narradores orales
El público segoviano disfruta de una de las actuaciones del Festival de Narradores Orales 2022. / E. A.

El pasado sábado, el patio de la Casa de Andrés Laguna se convirtió en una extensión del Museo Itinerante de Verso de la Palabra Viva -bueno, algo así, porque es imposible recordar el nombre de este museo tan ficticio como deseable-. En este museo trabaja un vigilante nocturno que pasa sus horas inventando extraños objetos poéticos denominados artilogios, vigilante que fuera de este museo es conocido como Oswaldo Pai, un gran jugador de palabras que desarrolla su trabajo en la encrucijada entre la narración, la juglaría, el teatro, la música, los malabares… Vamos, ahí donde vive la creatividad. Porque lo verdaderamente singular de Oswaldo son esa mirada conectora que descubre posibilidades entre casi cualquier cosa, el linaje PAI (Promotora de Acción Infantil) y el amor intenso y contagioso por las palabras.

Estaba claro que la actuación pertenecía a la programación del Festival de Narradores de Segovia, aunque también se encuadraba en la Noche de la Luna Llena 2022 y esto tuvo algunas consecuencias: el espectáculo se triplicó en tres pases, se acortó ligeramente y contó con un público atípico para el festival. Y esto último, precisamente, dificultó un poco el desarrollo natural de una propuesta tan intimista y a la que el silencio archiconocido segoviano hubiera potenciado todavía más; pues es difícil conseguir la magia de la palabra cuando se oyen otras actuaciones a lo lejos, el motor de un parapente de publicidad o hay un constante movimiento de personas que entran, se sientan un rato y se van a mitad de la actuación…

Y con todo, Oswaldo Pai consiguió asombrar, fascinar y atrapar a los escuchadores con este muestrario de objetos tan imposibles como el susurrófono, la caracolófono, el ferrerófono sueco o los reversificadores analógico y digital, entre otros objetos -perdón, artilogios-, creados para el elogio poético y para el encuentro poético con la obra de autores como Lorca, Alberti, Gerardo Diego, María Elena Walsh, Gloria Fuertes, Elsa Bornemann o el mismísimo Oswaldo Pai.

Pero Oswaldo Pai no se conforma con recitar y asombrar con los artilogios, sino que facilita el encuentro con la poesía y con sus trucos más extremos como el oxímoron, el palíndromo o el calambur o sus composiciones más gamberras como limericks o jitanjáforas. Estos tecnicismos se intercalan entre los objetos y los recitados, y son explicados con rápidas disertaciones como del mismo modo, al final del espectáculo, se explica el funcionamiento de todos los artilogios, completando el arte con la técnica.

Así, el aragonés despierta la curiosidad tanto por las letras como por las ciencias (absurda dicotomía extendida absurdamente en la sociedad) y reivindica la creatividad humana en todos los ámbitos. Y, sin embargo, nada de esto funcionaría sin la pasión y la fascinación que él mismo siente por la creación y la palabra en movimiento, fascinación que se aprecia en su maravillosa dicción y en ese continuo juego y respeto con y por las palabras, que quizás podría ilustrarse con el número de malabarismo y recitado con las pelotas-letra del poema de Gerardo Diego ‘A, eme, o, erre’ o en la narración con acordeón de preciosa leyenda de cómo Francisco el Hombre venció al diablo con su música y hablando al revés.

Sin duda, una de las grandes virtudes de la narración oral es la capacidad de nutrirse y acoger muchas y variadas técnicas, artes, relaciones y propuestas de otros ámbitos culturales o de la vida misma, y en este sentido Oswaldo Pai es un maestro.