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Douglas y Katerine muestran las lesiones que sufrieron en una pelea con dos secuestradores que querían llevarse a su hijo. / L.J.G

Cuando Katerine y Douglas escuchan el ruido de una moto, el miedo más atroz se activa en su cerebro de forma inconsciente. Porque una noche en la que llevaban a su bebé a un hospital de Tegucigalpa, la capital de Honduras, una moto les cambió la vida. Dos miembros de una mara, los grupos violentos que aterrorizan al país, pararon y les dijeron que iban a secuestrar a su hijo. En su esfuerzo por evitarlo, su padre terminó con el brazo roto. Era inútil, porque las armas mandan. Solo las luces de los vecinos, que se despertaron alertados por el ruido, provocaron la huida de los secuestradores y permitieron a la pareja ir, ahora con causa doble, al hospital. Fue la primera vez, pero no la última que intentaron llevarse a su hijo, que ahora tiene dos años y no para un segundo quieto en la sede de Cruz Roja de Segovia. En esas circunstancias no les quedó otra solución que marcharse del país.

La historia de este matrimonio –ambos tienen 27 años– está bañada por la violencia. Douglas iba un día a trabajar en autobús y escuchó unos impactos de bala. “Quedé como sordo, no sabía todavía qué sucedía. Cuando bajaba esperaba ver a un adulto, pero me encontré un señor mayor que perdió su vida inmediatamente. Y fueron unos niños de unos 12 años”. Cuando bajaba, uno de esos homicidas –ambos armados– se tropezó y la pistola fue a parar a los pies de Douglas, que entonces tenía 21 años. Ahí quedó la historia: salieron corriendo y no recogieron el arma. Y así transcurrió una mañana ordinaria en Tegucigalpa.

En la familia de Katerine, las maras mataron a su primo porque no quería unirse a ellas. “La casa donde yo vivía hacía esquina y pasaba de todo. Venta de drogas, marihuana, peleas… y mataban a gente. Ahí y en otras esquinas. Así toda nuestra vida”.

Y eso que su rutina en Honduras era estable. “Allí, si no tenemos dos trabajos, no sobrevivimos”. Ella era contable y él , empleado de mantenimiento de una empresa avícola. “Nos iba bien, no nos podemos quejar por eso”. Allí vive todavía un hermano de Katerine de 21 años que “no sale de la casa” porque le han querido reclutar desde niño.

El miedo

Tras el primer intento de secuestro de su hijo, empezaron los planes de salida. “En ese momento nosotros solo lo pensamos, no es que la decisión ya estaba tomada”. En su entorno, los asaltos eran el pan de cada día y ellos estaban señalados. Decidieron comprar un coche para reducir la inseguridad, pero fue simplemente un método paliativo. “Teníamos horarios diferentes y muchas veces nos tocaba tomar un autobús o un taxi con el bebé”. Para aparcar el coche en su colonia, había que pagar a las maras. No era algo circunscrito a una colonia, sino un problema endémico del país. Otro hermano suyo que vivía en San Pedro Sula tuvo que emigrar por el mismo motivo.

Las “molestias”, desde rayones en el coche a pinchazos, eran constantes. Así llegó el segundo susto. La pareja estaba llevando al año a casa de la madre de Katerine; para llegar allí, hay que cruzar un puente. En ese momento, vieron a dos hombres, también en moto pero con la cara destapada. Eso sí, armados. “Llegamos como a la mitad del puente, les vimos y quisimos regresar, pero ellos se nos acercaron de repente. No sabemos si eran los mismos de la vez anterior”. Les dijeron directamente que les dieran al niño y ellos, lógicamente, se negaron. La respuesta fue evidente: “O nos lo das o te matamos”. Justo en ese momento, pasó una patrulla policial al otro lado de la calle. “Ellos escucharon la sirena y esa fue la campana que nos salvó a nosotros”. Dos bolas de partido salvadas. La primera en noviembre de 2020, la segunda, en julio del año pasado. Ese fue el punto de no retorno: “Ya no podíamos más”.

La primera vez no denunciaron por miedo. “La gente vio que nos estaban golpeando y nadie salía a ayudarnos por eso”. En esta ocasión su lo hicieron, aunque los agentes no la admitieron por falta de pruebas: exigían un testigo. Solo tomaron la declaración por robo. “Después de eso dijimos que ya no podíamos estar más allí”. Valoraron dos opciones: emigrar a Estados Unidos o a España. Optaron por la segunda, por similitudes culturales y porque el hermano de Katerine había venido antes. Él, solicitante de asilo, les esperó en Torrelavega.

“Cuando salimos del país pensaba que íbamos a dormir en la calle, pero gracias a dios encontramos a buenas personas”

Destino: España

La pareja cogió un vuelo desde San Pedro a Madrid y llegaron al país con el visado de turistas. Katerine también tenía otra hermana en la capital, pero el piso en el que vive era muy pequeño para alojar a todos. Así que pusieron rumbo a Cantabria y allí entraron en el sistema de acogida de Cruz Roja, una organización que les recibió “con los brazos abiertos”. Llegó entonces la oportunidad de viajar a Segovia, a un paso de sus hermanos. “Estamos más que felices, no nos hace falta nada”.

Douglas estaba preparado para lo peor. “Cuando salimos de allí pensaba que íbamos a dormir en la calle. O que íbamos a dar lo último de nosotros. Pero gracias a Dios encontramos a buenas personas”. Las lágrimas, presentes en los ojos de su esposa durante toda la entrevista, afloran ahora en los suyos, desbordado de agradecimiento.

Su vida es objetivamente segura, pero el instinto no olvida y el miedo no desaparece con un viaje de avión. Hablan del “trauma”, presente en el día a día. “Cuando caminamos y viene alguien detrás de nosotros. O escuchamos una moto que se nos acerca. Nos gusta llevar al niño al parque porque allí juega solo, pero cuando llega un joven y se sienta, nosotros agarramos al niño y nos vamos”.

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Un hombre observa la portada de los periódicos en Honduras. / EFE

Apoyo psicológico

Uno de los servicios que presta Cruz Roja es precisamente el de psicología. “Ya nos está ayudando, hemos mejorado”. Aunque les cuesta dormir, un síntoma transversal a sus miedo. Son conscientes de que afrontan “un proceso largo” y del camino a seguir: socializar, emprender nuevas actividades. Douglas está preparando el carné de conducir y Katerine va a empezar un curso en Google Drive y otro de seguridad en el comercio. “Ya mantenemos por lo menos un poco la mente ocupada”.

El gran enigma es hasta qué punto toda esta violencia ha dañado a su hijo. “Recién llegamos aquí, él no podía ver a nadie. Lloraba. Él solo iba de mi casa a la casa de mi madre, 100 metros. No conocía a nadie más. Era bien huraño, incluso con la propia familia. Ahora ha mejorado bastante”. El nuevo entorno le hace sentirse más seguro. Por ejemplo, en el parque ya no se cohíbe. “Se sale solo del carrito”, bromea su madre, una sonrisa de gran valor.

En Honduras queda la madre, la abuela, una sobrina y el hermano de Katerine. También el padre y los dos hermanos de Douglas. En la misma colonia de siempre. Subiendo a autobuses todos los días sin saber si tendrán que bajar por sorpresa si un adolescente imberbe aprieta el gatillo.

Más de diez asesinatos al día

Honduras cerró 2021 con un promedio de 40 homicidios por cada cien mil habitantes, tres puntos más que el año anterior, según datos del Observatorio Nacional de la Violencia (ONV). Se trata de una tasa desorbitada para un país que no vive un contexto de guerra. El lunes 21 de junio dejó un saldo de 25 víctimas y el martes 14 de diciembre registró 33 homicidios, a penas uno menos que los registrados el viernes 1 de enero. La media: diez muertes al día.

La intensificación de estos crímenes, que superan los 3,500, choca con su normalización en la población en un contexto donde apenas cuatro de cada 100 son investigados. En 2020 hubo una reducción de 586 homicidios respecto a 2021, pero el país ya registró un promedio de 37 asesinatos por cada 100.000 habitantes.