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Abducido por el espíritu de la última de las Navidades del pasado y preocupado por la falta de certeza de las que resten por llegar al futuro incierto de la vida, que ya vamos descontando, a uno, otras veces tan meticuloso con las efemérides, le pasó inadvertida ésta de no menor importancia: la del cincuentenario del regreso de Ismael a España, después de dejar atrás su periplo de gozosa “bohème” existencial por la cosmopolita París de sus pecados y, puede que también, de alguno de los nuestros.

En el año 2019, que recientemente hemos enterrado en el cementerio del tiempo ido, se cumplió otra conmemoración relacionada con los principales protagonistas del folclore segoviano, que viene añadirse a la de los cincuenta años de existencia del Nuevo Mester de Juglaría, que ya celebramos en estas mismas páginas. En 1969, Ismael Peña Poza, que había nacido en Torreadrada, un 13 de enero de 1936, se presentó en el mundillo discográfico español con una de las producciones musicales de mayor calidad artística y más reconocida de toda su carrera: “Ismael en España”. En el mismo año que Joan Manuel Serrat publicaba su archiconocido disco homenaje a Antonio Machado y que Paco Ibáñez, con cuatro acordes de su desnuda y descarnada guitarra, presentara al público francés a los poetas españoles, en aquella celebre actuación del teatro Olimpia; Ismael hacia lo mismo con una escogida selección de poemas de Rafael Alberti: “Creemos el hombre nuevo”; Pablo Neruda: “El monte y el río”; Gabriel Celaya: “A solas soy alguien”; Manuel Alcántara: “A mí que no me despierten”; Juan Ramón Jiménez: “Mañana de la Cruz”; Pedro Salinas: “Si me llamaras”; José García Nieto: “Muerto de amor”; Miguel de Unamuno: “Castilla”; Gerardo Diego: “Río Duero” y Miguel Hernández: “Vientos del pueblo”.Todos ellos con un delicado ropaje musical cuidadosamente pensado y creado por Ismael para envolver los poemas con el grado de sensibilidad exigido en cada uno de los temas. Para aquellos coleccionistas interesados en los viejos vinilos, les puedo facilitar la identificación del disco, que fue distribuido por Movieplay, con arreglos y dirección de Rafael Ferro y realización de Alfonso Agullo, siendo su Depósito Legal: M-25629-1969.

Hurgando entre el revoltijo de documentos antiguos que a veces con algún orden y la mayoría de las veces sin ninguno, se amontonan en carpetas y por los rincones de mi casa, me topé, precisamente, con el programa de la presentación y puesta en escena del aludido disco. El recital tuvo lugar en el madrileño teatro Lara, el 17 de diciembre de 1969, dentro del ciclo: “Alforjas para la Poesía”. Ismael fue presentado por el escritor y periodista Manuel Alcántara, uno de los escogidos por nuestro paisano en su selección poética. Junto al amarillento papel del mencionado programa y en la misma parturienta y deshilachada carpeta, encontré grapada una vieja fotocopia de la crítica periodística del evento, publicada sin firma al día siguiente en el vespertino diario Pueblo de Madrid, que por su interés no me resisto ahora a transcribir íntegramente:

“EXPLOSIÓN ISMAEL. El pregonero que fue Manuel Alcántara –magistral, como siempre-, dijo que era un trovador intemporal; dijo también que “su voz proyecta la voz de los poetas”. Luego Ismael cantó. Cantó, en la primera parte, decires populares y anónimos del siglo XV y del XVI; en la segunda, se fue junto a los poetas del siglo XX, a los Alberti, Neruda, Hernández, Unamuno, Jiménez, etc., con acompañamiento de orquesta. Y fue esta segunda parte cuando cosechó los mejores aplausos y los múltiples ¡bravos! que se escucharon en el teatro Lara, donde unos poetas (los de alforjas para la poesía) rendían homenaje al cantante que en escena, unas veces sobrio y clásico, otras de los más “in”, dejaba patente sobre todo una cosa: su extraordinaria personalidad y su indiscutible valor artístico. Así, cantó a Celaya con música de chotis y acompañó a Unamuno con sones de campanilla, improvisada con un almirez de bronce. En “Creemos el hombre nuevo”, hizo una gran creación interpretativa y musical.

Indiscutiblemente, ayer en el Lara, se produjo un acontecimiento en el ámbito de la canción. El público español no conocía del todo a Ismael, y ahora, a lo largo de las veinticuatro interpretaciones de su soberbio recital, ha tenido oportunidad de emocionarse con lo que desde hoy podemos llamar ya el “estallido Ismael”. Demostró, durante dos horas largas, que puede cantar como nadie sin micrófono, que toca la guitarra y compone música con la inspiración de un juglar del año 2000; que busca y rebusca en los orígenes del rico cancionero castellano español un modo de expresión personalísimo, estremecedor, que sale más allá del tiempo, para imprimir, como un torrente de inspiración, en su garganta, en su pandereta, en su gesto.

Ismael es un genio que canta; un muchacho tímido que ha conseguido, quizá por eso mismo, una dimensión colosal; una voz que estremece, que clama y que nos hace pensar unas veces y enredarnos otras en una panorámica distinta del ritmo.

Sencillamente, Ismael es un poeta que canta. Sin falsos folklores, sin trucos. Cuando interpreta sus canciones –maravillosos hallazgos del rancio cancionero español o poemas a los que él ha puesto inspirada música- se transmuta en medio de un gran sentido de comunicación con el auditorio, una especie de sintonía que se advierte nada más verle aparecer en el escenario con su guitarra en la mano”.

Hasta aquí la transcripción literal de aquella crónica, que cincuenta años después, bien puede servir como un testimonio más de los que justifican, acreditan y avalan la condición de Hijo Predilecto de la provincia de Segovia del folclorista de Torreadrada, título éste, que la Diputación tuvo a bien reconocerle, precisamente durante el transcurso del pasado año 2019, prolijo en efemérides para la cultura segoviana, como hemos tenido ocasión de comprobar.