Notre Dame de París.
Publicidad
Gabriel Morate

No se sabe bien qué quiso decir Franco con este adagio popular, “no hay mal que por bien no venga”, en su alocución a los españoles pocos días después del asesinato del almirante Carrero Blanco a manos de ETA. El Generalísimo no acostumbraba a dar explicaciones. “No hay mal que por bien no venga” debió pensar también el Presidente Macron en su alocución a los franceses el pasado 16 de abril, tras el conmovedor incendio en Notre Dame de París una vez sabido que no hubo desgracias personales y que los daños materiales al conjunto catedralicio fueron limitados.

Justo el día en el que tenía previsto responder a las heterogéneas y contradictorias reclamaciones de los llamados chalecos amarillos, que incendian desde hace meses la política francesa y socavan el orden de la República, se le quema Notre Dame. Con buen criterio y mejor olfato, cambia su prevista alocución desde el Eliseo por otra en la que apela a la significación de la catedral, al orgullo de ser francés ante el mundo, a la unidad nacional ante la desgracia y a la reflexión sobre “lo que hemos sido y lo que somos para ser mejores en el futuro”. “Somos un país de constructores. Reconstruiremos la catedral, más bella aún. Viva la República. Viva Francia”.

No es la primera catedral que se quema fortuitamente, ni será la última. León, Nantes, York o Turín, por sólo citar cuatro relevantes, vieron arder sus catedrales recientemente sin tantas alharacas internacionales, y todas se restauraron, matices constructivos al margen, tratando de recuperar la imagen previa a la catástrofe. “Come era, dove era”, según la fórmula que quedó inscrita en el nuevo campanile de Venecia, reconstruido en 1912 tras su dramático colapso total en 1902. Otros monumentos de enorme valor simbólico como el Liceo, La Fenice o el castillo de Windsor también ardieron fortuitamente, y también fueron reconstruidos con el mismo criterio. Pero esta es la catedral de París; y París es una ciudad admirable acostumbrada a provocar asombro en la que todo es posible. Sólo en París la calificada en su día como monstruosa e inútil torre Eiffel puede convertirse en el símbolo por excelencia de una ciudad que andaba sobrada de ellos.

Sólo en París un Presidente de la República amante del arte contemporáneo, Monsieur Pompidou, pudo pasar a la historia promoviendo un adefesio arquitectónico como el Beaubourg, convertido desde entonces en un icono arquitectónico y un modelo museístico en el mundo. Sólo en París otro presidente de la República amante de la grandeur pudo desalojar al Ministerio de Economía del ala Richelieu del Louvre y vaciar la explanada del museo para construir lo que Le Monde llamó ‘la casa de los muertos’. Le llevó diez años a Mitterrand, y a su ministro Lang, levantar en el Louvre un anexo de Disneyland en opinión de unos, o resucitar Luna Park, al decir de otros. Desde el mismo día de la inauguración del Gran Louvre en 1989, bicentenario de la Revolución, se olvidó la polémica generada durante siete años y la pirámide de Pei, aunque lo importante era y es lo que hay debajo, se convirtió en otro símbolo de París para el mundo. Por supuesto que la torre de Montparnasse, una estantigua, no se convirtió en símbolo de la ciudad, como otros muchos proyectos que tampoco lo han sido, pero esto no hace sino confirmar lo admirable que es París, que, además, acabará tarde o temprano demoliendo este monstruo.

Con estos precedentes, en una Francia tan hecha cisco como toda Europa y con el escaparate de unos juegos olímpicos en ciernes, 2024, la oportunidad para Macron era evidente. Su solemne discurso, sin ser Churchill, emocionó a tirios y troyanos y las principales empresas de la nación, porque patrimonio viene de patria, comprometieron cantidades millonarias.

Dos días después el Primer Ministro Edouard Philippe anuncia un concurso internacional que “permita reflexionar sobre si hace falta reconstruir la aguja idénticamente a la que construyó Viollet o si habría que construir una nueva”, según sus declaraciones. Como es evidente que para reflexionar no hace ninguna falta convocar un concurso, él mismo añade a continuación que “el objetivo es dotar a Notre Dame de una nueva aguja adaptada a los tiempos y desafíos de nuestra época”. Ya Macron lo señaló en su discurso a la nación: “Somos un país de constructores”. Podía haber añadido con el mismo orgullo, y sobre todo para ser más exacto, que de restauradores también: el país de Viollet-le-Duc, de la Comisión de Monumentos de Prosper Mérimée, de las restauraciones de Carcassone o Versalles, de la impecable gestión del valle del Loira, un paisaje protegido de 800 kilómetros cuadrados, o del Pont du Gard. Pero no lo hizo. “Reconstruiremos la catedral”, dijo también, pese a que no habiendo habido derrumbamiento ni colapso tampoco hay necesidad de reconstruirla, sino de restaurarla. “Más bella aún”, concluyó el Presidente.

Si sólo de restaurar se tratara, tampoco parece muy adecuado un concurso internacional, quebrantando además con ello los procedimientos de la administración cultural francesa. A diferencia de lo que ocurre en España, donde cualquier arquitecto está facultado para restaurar monumentos, en Francia sólo pueden hacerlo aquellos que han pasado por la Escuela de Chaillot, institución dependiente del Ministerio de Cultura, fundada en 1887, que provee de una formación especializada de postgrado a los arquitectos de patrimonio. También a diferencia de lo que ocurre en España, donde ni el Estado, ni las Comunidades Autónomas tienen un estilo de restauración definido, sí hay que hablar en Francia de un modelo de restauración oficial que tiene métodos y criterios de intervención claramente definibles en todo momento, circunstancia y lugar, merced a los muchos años de experiencia y doctrina del cuerpo de arquitectos de patrimonio.

Por todo ello, la peregrina idea del concurso internacional, como también la lógica necesidad de crear un marco jurídico y administrativo para todas las donaciones comprometidas, así como el deseo de concluir los trabajos antes de los juegos olímpicos de 2024, requerían una ley ad hoc.

Esta ley especial fue aprobada por la Asamblea Nacional el pasado 29 de julio. Prevé en su articulado un procedimiento de gestión y control de las donaciones comprometidas, crea un ente público encargado de coordinar todos los trabajos e instaura una derogación transitoria de la normativa patrimonial, urbanística y medioambiental para cumplir lo anunciado y hacerlo, al mismo tiempo, en el plazo previsto.

El Senado, de mayoría opositora a Macron, no dio su visto bueno a esta derogación transitoria de la normativa aludida y manifestó su deseo de que Notre Dame sea restaurada recuperando la imagen previa al incendio, es decir, conforme a la tradición y los criterios del Centro Nacional de Monumentos, que es quien se ocupa de estas cosas en Francia desde 1914 con el envidiable jacobinismo del país vecino y excelentes resultados. Pese a ello, tras los trabajos de ambas cámaras legislativas, fue al final la Asamblea Nacional quien tuvo la última palabra.

Cuatro meses más tarde el Gobierno publica en desarrollo de esta ley el Decreto nº 2019-1250 de 28 de noviembre de 2019 sobre la organización y funcionamiento del organismo público responsable de la conservación y restauración de la catedral de Notre Dame de París. Siendo algunos de sus artículos relativamente interesantes desde el punto de vista de la gestión cultural, lo más revelador es la persona a quien el Presidente Macron ha puesto al frente de este organismo: un general de ejército, con un par. Jean-Louis Georgelin. Esta restauración es una guerra y los enemigos son variados: la oposición política, el Centro Nacional de Monumentos, el cuerpo arquitectos de patrimonio, la contaminación de la zona por el plomo de las cubiertas que ralentizó las obras de desescombro, el arquitecto en jefe del Ministerio de Cultura, encargado de la conservación de la catedral desde 2013, a quien el general Georgelin, en misión de combate, mandó en público cerrar la boca, o ahora el maldito coronavirus que ha obligado a suspender las obras. No consta qué sabe de restauración de monumentos este militar, aunque es un hombre culto. De lo que no cabe duda es de que sabe obedecer y mandar, es su oficio. Ha instalado el Cuartel General de la restauración en el Palacio del Eliseo y su principal objetivo es primero inaugurar la reapertura de Notre Dame el 16 de abril de 2024 con un solemne Te Deum, y segundo, esto sólo si el escenario de guerra se lo permite, que el Presidente tenga su aguja, la aguja de Macron.

Cuando todavía decenas de geólogos, químicos, ingenieros, arquitectos, historiadores están analizando al enfermo, cuando aún no hay un diagnóstico científico sobre el estado de la compleja estructura de la catedral tras el incendio y los miles de litros de agua vertidos para su extinción, el debate sobre las prescripciones ya está fijado, la concordia inicial ha dado paso a la discordia y decenas de estudios de arquitectura de todo el mundo han proyectado… memes.

Yo no sé qué se hará finalmente en Notre Dame. Si sé que a raíz del incendio todos los franceses se sintieron orgullosos de serlo, como también todos los ciudadanos de la Europa de las catedrales; que millones de personas en todo el mundo sintieron una desoladora pérdida al ver arder un monumento; que un jefe de Estado dirigió una alocución solemne al mundo para hablar de patrimonio; que en sólo dos días la iniciativa privada comprometió más fondos donados para la restauración que el presupuesto total anual de nuestro Ministerio de Cultura; que los diputados de la Asamblea Nacional francesa y los senadores de la cámara alta discuten sobre los valores y la significación del patrimonio, así como sobre la mejor manera de protegerlo; que también se ha generado un debate público, unas veces burdo y demagógico, otras riguroso y crítico, sobre la restauración, o sobre el papel de la iniciativa privada en la cultura, el mecenazgo y sus incentivos; que durante la semana posterior al incendio las televisiones y los medios de comunicación de todo el mundo hicieron un hueco entre la política, los sucesos y los deportes para informar sobre el estado de conservación del patrimonio y difundir el conocimiento y las opiniones de historiadores, arquitectos, restauradores o gestores culturales. Sé también que con independencia de cómo se resuelva la cubierta de la catedral y su aguja, aunque sospecho que no será de forma muy distinta a como se han resuelto antes otros problemas similares, Notre Dame lucirá más bella aún, porque lo cierto es que en aras al laicismo de la República, las iglesias en Francia, Notre Dame de París incluida, están en un estado de conservación manifiestamente mejorable pese a ser propiedad del Estado.

Una vez sabido que no hubo desgracias personales y que los daños en la catedral fueron limitados, no hay mal que por bien no venga.

(*) Responsable de Patrimonio de la Fundación Montemadrid.