El Papa Esteban visita a Pipino.
El Papa Esteban visita a Pipino.

El gregoriano o canto llano de la Iglesia romana es uno de los grandes logros de occidente. Fuente de inspiración para la música polifónica. Cuenta con melodías de gran belleza, y no de extrañar que siga en uso hasta nuestros días. Pero no son sólo música, se entienden desde la liturgia, y desde el texto que las acompaña. Se puede decir que se trata de una oración cantada. Los textos son en su mayoría de la Sagrada Escritura, por lo tanto textos inspirados, y las melodías gregorianas han sabido resaltar su contenido espiritual. Para conseguir este efecto espiritual se requiere cierta perfección en el canto, en la comprensión y en la ejecución. Pide una técnica lo más digna posible ya que mira a la alabanza de Dios. Lo suyo es llegar a una interpretación que sea oración.

La fe cristiana se inculturizó en las diversas regiones en los siglos IV y V dando lugar a liturgias con su peculiar canto. La ciudad de Roma tendrá su propio repertorio. Lo mismo ocurrirá con las Galias. Se pasó en el siglo VI de la tradición hebrea del s. I a los ritos y repertorios regionales occidentales: beneventano, ambrosiano hispano, romano, galicano. En el siglo V se introdujo la salmodia en la Misa. Hacia el 752 comienza la dinastía carolingia con Pipino ‘El Breve’. El Papa visita las Galias llevando la liturgia romana con sus cantos. Se produce una fusión entre los ritos romano y galicano dando lugar al rito romano-franco o gregoriano, llamado así desde el siglo IX por referencia a la autoridad de san Gregorio Magno, hecho que no facilitará la conservación del canto anterior. Con todo, en Roma seguirá el repertorio romano antiguo hasta el siglo XIII, que cederá ante el gregoriano, instrumento para la unidad del rito romano. Miembros de la schola cantorum pontificia difundieron el canto gregoriano por Europa. Al frente de este grupo de canto estaban un primiceriur y un secundicerius como directores.

A finales del s. VIII ya se habían compuesto la mayor parte de las melodías. Se comenzó aprendiendo de memoria por tradición oral, luego se pasó a poner signos musicales sobre el texto en campo abierto, los neumas, que se conservan en manuscritos desde el siglo IX, como ayuda para recordar, y finalmente se precisó el intervalo entre las notas por medio de líneas. A partir del s. XI crece el repertorio por las fiestas de santos, secuencias, ordinarios.

Los cistercienses en Citeaux reformaron el canto gregoriano en el s. XII: unidad de modo para cada pieza, disminución de los melismas o conjunto de notas sobre una sílaba. En el s. XIII lo harán los dominicos. En los siglos XV y XVI al interpretarse sin expresividad, muchas notas en sílaba breve, notas iguales y medidas, se le ve como un canto bárbaro, produciéndose un periodo de decadencia.

El Concilio de Trento del s. XVI se interesó por la liturgia. Gregorio XIII encomendó a Palestrina y Zoilo la reforma melódica del gregoriano, pero no se llevó a cabo hasta 1614 con el Gradual y 1615 con el Santoral (edición medicea). Nueva decadencia hasta el s. XIX. Un sacerdote diocesano, liturgo pero no músico, Próspero Guéranger quiso restaurar el Priorato de Solesmes. Se preocupó del canto de los monjes. Intuyó que el texto tiene primacía, y fue ayudado por otro sacerdote que decía: “el canto es una lectura inteligente”. Pero no sabían descifrar los signos de los manuscritos. En 1847 se descubre en la Facultad de Medicina de Montpellier un libro con notación alfabética y signos neumáticos. Se investiga. Destacaron las iniciativas del monasterio benedictino de Solesmes que tuvieron eco en el monasterio burgalés de Silos. Desde 1880 realizaron facsímiles con comentarios de las fuentes, y publicaciones que pasaron a ser oficiales. En 1888 se logra el Gradual. Aparecerá renovado en 1908. Antifonario en 1910, antifonario monástico en 1934. Se suceden las controversias entre André Mocquereau y Beautier. El primero a favor de la tradición paleográfica (1889: la colección más antigua de manuscritos), el segundo de la tradición viva. Aparecen publicaciones: el manuscrito 339 de San Galo, y estudios científicos en revistas. Se aborda la cuestión del acompañamiento con órgano y la pronunciación latina. De 1906 a 1912 hay una Comisión internacional.

Uno de los retos de la aplicación del Concilio Vaticano II es el uso del canto gregoriano al que reconoce como el propio de la liturgia romana, el rito seguido por la mayoría de los católicos, siendo una realidad comprobable que apenas se oye en las celebraciones cercanas a nosotros. Aboga por completar la edición típica de los libros de canto, revisar los ya editados, y preparar una edición con modos más sencillos para uso de las iglesias menores (Sacrosanctum Concilium, 116 y 117). En el s. XX es de destacar la actividad del P. Cardine (+1988) en Roma. Por las cualidades que reúne el canto gregoriano a nivel textual y musical, es el más apto para alimentar la fe.

Entre los manuscritos hay que destacar los de San Galo de los siglos X y XI, abadía suiza, que son los más ricos en signos neumáticos; y el de Laon escrito hacia el 930. La notación sangalense utiliza signos quironímicos detrás de los que está el gesto del maestro de orden rítmico y expresivo, más que melódico. Antes de la edición oficial vaticana de comienzos del siglo XX, se contaba con la edición Medicea de 1608. La edición vaticana nos da una parte de lo que expresan los signos neumáticos, su diseño melódico, falta la interpretación, la parte expresiva. Esto llevo a pensar que el gregoriano era un canto carente de expresión, un canto plano, canto llano.

Se pueden distinguir tres clases de canto llano: la cantilación o recitado de las lecturas litúrgicas, la salmodia, y piezas de mayor elaboración en las grandes solemnidades. Los cantos se agrupan en ocho modos. La modalidad crea un clima especial que ayuda a comprender el texto. Cada pieza tiene su modo de ser. El modo depende de la cuerda de recitación nota dominante (tenor), y de la nota tónica (final). Vemos un introito In medio Ecclesiae. La nota final es fa, la cuerda tendría que ser la, pero aquí el fa hace también de cuerda. Es el modo más arcaizante, es significativo el intervalo fa-re.

En los libros de canto litúrgico hay que distinguir los libros de canto de la Misa, de los libros de canto del Oficio Divino. Entre los primeros están: el antifonario de la Misa o gradual que contiene los cantos del propio y del ordinario; el cantatorium con los cantos intercalados entre las leturas para el solista (responsorio, gradual, aleluya); el tropario con tropos o textos que rellenan los melismas; y otros, como el rotullus que contiene el exultet con ilustraciones. Los libros de canto del Oficio Divino son: el salterio (los salmos); el antifonario del Oficio; y el himnario. En 1896 se editó el Liber Usualis, colección de canto gregoriano para la liturgia anterior al Concilio Vaticano II.

La música gregoriana se escribe sobre 4 líneas (tetragrama) porque es el ámbito en el que se desarrollan sus melodías. La clave es la letra estilizada colocada sobre una línea al principio del tetragrama y que indica el nombre de las notas sobre esa línea. Suelen utilizarse las claves de Do en 2ª, 3ª y 4ª línea, y la clave de Fa en 3 línea. Encontramos barras de puntuación: mínima, media, larga y doble, que equivalen a la coma, punto y coma, dos puntos, y punto. En la grafía actual vaticana son neumas fundamentales: de una nota la virga y el punctum, de dos notas el clivis y el pes o podatus, y de tres notas el porrectus y el torculus. Estos neumas pueden desarrollarse por adición de notas subsiguientes. Por neuma hay que entender las síntesis de notas que van en una misma sílaba. Es esencialmente rítmico. Se trata en la interpretación de captar su unidad indivisible y de expresar esta unidad por medio del legato de la voz y su fluidez.
La música monódica medieval llega hasta el siglo XV. El canto llano se iría abriendo paso en Europa siguiendo el método de la solmisación hasta mediados del siglo XVII. La solmisación como método de la enseñanza del canto llano se remonta a siglo IX. Guido de Arezzo fijó el nombre de seis notas sirviéndose del himno Ut queant laxis (ut, re, mi, fa, sol y la) formando patrones de seis notas (hexacordos). Más tarde se llegaría a usar la mano guidoniana como recurso nemotécnico: el maestro enseñaba a cantar intervalos señalando con el dedo índice de su mano derecha las diferentes articulaciones de su mano izquierda abierta donde se situaban las notas.

La monodia litúrgica medieval era interpretada durante la celebración de los misterios de la fe como parte del rito religioso dentro de la Misa o la Liturgia de las horas. Seguía así la pauta de los primeros cristianos reflejada ya en el Nuevo Testamento. Pero el rito no fue uniforme según avanzaba la evangelización. Tras el intento carolingio de unificación litúrgica del s. VIII habría que esperar a la reforma gregoriana (s. XI) para que se afianzara el canto gregoriano que usa el latín, la monodia alternando solista y coro, y de ritmo libre atendiendo al texto.

En el canto llano hay cantos silábicos, cuando a la mayor parte de las sílabas corresponde una nota. Cuando hay prolongados pasajes melódicos sobre una sílaba, los cantos son melismáticos. Los melismas suelen aparecer sobre sílabas finales débiles, por ejemplo en palabras como alleluia, Dominus, Kyrie. Para respetar la acentuación de las palabras se suele utilizar notas más altas, mayor número de notas para esa sílaba.

Al comienzo de la monodia religiosa se recitaba sobre una cuerda estable, fuera el do, el re o el mi. A partir del s. VIII se generalizó el sistema modal de los ocho modos eclesiásticos (octoechos), según la dominante o línea sobre la que predominan las notas, y la tónica o nota final. A mediados del s. IX se colocaron signos (neumas) sobre el texto. En el s. X los copistas ponían los neumas a diferentes alturas pasando más adelante a trazar la línea roja del fa y la línea amarilla del do, hasta llegar a las cuatro líneas o tetragrama de Guido de Arezzo. Lo que al principio se confiaba a la memoria, poco a poco se dejó en manos de la grafía.

En la Santa Misa hay que distinguir el propio del ordinario. El propio del tiempo o de los santos, es lo que varía. El propio incluye en la misa el introito o canto de entrada, gradual o salmo, secuencia, tracto/aleluya, ofertorio, comunión. En la liturgia tras el Concilio de Trento han permanecido las secuencias Victimae paschali laudes (Pascua), Veni Sancte Spiritus (Pentecostés), Lauda Sion (Corpus Christi), Dies Irae (Difuntos) y Stabat Mater (Virgen de los Dolores). En la celebración de la Eucaristía se cantaba el ordinario de la Misa que comprende el kyrie, gloria, credo, sanctus-benedictus y agnus Dei.

El Oficio divino o de las horas es la oración diaria litúrgica oficial de la Iglesia que comprendía maitines u oficio de lectura, laudes, prima, tercia, sexta, nona, vísperas y completas. En las vísperas había mayor concurso de fieles. Ahora no hay hora de prima, y tercia sexta y nona reciben el nombre de hora intermedia. También se ha reducido el número de salmos y de lecturas. Los maitines y laudes de las catedrales eran semitonados por capellanes en la noche. Las horas menores, de no ser una fiesta importante, también eran semitonadas. A mayor solemnidad se cantaba la salmodia más lentamente. Mientras que la dirección estaba confiada al sochantre en el canto llano, la polifonía correspondía al maestro de capilla.

El repertorio más elaborado es el de las antífonas, responsorios e himnos (Benedictus, Magnificat, Nunc dimittis). Las lecturas, versículos y oraciones se cantaban a modo de recitado. Al término de las completas se canta una antífona mariana: Alma redemptoris Mater (adviento hasta el 2 de febrero), Ave regina coelorum (2 de febrero hasta pascua), Regina Coeli (Pascua), Salve Regina (resto del tiempo litúrgico). La música de la liturgia de las horas se recogió en el libro llamado Antifonario. Con la constitución apostólica afflatu de 1911 se llegaría a una nueva ordenación de la Liturgia de las horas.