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El marco incomparable del antiguo monasterio de Santa María de la Sierra realzó la calidad del concierto. / EL ADELANTADO

La noche encerraba todas las condiciones para ser mágica. Primero, el escenario: las ruinas todavía en pie del Monasterio cisterciense de Santa María de la Sierra; después, la ceremonia: en este caso, un concierto de cámara, con la representación de dos Quintetos, uno de Robert Schumann (1810-1856), y otro de Johannes Brahms (1833-1897). Para redondearlo todo, al fondo latía la figura de una mujer excepcional, Clara Wieck, que luego adoptó el nombre de su marido Robert deviniendo en Clara Schumann (1819-1896).

No debe ser tenida Clara como una de las mujeres que han pasado a la historia por compartir la vida con un compositor extraordinario, como fueron los casos de Alma Mahler y de Anna Magdalena Bach. Clara tiene un pasado tras de sí, como concertista de piano, como compositora –algo menor, aunque es destacable su Concierto para piano, op. 7- y como profesora, campo en el que siguió los pasos de su padre Friedrich, que incluso desarrolló un método propio de aprendizaje.

Qué decir del escenario. El monasterio abacial de Santa María de la Sierra es todavía, desde su esqueleto, uno de los lugares de mayor fuerza telúrica de Segovia. El tiempo, con una terquedad que impresiona, lleva más de cinco siglos atentando contra este raro lugar, santuario por antonomasia de la Sierra de Guadarrama. Su orientación, su ubicación en un entorno feraz, que diría Antonio Linage, y la maravilla de sus vistas sobre la campiña segoviana lo hacen único. Ayer recordaba todo ello mientras los rayos últimos del sol se empeñaban en entrar por uno de los arcos apuntados de la nave occidental para iluminar el quinteto de músicos en la enorme nave del monasterio, presidida esta por el fantástico rosetón –qué pena que se perdiera su tracería- y por la moldurada portada que todavía mantiene su decoración en zig-zag y sus también apuntados boceles.

Sobre el escenario, decía, un quinteto presidido por el piano –magnífica la labor de Iván Martín-, dos violines –Natalia Lemeiko, vibrante como primera violinista, y Sheila Gómez-, una viola –eficaz Yuri Zhislin- y un cello –también eficaz Mikel Zunzundegui-. En unas obras como estas, sobre todo en el Quinteto de Brahms en fa menor, es necesaria una coordinación máxima entre los componentes; cualquier entrada a destiempo, cualquier demora, puede dar al traste con la interpretación. Arthur Rubinstein, que grabó este quinteto con el Cuarteto Guarneri, hablaba de lo endiabladamente técnica que es esta obra, sobre todo en el finale, en donde se entremezcla un poco sostenuto, un non troppo allegro y un presto, non troppo.

Los músicos superaron la prueba con holgura, demostrando que llevan tiempo acometiendo su representación.

El Quinteto para piano en mi bemol mayor de Schumann es simplemente una delicia: se acerca a la forma de sonata en el primer movimiento para después virar a una marcha fúnebre en el segundo, un animado movimiento en forma de scherzo en el tercero y un final fantástico en el que el compositor ofrece un compendio de música romántica con un abanico que va desde Mozart –Sinfonía Júpiter- hasta Mendelssohn. Con esta obra Schumann elevó el quinteto para piano como género de cámara y lo acopló con acierto al romanticismo. Claro que influiría en el más técnico, trabajado, complejo, Quinteto de Brahms. Posiblemente si no hubiera sido por Clara Schumann Brahms no hubiera reelaborado su anterior sonata para dos pianos convirtiéndola en la obra definitiva. Schumann, como Haydn, es luz y es claridad, pero a diferencia de este su juego romántico, que no epata, lo hace pura delicia. Nada indicaba su final personal una obra como esta. Los interpretes transmitieron la luminosa y bella simplicidad de la composición, que es lo mejor que se puede decir de ellos.

Organizar un concierto en un sitio como este tiene sus complejidades e inconvenientes, por ejemplo en la logística. Pero son pegas que al final se olvidan ante la magia de una noche de verano. Sirva como consejo para el futuro recomendar que se extienda esa magia más allá de la interpretación de las piezas. Los berlineses pusieron de moda disfrutar antes o en el descanso de un pretzel con una copa de champán; los italianos la copa de prosecco. Noches como esta requieren también su ceremonia, paladear al principio o en el intermedio cada pizca de una velada que se presume inolvidable.