Pablo Albo abrió el festival./KAMARERO
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Elisa Yagüe

Ayer lunes, Pablo Albo fue el encargado de inaugurar la edición más singular de los veintiún años de vida del Festival de Narradores Orales de Segovia. La sesión no comenzó con el toque del reloj que siempre se oía desde el patio de Abraham Seneor, sino con las indicaciones, aumentadas a través de los altavoces repartidos por el Jardín de los Zuloaga, sobre las medidas de distanciamiento. Asumiendo la alocución como propia, Pablo Albo captó la atención de un expectante público al prestar su cuerpo a una voz que, con su existencia, recordaba lo diferente que será este año el festival. Y va a ser diferente porque se celebra en otro lugar que, aunque permite metro y medio de separación entre sillas, necesita altavoces y aleja el escenario; porque hay entradas numeradas cuya recaudación ayudará a Cruz Roja a comprar alimentos perecederos y que evitan las largas filas de acceso, pero que obligan a cierta previsión y esfuerzo tecnológico por parte del público. Va a ser un festival diferente, sobre todo, por un detalle que va influir en la mismísima esencia del festival: la mascarilla del público.

La mascarilla, que junto a la distancia física ayuda a prevenir contagios, nos recuerda la importancia que tiene leer el rostro del que escucha y poder, así, matizar, enfatizar, improvisar o adaptar lo que se cuenta y el modo de hacerlo. El narrador necesita la complicidad del público y esta queda bastante mermada tras la necesaria mascarilla. Pablo Albo se dio cuenta de ello sobre el escenario, él, que acostumbra a observar al público y que ante la imposibilidad de no poder ver rostros y bocas manifestó su perplejidad,pues esta circunstancia le hacía sentirse frente a zombis en lugar de frente a personas.

Albo apuesta, como cada día más profesionales de la narración oral, por un repertorio cerrado, en este caso sobre Olegario García Montes (y familia) que le permite ensartar divertidas historias atribuidas a varios personajes de una misma estirpe. Las historias que nacen del magín de este narrador y reconocido escritor están plagadas de enigmas que quedan flotando en el aire, asegurando la curiosidad del público y que se van revelando en medio del desarrollo de otra historia. Y, sin embargo, pese a este interesantísimo mecanismo de coherencia se echó de menos una idea, una intención que dotara de mayor unidad al conjunto, pues a veces se evidenciaban ‘hilillos’ sueltos que quedaban flotando sin dar respuesta a las mentes que Albo había despertado con constantes extrañamientos y jeroglíficos orales. Lo cierto es que Pablo Albo teje más con las palabras que con las ideas y cuando ciertas ideas intentan abrirse paso en el relato sin estar suficientemente justificadas por la historia o la forma de contar (como en el caso de los vicios descubiertos del cura) se abre un agujero en la textura de lo contado. En cualquier caso, la peculiar mirada metalingüística del alicantino-albaceteño le lleva a explorar los límites de las palabras en su significado (creando metáforas y alegorías, jugando con la polisemia, contraponiendo antónimos y sumando sinónimos) y de su forma (descomponiendo, recomponiendo y derivando palabras). Estas exploraciones, que en la retórica se corresponden con infinitud de tropos y licencias, crean equívocos y cortocircuitos que el público debe subsanar para seguir el ritmo impuesto por la pícara mente de este narrador que aprovecha el instante de sorpresa para contemplar y leer a las personas (o zombis en este caso) que lo escuchan. Ese es el momento de mayor diversión para él y durante el que mejor se percibe el amor que siente por su quehacer.

Sin duda, en el amor por el cuerpo y el alma de las palabras reside la originalidad de Pablo Albo, porque del juego con ellas (cual vanguardista, cual seguidor de Rodari) nace el surrealismo, la sorpresa y la risa; porque gracias al amplísimo vocabulario que maneja florece un lenguaje lírico y envolvente que supone el gran contrapunto a la hilaridad desmesurada de la que hace alarde en otras ocasiones. Quizás se echara de menos esa hilaridad que se prometía al principio de la actuación, pero, quizás, narradores y público tengamos que aprender a crear una nueva complicidad en los tiempos de la amenazante Covid-19. En cualquier caso, aun quedan muchas noches del festival para comprobar si estamos ante un posible cambio en la narración oral. Y mientras se comprueba o no, disfrutemos de la fresca brisa, de la belleza del Jardín de los Zuloaga y del calor de las historias.