Máscaras y fetiches

Nicolás Gless vuelve a exponer en Segovia, es ya casi una esperada costumbre anual después de las exposiciones de 2012 y 2013 en La Casa de los Picos. Una gran exposición, setenta obras, en la que muestra la tozuda y persistente actividad creativa del artista contra viento y marea. Recientemente se definía como un artista superviviente. “La creación es una lucha que genera una línea de trabajo que te hace recapacitar y preguntarte”, decía. Gless, entre otras muchas sugerencias, convierte su arte en una precisa reivindicación de la memoria en esta sociedad amnésica. Nos fuerzan a olvidar a base de saturarnos de una supuesta información excesiva y estéril, abundante e inútil.

Entrar en la exposición de Nicolás Gless supone un reencuentro gratificante, sus temáticas predilectas siguen estando ahí: las ciudades, la publicidad, la cultura oriental, el ferrocarril, los automóviles, las marcas, los carteles, los iconos, las tipografías. Y además de su fantasía, también mantiene intacta la forma y el estilo en que expresa, sin nostalgia, su realidad simulada, imaginada, como un juego exuberante y retador, tan caótico como riguroso, de esta sociedad de confusiones, evolucionando desde el dibujo clásico y sus bocetos, alguno de ellos rescatado en la exposición y muchos más recuperados de la memoria profunda del artista.

El mundo estético del artista es muy personal, identificable, creando un verdadero “idiolecto” (R. Barthes). Ya en 1987 Tomás Paredes, con motivo de la exposición de Gless en la galería El Coleccionista de Madrid, decía que “al igual que existen objetos utilitarios o suntuosos artefactos, que todo el mundo identifica, también existen los GLESS, aunque no sean tan populares”. La “glesslandia”, si se nos permite, realmente significa una visión peculiar y sobresignificativa de la cultura de masas en que vivimos, anticipando el futuro a través de una recuperación del pasado. O al revés, que también podría ser.

Esta exposición solo es posible si detrás hay más de cuarenta años mirando el entorno con ojos hiperactivos y críticos, guardando en la memoria o en las carpetas todos los rasgos gráficos y guiños irónicos que representan la banalidad del día a día pero que con el tiempo se transforman en claves de identidad, dibujando ciudades, entre ellas Segovia, y soñando una historia secuencial de imágenes “que reflejan el vacío existencial y la angustia de la sociedad, ocupada por la iconografía del consumo”, que nos agobia.

“Los signos del tiempo” (Moncho Alpuente) son los elementos plásticos con los que Gless crea su particular iconografía. Pictogramas, palabras pintadas, anagramas, logotipos, viñetas, hologramas, marcas, Bibendums, Barbis, criaturas mutantes, híbridos imposibles, vampiros andróginos, ángeles y demonios -recordando los retratos de otros tiempos- , magia y tecnología, superhéroes y supervillanos, máquinas y mandalas, erótica cibernética, robots que nos miran al espejos. Ver su “Autorretrato del futuro” es sintomático.

Gless siempre nos recuerda que su obra bebe de las fuentes de la cultura popular, no solo el comic o el manga, sino también los motoristas, la ruta 66, los moteles de carretera, las ciudades “electrográficas” – como las fotografías de Léon Gimpel o W. Klein- como Las Vegas, los iconos publicitarios, los Cadillac, trenes, aviones, el Strip de Los Ángeles, el Chinatown de San Francisco, el cuero sado maso del Bizarre, seres fantásticos escapados del pulp, las pin-up, los robots, grabados japoneses, el Orient Express, Venecia o Florencia, Madrid o Segovia. Cultura de estereotipos sexistas y simbología entumecida.

Y estas escenas inquietantes y transgresoras se anclan sobre estructuras arquitectónicas, urbanas, grafismo riguroso heredado de la perspectiva renacentista de Alberti, Pacioli o Piero de la Francesca, de los grabados de Piranesi, de las vistas venecianas de Canaletto, y del potente grafismo del constructivismo de Rodchenko y Maiakovski, el futurismo de Depero y Sant’Elia, el Art Deco de Cassandre y S. Delaunay, el diseño de Loewy, Glaser y de Bayer, para aterrizar en el pop-art de Mel Ramos a Lichtenstein, de Warhol a Hamilton, para que entendamos su laborioso trabajo de referencias y anclajes.

Las fachadas de neón que crean sus “ciudades electrográficas”, tan perfectas en su diseño y que tanto impactan en las pinturas de Gless, “solo existen en la oscuridad urbana, nos reconfortan por la noche, aunque llegado el amanecer esa ciudad ficticia desaparece”, nos dice el artista. La pintura pretende resguardar ese imaginario, consolidar esa realidad irreal, tan atractiva como evanescente, tan invasora como tramposa.

Son paisajes de un “pintor urbanita” que, recordando a Marinetti, no le duele decir, que le “parece más interesante un semáforo que un árbol”.

“Mi obra – nos comenta Gless- es un recorrido por la locura, el neón y la velocidad, emergiendo del futurismo, el pop-art o el op-art, todo ello ensamblado en perspectivas lumínicas siempre en movimiento”

Pero esta obra tan compleja y de apariencia encriptada, se asienta sobre un discurso mosaico, falso collage (Gillo Dorfles), relato contaminado de fantasía y documentación, de tipografía y geometría, de sueños y juegos. Superada la postmodernidad, nos adentramos en la neomodernidad, retromodernidad, cultura evanescente y líquida (Z. Bauman). Por eso la obra de Gless es pintura pintada, defensa del dibujo, exaltación del color hasta descubrir las sutilezas tonales del negro, rigor del diseño, como si cada obra fuera un fetiche para sostener una ironía ácida y dar sentido a una actitud positiva ante la creatividad.

La pintura de Nicolás Gless se conforma de sutiles dialécticas de polos opuestos y complementarios, quietud y movimiento, persistencia y fugacidad, luz y performación. La luz anima las piedras inanimadas y proyecta rayos de irrealidad, paisajes cinéticos, movimientos irreales. Pintura como provocación óptica, como trampa para el ojo distraído. Respetando la perspectiva se elaboran composiciones alteradas que generan descontextualizaciones semánticas en busca nuevos significados. Retóricas hábiles e intrusivas, repletas de impersonalizaciones, falsas objetividades y narraciones aparentemente neutras. Relatos de relatos, conviene leer las cartelas de cada obra.

La pintura de Nicolás Gless representa una sofisticada mitología de dioses menores que de forma ambigua e impúdica nos proyectan sus rayos y sus risas.

FICHA:

LUGAR: Sala Municipal de Exposiciones Casa de la Alhóndiga.

Plaza de la Alhóndiga, 1

HORARIO: De martes a viernes, de 17:30 a 20:30 horas.

Sábados y festivos, de 12:00 a 14:00 horas y de 17:30 a 20:30 horas.

Domingos, de 12:00 a 14:00 horas. Lunes, cerrado.

Del 23 de octubre al 16 de noviembre de 2014