La Puerta de San Cebrián con su escolta de castaños de Indias. J. I. Davía.
La Puerta de San Cebrián con su escolta de castaños de Indias. J. I. Davía.

El primer nombre del paraje fue Paseo de San Bartolomé. Hoy es un amplio espacio de la ciudad comprendido entre dos vías que salen en ángulo de la calle del Taray, una para llegar hasta la Puerta de San Cebrián y otra para subir hasta la calle del Malconsejo e iglesia de San Nicolás. Oficialmente son las llamadas Paseo del Obispo y Cuesta de San Bartolomé que, entre ellas y el muro del que fue convento de capuchinos y luego de monjas oblatas, abrazan un imponente derrumbadero.

Vista del derrumbadero de San Bartolomé. Agustín Albalat. 1950. Museo de Segovia.
Vista del derrumbadero de San Bartolomé. Agustín Albalat. 1950. Museo de Segovia.

Mariano Sáez y Romero escribió en su libro Las calles de Segovia que el nombre actual del primero quizá lo recibió del hecho de que algún obispo gustara de pasear por él. Se ve que nuestra memoria colectiva es realmente frágil cuando un historiador local como don Mariano ya había olvidado que lo tiene porque fue costeado por el prelado don Isidoro Pérez de Celis quien, sin ninguna duda, actuó estimulado por la actividad caminera y reforestadora de los Amigos del País que, además, contribuyeron a algunos gastos pues entre sus cuentas aparece una de “2.500 reales para ayudar en la compostura que de orden de Ilmo. Sr. Obispo de esta ciudad se hizo en la bajada al Hospital de la Misericordia”.

Fue, sin duda, un magnífico ejemplo de colaboración que no iba a cortarse con la conclusión del paseo propiamente dicho ya que, acabado éste en 1787, la Económica se puso a trabajar en la ampliación del mismo, aunque parece que en un principio no se pasó de la intención por falta de dinero: “Se expuso cómo habiéndose tomado las nivelaciones y medidas correspondientes se había hallado que la continuación de la obra del Sr. Obispo hasta San Agustín ascendía a 9.700 reales, cantidad a su parecer excesiva y que ni con mucho costearían los vecinos respectivos, en cuya atención creía podría reducirse el proyecto”. La respuesta de los vecinos fue enviar una carta a los Amigos del País pidiéndoles “un plantío y paseo en el terreno que está espaldas de San Agustín”, y a la que se respondió elaborando un “proyecto sobre nuevo Paseo y Plantío desde la Plazuela de San Juan a la Puerta de San Cebrián”.

¿Cómo se llevó a efecto la realización del proyecto? No he podido averiguarlo aunque sí conocer algunos resultados.

A ellos nos aproxima la descripción que nos dejó el coronel Joaquín de Góngora en 1822: “Desde la calle del Taray y la de Malconsejo hasta la puerta de San Cebrián es el paseo de San Bartolomé, propio para la estación del verano por su posición al Norte, gran número de árboles y vista sobre el valle que riega el Eresma. Este beneficio público es debido al actual Prelado de la Provincia”.

Daniel Zuloaga contemplando los olmos de la calle del Taray. Foto Museo Zuloaga.
Daniel Zuloaga contemplando los olmos de la calle del Taray. Foto Museo Zuloaga.

También unos hermosos olmos al comienzo de la calle del Taray, pintados a la aguada por José María Avrial y ante los que se hizo fotografiar el ceramista Daniel Zuloaga.

Y otros olmos enmarcando el ábside de San Nicolás donde, en palabras de Santos San Cristóbal Sebastián, “se forma un conjunto de los más bonitos del paisaje urbano de Segovia, con su plazuela llena de casas típicas y los árboles centenarios que hay al lado de los ábsides”.

Olmos, desaparecidos, delante de los ábsides de San Nicolás. JMS.
Olmos, desaparecidos, delante de los ábsides de San Nicolás. JMS.

La colección de los Marqueses de Lozoya guarda un ingenuo pero encantador dibujo que resume en trazos muy concisos lo que había.

Árboles marcando el Paseo del Obispo y la Cuesta de San Bartolomé. 1842. Col. Marqueses de Lozoya.
Árboles marcando el Paseo del Obispo y la Cuesta de San Bartolomé. 1842. Col. Marqueses de Lozoya.

Del mismo proyecto es la plantación de castaños de Indias que se puso en el pequeño desnivel existente junto a la Puerta de San Cebrián y que ha resistido todo tipo de embates.

El paraje, poco poblado y desplazado por la Alameda como sitio de paseo veraniego, fue quedando abandonado y transformándose en basurero y alcantarilla descubierta, teniendo que pasar muchos años para que recibiera atenciones por parte del municipio. La primera data de 1884 cuando, con la población asustada por las epidemias del cólera morbo, se acometió un plan de saneamiento a propuesta del Alcalde, quien expuso “la necesidad que existe de que se ejecuten algunas obras en el paseo del Obispo, necesarias para la higiene y salubridad publicas poco garantizadas en dicho sitio por el que discurren al descubierto aguas sucias procedentes de las casas sitas en la Plazuela de San Nicolás”.

Muy dañados los olmos por sucesivos ataques de galeruca, el espacio quedó incluido en el proyecto de plantaciones del Patronato de Jardines que, para 1950, previó la puesta de 200 árboles (sóforas, arces y plátanos) en los altos y bajos del paseo. A pesar de ello, siguió degradándose, con olmos enfermos que al final desaparecieron al ser atacados en los años ochenta del pasado siglo por la grafiosis, una enfermedad causada por un insecto, Scolytus Scolytus, el barrenador del olmo, y por un hongo trasportado por él, Ceratocystis ulmi, que taponaba los vasos del árbol impidiendo que por ellos pudiese circular la savia. Llegó un momento en el que la gran cuesta apenas tuvo otra vegetación que cardos, incapaces de detener las masas de tierra y barro que se desplomaban sobre aceras y calzada.

Así escribía yo en 1978: “Es evidente que vuelve a ser necesaria una pronta y adecuada actuación para salvar este lugar extraordinariamente bello a pesar del abandono y que lo merece como ninguno especialmente ahora que tras haberse construido varios bloques de viviendas en el Taray —viviendas cuya construcción también levantó astillas por la enconada oposición que encontró— se está habitando como acaso nunca lo estuvo”.

Quince años más tarde, en 1993, comenzó el acondicionamiento de todo el paraje con arreglo de calles y aceras, construcción de muros de contención, sendas y escaleras así como realización de nuevas plantaciones. Y esto es lo que podemos ver ahora:

Almeces que han sustituido a los olmos. Foto J.I. Davía.
Almeces que han sustituido a los olmos. Foto J.I. Davía.

Donde estuvieron los olmos, al final de las escaleras de la calle de la Parra, al pie de San Agustín, siete lairones, o almeces, de gran porte.

Vista del Paseo del Obispo. Foto J. I. Davia.
Vista del Paseo del Obispo. Foto J. I. Davia.

A lo largo del Paseo, distribuidos sin mucha gracia por el lado derecho, tilos, arces, sóforas, acacias, castaños de Indias y un bajo seto de viburnos frente a las marcas de pintura verde que, en la otra acera, indican los espacios destinados a aparcamiento.

Arriba, sobre la cuesta y en paralelo con las viviendas que se construyeron sobre el antiguo colegio de los Hermanos Maristas, plátanos combinándose también con poca gracia con plazas para que aparquen los automóviles; y en la cuesta derrumbadero, viejas acacias y arces enlazados por los tallos de polígono, chaparreras de olmos que se resisten a desaparecer, ailantos invasores y arces por entre los que crecen, en selvática maraña, bojes, tejos, saúcos, sauces y laureles.

Sotobosque de tejos, bojes, laureles… Como la naturaleza misma. Foto J. I. Davía.
Sotobosque de tejos, bojes, laureles… Como la naturaleza misma. Foto J. I. Davía.

No es fácil pasear por la empinada cuesta si uno se sale de las sendas pero hacerlo es de lo más agradable, mirando la densa vegetación que se ha desarrollado en aquel espacio un día abandonado e insalubre, respirando el aire aromado por las flores de los saúcos y tratando de atisbar la estampa que a mí más me gusta, los ábsides y la torre de la iglesia de San Nicolás, más allá de las acacias o de los cedros.

La cabecera de la iglesia de San Nicolás más allá de un cedro. JMS.
La cabecera de la iglesia de San Nicolás más allá de un cedro. JMS.

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Supernumerario de San Quirce
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