Música Sacra I

Culto de los Primeros cristianos en las catacumbas
Culto de los Primeros cristianos en las catacumbas

Es conocida la frase de inspiración agustiniana de que “quien bien canta, dos veces ora”. La oración ha contado con el apoyo de la música desde el inicio del cristianismo, llegando a su mayor expresión en los templos catedralicios, que han querido emular, si fuera posible, la alabanza de la liturgia celeste. Junto a la capilla mayor en la que está el altar, el coro, como lugar para el canto y sede de los canónigos, cobró protagonismo en muchas seos, uniéndose ambos espacios por la via sacra. Las catedrales han contribuido como pocas instituciones al patrimonio musical, por sus capillas musicales, instrumentos, y manuscritos. Las fuentes documentales son en su mayoría eclesiásticas, aunque por la desamortización algunas estén en instituciones civiles. Y algunas de ellas como el Antiphonale Visigoticum de León, el Codex Calixtinus, las Cantigas de Alfonso X, el Cancionero de la Catedral de Segovia, contribuyen significativamente a la historia de la música occidental europea. Desde la creación del Instituto Español de Musicología en 1941 se ha intensificado la catalogación de los fondos musicales, que fueron engrosándose por la obligación estatutaria anual del maestro de capilla de componer al menos una obra para la catedral desde el siglo XVII. Veremos, en varias entregas, como los cabildos acogieron el canto gregoriano, la polifonía, el canto con acompañamiento, la música de órgano e instrumental, en definitiva un arco amplio y valioso para el arte musical.

Para ver su evolución, tenemos que remontarnos a los orígenes de la religión de Jesús de Nazaret, con su preparación en el pueblo de la antigua alianza. La exhortación a cantar a Dios aparece en los textos del Antiguo Testamento (Ex 15,21; Is 42,10, Ps 105,1). Este pueblo una vez que pasó el Mar Rojo viendo anegado al ejército egipcio, entonó un himno de victoria a Dios; y la hermana de Moisés, María, cantó con el pueblo al son de tímpanos (Ex. 15, 1-20). El rey David y su pueblo, en el traslado del Arca de Dios a Jerusalén danzaron al son de cítaras, liras, tambores, sistros y címbalos (2 Sam 6,5). También el rey David fijó las reglas de la música y canto para el culto sagrado (1 Par 23, 5; 25, 2-31). La Biblia contiene 9 cantos, dos de ellos, el Magnificat y el Benedictus son del Nuevo Testamento.

El culto judío influyó en el cristianismo, ya que Jesús y sus apóstoles eran judíos practicantes. Los sacrificios del Templo serían sustituidos por la Santa Misa. Las lecturas y predicación de las sinagogas pasaron a la liturgia de la palabra de la Eucaristía. En la Última Cena celebrando la Pascua cantaron salmos (Mt 26,30), el Hallel (salmos 113-118). Incluso tras la Ascensión de Jesús a los Cielos, los apóstoles subían al templo de Jerusalén a rezar (Act 3, 1). Liberados dos de los apóstoles, Pedro y Juan, de un proceso ante las autoridades religiosas judías, la comunidad cristiana da gracias rezando el salmo 2 (Act 4, 23-31).

Tras la muerte del protomártir Esteban muchos cristianos tuvieron que abandonar Jerusalén llevando la nueva semilla de la fe a otros lugares de Judea, Samaría, Fenicia, Chipre, Antioquía de Siria, Damasco. Fue precisamente camino de Damasco donde se convirtió el estudiante para rabino Pablo de Tarso, que sería el gran apóstol de los gentiles del Mediterráneo, con sus grandes viajes apostólicos iniciados hacia el año 45. San Pablo animaría a cantar salmos, himnos y cánticos espirituales: “Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y tocad con toda el alma para el Señor” (Eph 5. 19), “La Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente. Cantad a Dios, dando gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados” (Col 3,16), y lo ve realizado en la comunidad de Corinto: “Entonces, ¿qué, hermanos? Cuando os reunís, uno tiene un salmo, otro tiene una enseñanza, otro tiene una revelación, otro tiene don de lenguas, otro tiene una interpretación: hágase todo para edificación” (1 Cor 14,26).

En el Apocalipsis de San Juan aparecen himnos: “Los cuatro vivientes, cada uno con seis alas, estaban llenos de ojos por fuera y por dentro. Día y noche cantan sin pausa: «Santo, Santo, Santo es el Señor Dios, el todopoderoso; el que era y es y ha de venir». Cada vez que los vivientes dan gloria y honor y acción de gracias al que está sentado en el trono, al que vive por los siglos de los siglos, los veinticuatro ancianos se postran ante el que está sentado en el trono, adoran al que vive por los siglos de los siglos y arrojan sus coronas ante el trono diciendo: «Eres digno, Señor, Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque tú has creado el universo; porque por tu voluntad lo que no existía fue creado»”(Apc 4, 8-11).

Al cristianismo pasaban judíos y gentiles, y se llegó a pensar que el gentil para ser cristiano tenía que observar las prácticas judías. Esto se resolvió en el Concilio de Jerusalén datado en el año 49/50. Los apóstoles al llegar a un lugar no evangelizado, se dirigían, si había judíos, a la sinagoga demostrando que el Mesías esperado era Jesucristo. Roma, capital del imperio, fue honrada con la predicación y martirio de Pedro y Pablo en los años 64 y 66/67 respectivamente. En Jerusalén había permanecido como obispo Santiago el Menor. La comunidad cristiana de Jerusalén se mantuvo al margen de la insurrección judía del año 66, siendo expulsados de la Sinagoga hacia el año 90.

A los cristianos se les presentó el reto de crear su culto. Contaban con lo que muchos habían vivido como judíos, pero muchos otros eran gentiles sin relación alguna con los seguidores de Moisés. En todo caso, en las casas, en las catacumbas alababan al Señor con cantos, celebraban los sagrados misterios. Plinio el Joven hacia el año 112 informa sobre la costumbre de cantar “una canción a Cristo como si fuera un dios). Algunos escritos nos dan noticia de ello: la Didakhé, Odas de Salomón, Traditio, Didascalia de los Apóstoles, Constitutiones Apostolorum, Padres de la Iglesia Africana, Actas de mártires. También es importante el testimonio de Tertuliano (c. 170 -c. 225), Cipriano de Cartago (+258), Orígenes (c.185 -c. 265). De la música profana griega o romana se rechazó la idea del deleite musical, y el uso instrumental. La razón era que muchos conversos procedían del mundo pagano, y podían asociar los nuevos ritos cristianos a los religiosos que se practicaban en ámbito civil.

Con el Edicto de Milán (313) el imperio dio libertad de culto a los cristianos, pasando a ser la religión oficial en el año 380. En el 321 se fijó el domingo como festivo. Hacia mediados del s. III, la lengua latina pasaría a ser la lengua oficial en occidente sustituyendo la lengua griega que venía empleándose desde el s. I por influencia helenista. Del uso de las domus ecclesiae como lugar de culto, se empezaron a emplear las basílicas romanas y a construir nuevos templos. El Concilio de Nicea (325) fijaría la fecha de Pascua Se constituirían los patriarcados de Alejandría, Antioquia, y más adelante el de Constantinopla con influencia en la espiritualidad y rito litúrgico. Constantino en el 330 declaró a Constantinopla capital del imperio En el año 395 el imperio se dividió en oriental con Constantinopla como capital que perduraría hasta 1453, y occidental con Roma. La Iglesia en la figura del Papa tomaría el relevo de civilización con el abandono del trono por el último emperador de occidente Rómulo Augusto el año 476.

Se precisaba fijar tiempo y modo de recepción de los catecúmenos por medio de unas semanas de preparación, cuaresma, para la recepción de los sacramentos de iniciación en la noche de Pascua. Se dio paso a una intensa redacción de textos litúrgicos (Asensio, 2003). Juvenco y Prudencio destacan como poetas de la Hispania del siglo IV. Desde el siglo IV serán los grandes Padres de la iglesia de occidente quienes suministrarán información en sus obras sobre el canto litúrgico. San Agustín lo hará en las Confesiones y en otras obras, siendo exponente no sólo de los usos del norte de África, sino de los de Milán donde se preparó para su bautismo, quedando prendado de los himnos de san Ambrosio, que sabía de la eficaz mediación del canto para la conversión de los pecadores. En el año 387 san Agustín comenzó a redactar un tratado sobre la música. También muestra gran interés la peregrinación, en esta centuria, de la virgen Egeria a Tierra Santa, dándonos testimonio de la de la iglesia de Jerusalén. San Agustín no sólo se conmovía con los cantos de la iglesia de Milán, sino que para él eran cauce de la verdad, procurando no quedarse sólo en el canto mismo, sino en lo que se canta (Libro de las Confesiones 9, 6,14. 7,15; 10, 33,49). Himnos como el Gloria, el Exultet, y el Te Deum ya forman parte de la oración oficial de la iglesia en el s. V.

Avanzando un poco en el tiempo nos encontramos con san Benito (480-547) y su regla que fija el número de salmos del oficio, el tiempo del canto del aleluya, siendo exponente de una tradición anterior del monacato. En su regla (ca.520) menciona al cantor monástico que dirigía los oficios religiosos y se ocupaba de la biblioteca musical. A san Gregorio Magno (+604) se debe el origen de los pueri cantores al establecer los centros de San Juan de Letrán y de San Pedro para su formación. Son conocidas las cualidades de la voz del niño, según Pablo Colino, sencillez, pureza, frescura, sin intención dramática o contrates rítmicos o de intensidad (López-Calo, 1967) muy en consonancia con la liturgia. Desde entonces ellos han estado presentes en los coros de las catedrales y colegiatas. Se llegaría a constituir una federación de estos niños en 1944.

La herencia oriental se recibió y adaptó en occidente dando lugar hasta el s. IX en que se unificó con el gregoriano a distintos repertorios musicales: canto galicano, benaventano, romano antiguo, visigótico o mozárabe, ambrosiano. Pipino y su hijo Carlomagno (+814) adoptaron el canto de Roma superando el galicano, deudo de cantos celtas y bizantinos.

¿Qué melodías pasaron de Roma a Galia? El canto llano que conservamos procede de fuentes galas, pero a pesar de las variaciones, debe haber una impronta romana que se remonta al repertorio reorganizado por el Papa Vitaliano (657-672). La Iglesia Católica se ha mostrado firme defensora de los ritos que se han formado a lo largo de la historia. De hecho actualmente en su seno hay además del rito latino, el más extendido, otros 21 ritos orientales agrupados en cinco grandes tradiciones: alejandrina, antioquena, bizantina, caldea y armena. De los ritos occidentales, no han sobrevivido los de Rávena, Aquileya, Benevento, Celta, etc. El rito romano antiguo y el galicano se fusionaron dando lugar en música al canto gregoriano. Se conservan los ritos ambrosiano e hispano. San Ambrosio (+397), obispo de la floreciente ciudad de Milán introdujo la salmodia antifonal en occidente. Se ven similitudes con los cantos de Roma. El rito hispano-mozárabe unificado en el siglo VII vigente también en Braga y Narbona, se vio reducido a Toledo por el proceso de implantación del gregoriano a partir del Concilio de Burgos (1080). En 1992 se promulgó el vigente misal de este rito.