Ana Santaengracia, en la puerta de su casa. Rocío Pardos.

Apenas pasa cuarto de hora, pero el paseo desde la plaza de Artillería hasta la calle el Progreso, una callejuela olvidada junto al antiguo pub Aris de San Lorenzo, tiene aroma a salto secular. Estos días de heladas enfatizan el abandono de una calle que presenta un aspecto tan sombrío como su resbaladizo firme. Un lugar por el que no pasaba el cartero ni bajaban los taxis. Solo la vivienda de Ana Santaengracia sobrevive a la erosión del tiempo y al éxodo de sus vecinos. “Ya se han ido muriendo y nosotros somos viejecitos”. Ahí sigue, con un físico privilegiado para sus 84 años, una de las últimas lavanderas de San Lorenzo. “Me he pasado la vida quitando mierda”.

Además del abandono general durante décadas, el gran problema son las alcantarillas y el olor pestilente del río en verano. Es también el lugar que los vecinos de la zona utilizan para que sus perros hagan sus necesidades. Se puede acceder con el vehículo, pero en verano se complica la cosa al crecer las zarzas de los laterales. Los operarios municipales suelen limpiar la zona antes de las fiestas de San Lorenzo, en agosto. Años atrás, cuando el vecino Aris era un lugar de peregrinaje en los festejos, la calle era un collage de gente satisfaciendo sus variopintas necesidades en la oscuridad. Y un vertedero de vidrios y plásticos. Nadie agradeció más el cierre de aquel local.

La casa de Ana tiene más de un siglo. Su sobrino Carlos encontró escrito 1866 en una de las paredes del piso de arriba durante una reforma. Edificada en tiempos aún activos del molino vecino, su familia vivía en la casa desde finales del siglo XIX. Ella llegó allí a los tres años, junto a su padre y su hermana. Nació en San Millán y se mudó después del fallecimiento de su madre. La casa pertenecía a Eladio Santaengracia, hermano de su padre, Andrés, era conocido como ‘el capador’, por su labor veterinaria con los cerdos. Allí vive con Agustín Mayo, doble ganador de la Carrera del Pavo (1954 y 1959) –su hijo José Luis es el plusmarquista de la prueba con nueve títulos- con el que lleva casada 60 años.

“Me llevaba al colegio y me quitaba los piojos. Porque antes había de todo”

Ana pasó una infancia “que no fue de rosas”. En aquella calle que hoy recuerda a otro siglo había una decena de casas ocupadas y el molino tenía huéspedes. En una época sin cuartos de baño, el río era imprescindible. “Íbamos allí a hacer nuestras cosas y nos reíamos mucho. Gritábamos: ¿Chicos, está el váter ocupado? Los vecinos nos teníamos mucho cariño”. Cuando ya eran adolescentes, quedaba con Pili o Juanita para volver juntas a casa desde el Azoguejo por la calle Gascos. “Como no había luz y estaban todas las tapias caídas…”. Apenas había luces en la zona y los jóvenes solían romperlas, así que ellas bajaban a oscuras. Recuerda a la señora Lola, del Hospital de la Misericordia. “Me llevaba al colegio y me quitaba los piojos. Porque antes había de todo”.

En una época sin lavadoras, Ana y sus vecinas iban al río como orgullosas lavanderas. Allí llegaban compañeras de Zamarramala o de La Lastrilla con burros para hacer la colada y tender la ropa en el verde. Mientras se secaba, iban a vender melones a la zona neurálgica del barrio de San Lorenzo. “Era muy bonito, éramos todos como hermanos”. Dejaban la casa abierta, como en un pueblo. “¡Oye, que dejo el puchero puesto y me voy a la compra!”. Es la vida rural a cuarto de hora del Acueducto.

“Ahora nos quejamos de vicio. Antes sí que no teníamos de nada”.

“Éramos jóvenes, no teníamos madres y teníamos que trabajar un poquito”. El homenaje a su labor llegó de forma inesperada. Un policía llamó a su casa y le dijo que subiera a la altura de la Caja de Ahorros de la calle Puente de San Lorenzo. Allí sobrevive una placa que honra a las lavanderas. Aún recuerda el ramo de flores que le dieron. “¡Qué alegría!”, pensó. Y reflexiona: “Ahora nos quejamos de vicio. Antes sí que no teníamos de nada”.

Vivir en la calle Del Progreso implicaba penurias de otra época. “Hemos pasado muchas calamidades, se ponía mucha gente mala y no baja ni un guardia, taxi o médico. Nada”. Era la rutina de una de las zonas más inaccesibles de la ciudad. “Peor que un bosque”. En una ocasión acudieron dos vehículos municipales para arreglar una instalación eléctrica y quedaron atrapados. El cartero tampoco bajaba y dejaba las cartas en una barbería del barrio.

La situación era más compleja porque allí residían personas mayores con movilidad reducida. “Íbamos andando y teníamos que agarrarnos las manos unos a otros. O teníamos que subir enfermos la calleja hasta el Aris, porque ahí sí que venían los coches”.

Ana sigue padeciendo una zona precaria. Las alcantarillas desbordan con facilidad ante cualquier época álgida de precipitaciones. “Antes teníamos niños pequeños y había muchísimo miedo de que se cayeran allí dentro. Cada vez que llovía, parecía eso las fuentes de La Granja”. Pese a los esfuerzos por acondicionar la zona, ella sentencia que el río ha quedado “mucho peor” de lo que estaba. “Tanta limpieza con el río… Y está asqueroso”. Y lamenta residuos como compresas o toallitas. Las inundaciones recientes que desbordaron el Eresma apenas llegaron a su vivienda, pero no habría sido la primera vez que amanece con el salón encharcado.

“Yo aquí he nacido, no me voy ni a tiros. Con lo poquito que me queda ya, de aquí no me muevo”

Su casa estuvo cerca de cambiar de manos, pero la operación se truncó. Ana no quiere irse. “Yo aquí he nacido, no me voy ni a tiros. Con lo poquito que me queda ya, de aquí no me muevo. Me pueden dar una casa con parqué y en la Calle Real, pero yo con los 800 euros que cobra mi marido de pensión no puedo pagar los gastos”.

Ella no tiene pensión. “Empecé a trabajar en San Lorenzo desde los 12 años. Si pagaban a cinco duros la hora, no me aseguraban. Y como me hacía falta el dinero, lo fui dejando. Salía de una casa, cogía un cacho de pan, me lo metía en el bolsillo y a otra cosa. Así he estado 20 años, 30… Bueno, toda mi vida trabajando”. Limpiaba nueve viviendas a la vez. Hasta que sus rodillas dijeron basta. Ya ha pasado por quirófano para operarse una y espera cita para la otra.

Resulta injusto que una mujer con tan buenos recuerdos sufra el Alzheimer de su marido. “Como tenga el día bueno, se acuerda de todo”, presume. Chapista de profesión, fue un fijo del ciclismo segoviano y en su casa hay fotos de Pedro Delgado. Pertenecía a una familia de 10 hermanos y Anita no olvida una de sus primeras comidas con su suegra, cuando aún eran novios. En la mesa, sus cuñadas empezaron a reírse y a fingir un maullido. Hasta que ella se dio cuenta: estaba comiendo gato. “¡Qué vomitona eché!”. El trauma pervive: no volvió a comer conejo ni, por supuesto, gato.

Cuando le operen, Ana hará una concesión enorme para una limpiadora: dejar que un extraño recoja el testigo. “Ahora miraré a ver si alguien del Ayuntamiento puede venir. Antes limpiaba yo, pero a ver si alguien puede quitarme las telarañas”, sonríe. “Dicen que Dios aprieta pero no ahoga”.