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La esquela es, junto al epitafio, el último escaparate social con el objeto de dejar en herencia un buen nombre. Decía el periodista Luis Carandell que “las esquelas se sirven en España con el desayuno y que la vida del español empieza así, temprano, con la negra y negativa información de la sección necrológica de los periódicos matutinos”. En efecto, la necrología constituye en España una verdadera frontera sociológica. Hasta hace unos años, insertar en un periódico la esquela de un familiar fallecido era una forma de asimilarse a la clase alta y a la burguesía acomodada. Para la burguesía del siglo XIX la esquela periodística o aviso de defunción fue el medio de obtener un reconocimiento para el difunto y para la familia. La esquela tiene un marcado carácter biográfico porque el difunto es el protagonista.

Para el segoviano el siglo XIX la muerte suponía en muchas ocasiones el final a una vida de hambre y pobreza, a otros les parecía una terrible tunantada en medio de un brillante porvenir y para otros era el último acto social pacientemente elaborado a lo largo de toda la existencia. El pobre no tiene esquela pero para la burguesía la esquela era el último certificado de la vida y quizá el más respetable.

En el Archivo de la Catedral se conservan casi 2.000 esquelas del siglo XIX pertenecientes a la colección del canónigo Tomás Baeza. Esta colección es una importante documentación que nos acerca a la realidad segoviana en los conceptos de vida y muerte en el siglo XIX. La primera esquela conservada es del 2 de agosto de 1821 –el día 5 de agosto de ese mismo año se realizaría el primer enterramiento en el cementerio del Santo Ángel de la ciudad de Segovia- y la última es de 13 de julio de 1891. A los días, concretamente el 12 de septiembre de 1891, don Tomás Baeza falleció.

La “esquela” y su origen

Se define “esquela” como “aviso de la muerte de una persona que se publica en los periódicos con recuadro de luto. Suele indicar la fecha y el lugar del entierro, funeral, etc.”. El origen del término “esquela” se encuentra en el diminutivo griego skhidé, “hojita”. Las schedas eran papeletas utilizadas a manera de convites pero no estaban relacionadas exclusivamente con las ceremonias de carácter fúnebre. Para Eulalio Ferrer “como anuncio público de la muerte nace en el corazón de la pompa fúnebre romana”. Posteriormente “en la Edad Media la Iglesia ideó los mortuarium, una especie de grandes cartas de borde negro con la cruz inmisa colocada en el ángulos superior izquierdo, los sufragios y la trilogía Requiescat in pace”. Para el mismo autor, “fue en 1732 cuando se registra por primera vez la palabra “esquela” tal y como la identificamos hoy en día vinculada definitivamente con los asuntos mortuorios”.

En el siglo XIX es cuando la esquela se introduce en los periódicos de calidad, convirtiéndose en parte integrante de su actividad informativa. Este hecho está estrechamente relacionado con el origen de los servicios de documentación periodística surgidos en este siglo. La preparación de las semblanzas necrológicas necesitaba la elaboración de perfiles biográficos de las personas que acababan de fallecer. Los archivos de prensa que sobre las esquelas se iban elaborando fueron denominados en EE.UU. como “el depósito de las morgue”.

Para la burguesía del siglo XIX la esquela periodística o aviso de defunción fue el medio de obtener un reconocimiento para el difunto y para la familia. Cuando uno se muere, muere para siempre y en el siglo XIX la esquela se va a convertir en el último escaparate social con el objeto de dejar en herencia un buen nombre.

Partes de una esquela

Como todo discurso, la esquela posee un lenguaje basado en la palabra y en la imagen con una serie de códigos asimilados en el imaginario colectivo. Las partes de una esquela funeraria vienen definidas por cuatro ejes de información: encabezamiento, convocatoria, agradecimientos y finalmente el duelo. Una ancha banda negra enmarca el espacio que se encabeza con una Cruz. Este borde negro encuentra en los mortuarium medievales su antecedente (fig. 1).

En la primera parte de la esquela, el “encabezamiento”, se presenta en sociedad al fallecido: “La señorita”, “El señor D”, “La señora Dª” o “El señorito”. Es preciso el reconocimiento social para el difunto y para sus familiares y la profesión se convierte en la mejor carta de presentación: “farmacéutico del hospital” o “alguacil de Cámara del Excmo. Ayuntamiento”. Junto a la profesión hay esquelas que son auténticos currículum profesionales donde uno a uno se recuenta los méritos conseguidos en vida, otros tuvieron menos fortuna como el joven Antonio Sánchez Gómez fallecido el 19 de junio de 1863 que era “aspirante de tercera clase a oficial de la Tesorería de Hacienda Pública”.

En esta primera parte de la esquela se colocaban las conocidas siglas R.I.P. (Requiescat in pace), Q.E.P.D. (Que en paz descanse) o D.O.M (Dominus).

En la segunda parte de la esquela, la “convocatoria”, entran en escena los deudos. Todos ellos, sin que nadie se olvide y en estricto orden de protocolo, “suplican a V. se sirva encomendarla a Dios y asistir a la conducción del cadáver, desde la casa mortuoria calle de la Cintería números 1 y 3 al Cementerio, hoy 4 a las cinco de su tarde y mañana 5 a la misa de entierro…”
La tercera parte de la esquela son los “agradecimientos”: “La asistencia de V. será un acto de caridad cristiana y un obsequio a su familia”.

Finalmente y a pie de esquela se informa de cómo y dónde ha de despedirse el duelo o pésame.

Diferente es el modelo de esquela infantil o las esquelas institucionales que tienen como objetivo ensalzar las muertes de todas aquellas personas que dieron su vida por la patria o por un partido político.

Iconografía funeraria

Algunas esquelas del siglo XIX ofrecen un interesante discurso iconográfico que o dulcifica la muerte o la presenta desoladora y atormentada. La desgarradora desaparición física se manifiesta en una trágica emoción de llantos, lamentos y rezos. La esquela de Dª Dolores Pérez-Lara de Calvo es fiel reflejo de ello (fig. 2). Una mujer, desgarrada y arrodillada ante al ataúd abierto que deja ver el cadáver amortajado del difunto, se agita en violentos movimientos. No se acepta la muerte de la otra persona y su pérdida se exterioriza en un dolor exaltado canalizado en llantos, lamentos y luto. Un amplio lazo sostiene diferentes atributos de dignidades civiles y eclesiásticas. Es el carácter igualitario de la muerte que, encarnada en un presumido esqueleto, espera con su guadaña a que llegue el tiempo de cada ser humano. Es la hoz de la muerte sentada en una arquitectura nobiliaria. Sobre la guadaña posa una lechuza atributo de malos presagios. En la parte inferior se representan una vez más las vanidades del mundo.

El dolor irrumpe en la escena de la esquela de Dª Teresa Moratinos Medina (fig. 3), es la vivienda donde se vela el difunto. El féretro con paño mortuorio se encuentra rodeado por cuatro hachones de luz. Junto a una pequeña mesa se ha dispuesto el acetre con agua bendita y un ramo de laurel para asperjar al difunto junto con el óleo y un libro de oraciones. Una mujer oculta su rostro para mostrar su profundo dolor. No hay alusión macabra a la muerte y el féretro está cubierto con un paño negro. La muerte no se enseña, sólo se rodea y no se acepta porque poco a poco se convierte en tabú.

La muerte, como la vida, son los dos acontecimientos más importantes de nuestro paso por el mundo y la esquela nos explica a través de la imagen y la palabra las formas de morir y de vivir en las páginas de nuestra existencia. Ya lo dijo Sancho al ingenioso hidalgo don Quijote: “No se muera vuestra merced porque la mayor locura es dejarse morir así, sin más ni más”.

No se muere “sin más ni más” porque la esquela se convierte en el eslabón necesario para no olvidar.