sus participantes eran las gentes del trabajo; y la segunda con un carácter caballeresco—, estaban consagradas a evocar la memoria del divino Drama del Gólgota. Las luces temblorosas de las velas del acompañamiento aportaban juegos de luces y sombras en la oscuridad medrosa de ambas noches, oyéndose los ecos plañideros de los coros de cantores que acompañaban a las imágenes y el sonido del paso irregular y cadencioso de la multitud que invadía las calles de ambos recorridos, que resonaban tristemente como si fueran recorriendo por las concavidades de una vieja cripta.

También sabemos que en el año 1768 la cofradía de San Crispín y San Crispiniano sacó en procesión el día de Jueves Santo una imagen de Jesús Nazareno con la cruz a cuestas. El día 31 de marzo por la noche, el desfile procesional salió de la iglesia de Santa Columba, recorrió la calle Real, pasando por la plaza Mayor para llegar a San Esteban, donde hicieron una estación ante el Palacio Episcopal, y por la calle de la Vitoria siguió la comitiva en dirección a la puerta de San Juan, para terminar en la iglesia de donde habían partido. El acompañamiento, muy numeroso, portaba hachas y velas encendidas, al tiempo que entonaban cantos muy fervorosos como medio de expresión del dolor que les causaba la conmemoración de la Pasión y Muerte de Cristo.

Durante el siglo XIX se siguieron celebrando procesiones por las cofradías de forma individualizada, cada una de ellas con su propio recorrido, hasta que a principios del siglo XX, en el año 1906, el obispo de Segovia iniciara la reforma de las diferentes procesiones y organizara la Semana Santa adquiriendo nuevos pasos e iniciando la costumbre de que dichos pasos salieran de la Catedral, para volver a ella tras recorrer las calles de Cronista Lecea, Serafín, Calle de San Agustín, calle de San Juan, plaza del Azoguejo y calle Real hasta la plaza Mayor.

Solo nos resta decir que no sabemos que habrá sido de alguna de las imágenes y pasos procesionales que se mencionan en este artículo, tales como el del Calvario y el de Jesús Nazareno con la cruz a cuestas, pues ignoramos su paradero. Sin embargo, la imagen de la Virgen de los Siete Cuchillos se encuentra en la iglesia de San Miguel de Segovia, aunque procede del convento de la Merced, y es la que procesionaba con la cofradía del Confalón. Y la imagen de La Soledad se unía a la procesión del Confalón procedente de una cofradía que radicaba en San Juan de Dios y hoy en día se guarda en la iglesia de San Marcos de Segovia.

El Calvario
El Calvario. / Cofradía de las Siete Palabras (Zamora)
Jesus Nazareno
Jesús Nazareno con la cruz a cuestas. / ADEMAS

La fotografía del Calvario que ilustra este artículo procede de la cofradía de las Siete Palabras (Zamora) y el motivo de incluirla aquí no es otro que —como puede ver el lector—, consta de las mismas figuras que el que perteneció al gremio de los tundidores y porque posiblemente las figuras tendría la misma disposición. La fotografía del Nazareno es la de la Cofradía de los Hermanos Maristas de Segovia, pues tenemos conocimiento de la existencia aquí en Segovia de un Nazareno sin cruz, con las manos cruzadas por delante de su cuerpo, pero no hemos encontrado ninguno con la cruz a cuestas salvo el actual, que es el que se representa.


(*) Doctor en Historia por la UNED.