María Zambrano.
Publicidad

Nada más entrar por la puerta de la casa en donde vivía María Zambrano (1904-1991) en la calle de Antonio Maura, de Madrid, tuve la sensación de que penetraba en un templo romano. Unos pasos después se presentaba ante mí su sacerdotisa máxima, no sé si en todo su esplendor pero sí enseñoreando la figura que de ella tenía grabada desde décadas atrás en mi cerebro: la de una mujer menuda, envuelta en una toca de ganchillo, detrás de unas gafas enormes que protegían unos ojos vivos, vivísimos, en ocasiones matizados por la niebla salida de un cigarrillo emboquillado con su ceniza siempre a punto de caer en cualquier lugar menos en el cenicero sostenido por su mano.

Me unía con María Zambrano un parentesco de nación: ella de la Axarquía, comarca de honda raigambre malagueña; yo, de la capital. Pero todo quedaba en nada ante la profunda admiración que tenía por la autora de uno de los libros que formó parte de mi formación intelectual recién perdida la adolescencia. Muy bueno tendría que ser el libro, dirán, para producir ese engatusamiento. Lo era. Lo es. “El hombre y lo divino” no solo es una pieza clave de la biografía intelectual de la escritora, sino supone una de las reflexiones más profunda, más culta y más bella que se han escrito hasta el momento sobre la relación entre el ser humano y el fondo último de la realidad, la zona oscura que palpita en el interior del hombre y cuya manifestación en el mundo del pensamiento constituye lo divino. Con posterioridad a este libro, se han editado otros de semejante temática. Pero ninguno posee la riqueza poliédrica que en su acercamiento al fenómeno religioso exhibe el libro de María Zambrano. Zambrano adereza su reflexión con elementos antropológicos, culturales, filosóficos y místicos. Son sus instrumentos para señalar las raíces que el hecho religioso posee en la naturaleza humana y las causas del ocultamiento moderno de lo sagrado. Pocos como ella trabajan con el lenguaje, pocos modifican los códigos expresivos en la búsqueda de la fuerza creadora y del propio conocimiento a través de la palabra escrita. Es el fundamento de su “razón poética”, como la denominaba; una manera de introducirse en la realidad y de plasmarla a través de imágenes bellísimas, enunciando y a la vez argumentando, uniendo filosofía a creación poética. “Decía Unanumo que los poetas son los verdaderos filósofos”, me confesó aquella tarde en que fui a verla a su domicilio.

Mi objetivo, pues, se centraba en “El hombre y lo divino”. Había tenido la gentileza de figurar como introductor ante la escritora el poeta Antonio Colinas. Antonio era un amigo fiel de María. Con el tiempo redactaría una de las más acertadas y bellas lecturas que se han escrito sobre “El hombre y lo divino” en “El sentido primero de la palabra poética” (2008). Pero María Zambrano aquella tarde ejerció de máxima vestal, estableciendo las reglas de la ceremonia. Le importó poco que yo resultara paisano suyo. Ella deseaba hablar de otra cosa. Me autorizó a grabar la conversación, que luego perdí. No obstante, mantengo las notas de la visita, que han permanecido durante veinte años en un rincón por resultar para mí insólito el tema de conversación aquel día. No imaginaba las vueltas que iba a dar mi vida ni en dónde terminarían por descansar en el futuro mis nostalgias. Pasados los años, al recuperar mis notas, comprobé que guardaban el mismo hilo conductor de algunos escritos suyos por mí desconocidos entonces.

La catedral

“¿Conoce usted Segovia?”, me espetó nada más sentarme frente a ella. Yo, en realidad, la había visitado en un par o tres de ocasiones, pero no la conocía. Ahora sé que no la conocía en nada. Siguió: “¿Se ha fijado que en Segovia todas las calles se encaminan hacia arriba, y que en ese punto en el que parecen unirse el cielo y la ciudad se levanta la catedral? No el Alcázar, sino la catedral. Es ese el lugar donde la luz brilla con más fuerza e ilumina a los humanos. Es la luz de la claridad”. La luz es un elemento omnipresente en la filosofía de María Zambrano. No puede entenderse su pensamiento sino en la búsqueda constante de la luz entre las sombras más oscuras que acechan el alma. Ese juego noche-oscuridad y claridad-luz está muy presente en su obra. “Qué inmensa soledad la del que no ha contemplado, ni siquiera por una sola vez, la luz de la Aurora. Qué inmensa soledad sin Aurora, qué desorientación”.

Un escrito suyo sobre San Juan de la Cruz —“De la noche oscura a la más clara mística”— incide en el juego de oscuridad e iluminación del que hablaba. Junto a otro bello escrito, este denominado “Un lugar en la palabra: Segovia”, componen un precioso libro de la editorial segoviana Cerviche, que lleva el título de este último, y que cuenta con fotografías de la ciudad firmadas por Mario Antón Lobo. La luz y la oscuridad. Pero también el agua; el agua agente de vida, uno de los elementos sobre los que los presocráticos fundaron su teoría filosófica y que en Segovia se transmuta en orden, en rígido orden. La conducción del agua en la ciudad posee una lógica exquisita, cuya expresión máxima es el Acueducto. María Zambrano lo dice con palabras justas: “en el agua no es corriente la precisión ni el orden; su naturaleza la lleva a desbordarse o a escasear. En Segovia, sin embargo, el agua está encauzada con belleza y con esa racionalidad tan precisa que aplicaban los romanos a sus obras de ingeniería”.

Pero el agua en la ciudad también está protagonizada por los ríos (“El Clamores solo se hace presente por el ruido”, precisaba tirando del juego de palabras). Los dos ríos, el Clamores y el Eresma, no rodean sino que delimitan y definen la ciudad, “corriendo por cauces de modo y significados muy diferentes”, escribe, “en dos vertientes que vienen a ser como dos sistemas esenciales de una misma historia; dos dimensiones —inevitable siempre la dualidad en lo humano— de una historia y su misterio”.

En un momento determinado de la charla, María mandó a una persona que estaba en casa que le trajera de su habitación una postal con una Virgen. Me dijo el nombre, que no apunté. Por Jesús González de la Torre y su libro “María Zambrano en Segovia” deduzco que no pudo ser otra que La Fuencisla. Me contó María cómo bajaban con las amigas corriendo, con la falda al aire, desde la Plaza Mayor al Santuario, en donde pasaban la tarde jugando y cantando mientras formaban un corro alrededor de un árbol. Y en ocasiones se acercaban a la iglesia templaria de la Veracruz, desde la que existe un magnífico panorama de la ciudad erguida sobre la roca. “En Segovia aprendí a mirar”, me dijo. En ese libro del que hablaba, González de la Torre recuerda una anécdota sobre el lugar en donde la escritora concluyó “El sueño creador”, una interesante obra en la que se enfrenta a Freud. Y ese sitio fue la ciudad de Veracruz, en su exilio mexicano. María recuerda: “esa palabra me lleva a Segovia, a nuestra querida iglesia de la Veracruz…en su interior conserva el lignum crucis, que (…) tiene propiedades iniciáticas, aunque España siempre ha huido de la iniciación”.

El Valle de los Templos

Y junto a la Veracruz, las otras iglesias que componen el “Valle de los Templos”, que circunda el Eresma, a los pies de la ciudad pétrea: el primer templo es el de San Lorenzo, en el barrio medieval de su nombre, con su torre de ladrillo, ejemplo de la comunión entre románico y mudéjar, entre el cantero cristiano y el alarife moro; la alta torre, digo, abrasada, requemada por el sol “era y sigue siendo”, precisa, “un lugar sagrado, un lugar del sol en su máxima potencia”. El siguiente templo de este especial recorrido es San Vicente el Real “edificado en las ruinas de un templo dedicado a Júpiter”, eso al menos es lo que dice la tradición, apostilla. Y después El Parral. Santa María del Parral, ejemplo de “la plenitud de la ciudad y de Castilla toda”.Hablamos de la segunda mitad del siglo XV, cuando la corte se aposentó en Segovia con Enrique IV y cuando luego Isabel se hizo proclamar reina en el atrio de San Miguel. Y poco más allá, junto al río, San Marcos, quizá una de las primeras iglesias de Segovia en el antiguo barrio del pan. “Sin San Marcos el Alcázar segoviano tendría algo de quimera que se ha posado obstinadamente”. Lamento no haber podido contemplar, en esta Semana Santa del 2020, el traslado del Santo Cristo de San Marcos —de larguísimo brazo: imponente talla de la escuela castellana de principios del XVII— a la catedral, uno de los momentos más bellos del Viernes Santo. Y enfrente de San Marcos, a la vera del Santuario de la Fuencisla, el convento de los carmelitas. Tenía especial atracción María Zambrano por S. Juan de la Cruz. “Hay santos escritores sermoneadores, meditadores y hasta filósofos, pero poeta, así, poeta como lo es San Juan, ¿no será tal vez un caso sin par? ¿Qué religión es esta del Carmen que permite la poesía, que la engendra?”

El siglo XVI

Segovia del siglo XV y Segovia del siglo XVI. Segovia en la que Santa Teresa funda su palomarcico a la sombra de la catedral nueva, todavía no consagrada, y en donde San Juan escribía de “música callada” y “soledad sonora”. “¿Cómo sería (la ciudad) cuando un Santo poeta era su poeta y su Santo…?” Es la Segovia en la que se yergue la mejor réplica de la Iglesia del Gesú, de Roma, obra de Vignola, cual es la Iglesia de la Compañía de Jesús. Un protobarroco que contrasta ante el hartazgo —Segovia la harta— de románico. En el convento anexo a la iglesia impartió clase de filosofía, y se ordenó sacerdote en 1572, Francisco Suárez, “el último escolástico y el primero de los filósofos modernos”, junto a su coetáneo Michel de Montaigne. Tenía devoción María Zambrano por San Juan de la Cruz he dicho. Como la tenía por el Cristo Yacente de Gregorio Fernández (1631-1636), que está depositado en la catedral: “Blanco, blanco, el Cristo blanco como la luna, como del que habló Unamuno en el Cristo de Velázquez, blanco con gotitas rojas”, dice. Miguel de Unamuno escribió una de las poesías más conmovedoras en lengua castellana, en la que describe al Cristo con unas bellísimas imágenes. “Blanco tu cuerpo está como el espejo/ del padre de la luz (…)/ blanco tu cuerpo al modo de la luna/ que muerta ronda en torno de su madre”. Bien distinto ese Cristo del que “anduvo en la mar” que prefería otro segoviano de adopción, Antonio Machado. María Zambrano tenía siempre a Unanumo como referente. También mantenía cordial relación con Antonio Machado, en el recuerdo de su padre Don Blas Zambrano, su amigo. En la parte trasera del Torreón de Lozoya, la que da a la calle Grabador Espinosa, hay una placa que recuerda que por esos lares, subiendo y bajando la empinada cuesta, correteaba María de niña, camino de la plaza —el punto donde la luz refulgía para los humanos— o del Acueducto. “Vea usted, amigo Machado, cómo conviene amar las cosas grandes y bellas, porque ese acueducto es el único amigo que nos queda en Segovia”. Machado recogió esta conversación con Blas Zambrano salida de un sueño, y se la trascribió en una carta a María en 1938.

Al levantarnos para irnos, esperando —en vano— poder volver otro día, le dije: “Señora, no hemos hablado de lo sagrado ni de lo divino”. Me contestó con una pizca de indolencia: “recuerde la cita con que comienza mi libro”. Pertenece a la Vida de Plotino, de Porfirio: “Dijo (Plotino al morir): Estoy tratando de conducir lo divino que hay en mí a lo divino que hay en el universo”. En eso consiste todo.