Muerte y gloria

En este segundo domingo de Cuaresma leemos el relato de la transfiguración de Jesús en el monte Tabor en presencia de sus tres discípulos predilectos, un acontecimiento crucial en la vida de Jesús. Por unos instantes Jesús desgarra el velo de su misterio personal y deja ver su gloria. En cierto sentido, anticipa su resurrección para ayudar a los discípulos a comprender su muerte, de la que les acaba de hablar. Si comparamos este pasaje con lo sucedido a Moisés cuando Dios le ordena subir al monte Sinaí para darle la Ley, observamos un paralelismo: en los dos pasajes se habla de seis días, del monte elevado, de la nube que envuelve a los personajes, del esplendor y de la visión. Sin embargo, hay una diferencia significativa. Jesús ocupa el lugar de la ley y el de Dios. Es el centro de la revelación, y la voz del Padre lo muestra como su Hijo amado, a quien hay que escuchar.

Como en toda teofanía el temor sobrecoge a los presentes y Pedro, con ingenuidad, dice: «Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». El evangelista añade: «No sabía qué decir, pues estaban asustados». En realidad, Pedro quiere detener el tiempo, captar la escena como un fotograma fijo del suceso. En cierto sentido, Pedro quiere evitar que Jesús continúe por el camino de la pasión y plante definitivamente su tienda gloriosa entre los hombres. Jesús podría haberle dicho, como en Cesarea de Filipo, que no pensaba como Dios, sino como los hombres. La referencia a las tres tiendas para Jesús, Moisés y Elías, indica que Pedro quiere dominar lo divino y evitar el destino de muerte. Sin duda, las tiendas hacen referencia a la fiesta de los Tabernáculos que tenía connotaciones mesiánicas y anticipaba el júbilo de la salvación definitiva.

Terminada la visión, los apóstoles se encuentran de nuevo en tierra firme y ven a Jesús en su figura habitual, solo. Deben asumir la realidad y caminar con Él hacia el destino de su muerte. Han recibido, sin embargo, la luz de lo alto para comprender que la muerte no es el término de su vida. Como muy bien dice un biblista, «en el horizonte brilla sólo, como una cinta de plata, la promesa de que después de tres días resucitará. Jesús es el Hijo amado de Dios que no permanece en la muerte, sino que está llamado a la gloria del cielo, a la culminación de su camino junto a Dios» (Schnackenburg).

En el camino cuaresmal que recorremos en la Iglesia, la transfiguración alienta la esperanza de nuestro destino final que, como el de Jesús, no es la muerte, sino la vida eterna. Con frecuencia, los cristianos damos la impresión de que hemos dejado de creer en la gloria final o la reducimos a un consuelo sin consistencia real. Es indudable que la muerte es el mayor enigma de la existencia humana, como afirma el Concilio Vaticano II. En la última gala de los Goya una artista dijo que la muerte es «el olvido definitivo». Los cristianos no pensamos así. Dios nos tiene siempre presentes en su infinita memoria y en su gloria. Nada es ajeno al pensamiento de Dios. Podrán olvidarnos los hombres, las generaciones futuras, pero Dios nos guarda más allá de la muerte y nos mantiene en el ser porque nos ha creado para la Vida, no para la muerte. Por eso, santa Mónica le dijo a san Agustín que podía enterrar su cuerpo donde quisiera, pero que no la olvidara nunca ante el altar de Dios cuando celebrase sus misterios. La razón de esta memoria viva ante Dios es que Jesús ha derrotado la muerte y nos ha unido a él de tal manera que también nosotros participaremos con nuestro propio cuerpo de la gloria que vieron los apóstoles en el suyo. Con Cristo, pasamos por la muerte para entrar en la gloria.

* Obispo de Segovia.