María de Pablos Cerezo.
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Me imagino a María de Pablos y a María Zambrano andorreando de niñas por las calles de Segovia. Corre la segunda decena del siglo pasado. Posiblemente ninguna de las dos gozaría entonces de una salud envidiable. Todavía no había despertado la excepcionalidad que albergaría después el talento de ambas. Las dos eran distintas. María de Pablos más retraída, más ensimismada. María Zambrano más curiosa, más viva. Cuenta esta última en su libro “Dossier: A modo de una autobiografía” cómo en esa época soñaba con ser un templario, esos particulares caballeros mitad monjes y mitad guerreros que según la tradición de la época levantaron la iglesia de la Vera Cruz que tanto le gustaba de pequeña. Después descubriría, en la otra vera del camino a Zamarramala, el Convento en el que San Juan de la Cruz pasó la parte de su existencia que más brilla literaria y espiritualmente. La vida de María dio un giro radical en cuanto a sus preferencias. San Juan no le abandonaría nunca.

Me vienen a la mente estas imágenes mientras me deleito escuchando el poema sinfónico “Castilla”, de la protagonista de esta historia, María de Pablos. Es 19 de julio y en el Teatro Monumental de Madrid hace mucho calor. La orquesta de RTVE, dirigida por José Luis Temes, desgrana las notas de esa pequeña joya musical, pero ni un abanico entorpece la audición; ni un carraspeo se interpone entre la orquesta y el oído del público. Dice el programa que supone el estreno moderno de la obra. Y no miente. Se interpretó por primera vez el 1 de julio de 1927 en un concierto dirigido por el maestro Bartolomé Pérez Casas, en el Teatro Cómico de Madrid. Con esta obra y con “Ave Verum”, un breve motete con acompañamiento de coros y órgano, María de Pablos se alzó con el premio de composición del Conservatorio de música. María tiene 22 años y demuestra una gran versatilidad tanto en la composición como en la orquestación de su obra, adaptándose con facilidad a diversos géneros y estilos. El 6 de julio lo contaba “El Adelantado de Segovia”, que felicitaba con alborozo a sus padres y a su profesor Corrado del Campo.

Los apenas veinte minutos del poema sinfónico “Castilla” están llenos de color y de luz. “Castilla”, de Maria de Pablos, es la luz en estado puro. Se respira el hálito de compositores como Manuel de Falla en la alegría de la pieza; y la riqueza del maestro granadino y de otros como Richard Strauss en la orquestación, en la utilización valiente de nuevos elementos sonoros en la búsqueda del cromatismo al que antes aludíamos. Porque la compositora –y es lo que sorprende en una chica de 22 años- demuestra conocer a la perfección el impresionismo del Claude Debussy de “La Mer” o de “Suite Bergamasque”. En algunos pasajes de la obra, en los que María se libera de la tonalidad eliminando las repeticiones, las reexposiciones y los signos de simetría emerge el primer Schönberg. La segoviana podía haberse contentado con el folklorismo colorista de Turina o de Falla, pero levantó los ojos y miró hacia Europa en donde Mahler y Schönberg triunfaban. Quien conozca la obertura de Tristán e Isolda de Richard Wagner reconocerá también la huella del maestro alemán en la joven compositora.

Pero lo que más sorprende en “Castilla” es que las referencias ni son una amalgama ni un puzle ni anulan la voz propia de la creadora; María de Pablos, con una habilidad impropia de una chica tan joven, sabe imponer su personal estilo de armonía y de colorido en la orquestación y le da a la pieza la duración justa para no traicionar su objetivo de no repetirse, cosa por cierto que algunos de los citados con anterioridad no midió del todo bien en alguna de sus composiciones (¿Han reparado en los 45 minutos que dura el dúo amoroso en el segundo acto de Tristán e Isolda?).

Artistas olvidadas
La segoviana pertenece por derecho propio a la otra Generación del 27. Y en concreto a una pléyade de mujeres que se hicieron presentes en un panorama en el que la presencia femenina no era lo normal y que en ocasiones –sobre todo en el plano musical, como luego veremos- se les miraba con complacencia paternalista en el mejor de los casos cuando no con una no disimulada hostilidad. María comparte cartel en la historia de la cultura española de la época con figuras como Concha Méndez, Margarita Manso, Maruja Mallo, Marga Gil-Roësset, Josefina de la Torre, Remedios Varo, Ángeles Santos, Ernestina de Champourcín, Rosa Chacel, Maria Teresa de León, María Zambrano, o con pioneras en materia deportiva como Margot Moles y Ernestina Herreros.

Si la Generación del 27 supone la edad de plata de la literatura en España, estas artistas –poetas, novelistas, escultoras, pintoras, músicas- suponen la edad de oro de la cultura femenina española. Eran mujeres cuya obra brilla en ocasiones más que la de sus congéneres masculinos, pero sobre las que se ha posado una sombra que las ha ocultado por décadas que terminan pareciendo siglos. Quizá porque tras la guerra civil y la dictadura franquista el exilio interior y exterior pesó como losa muerta sobre sus cabezas. Exilio más condición femenina es un sumatorio cuyo resultado es el olvido. Ellas mismas eran conscientes de ello. Un poema estremecedor de Josefina de la Torre lo refleja a la perfección: “Ignoro en qué ciudad/ y si llegará el día/ en que vuelva a sertirme descubierta”. También el siglo XVII tiene su buena representación de mujeres brillantes, pero estas del primer tercio del XX eran rompedoras, transgresoras, vanguardistas, cultas, abiertas a nuevos aires. Cuenta la gran Maruja Mallo cómo un día Federico García Lorca, Salvador Dalí, Margarita Manso y ella misma decidieron quitarse el sombrero y pasear por la Puerta del Sol con la cabeza desnuda. Los insultaron, los increparon y hasta estuvieron a punto de apedrearlos. La ausencia de sombreros y tocados y el pelo corto matizaban la diferencia sexual, cosa no bien vista por la mojigatería de entonces. A estas mujeres, muchas de ellas pertenecientes al Lyceum Club, las llamaron “Las Sinsombrero”. Vivían con sus compañeros, viajaban con sus compañeros, bromeaban con sus compañeros, pero la igualdad a la hora de la valoración de sus obras no experimentaba semejante paridad. Los mismos que compartían asueto, cama, locuras y libros desplegaban después un silencio cuando de lo que se trataba era de reconocer la luz propia que emergía de sus obras. Y cuando se reconocía era con tono de complacencia o virilizando a la artista. Su talento se consideraba un talento masculino; se sorprendían, como hizo Juan Ramón Jiménez refiriéndose a la escultora Marga Gil Roësset, de que una mujer fuera capaz como lo era ella de expresar en su obra el dolor y el desamparo. Cuenta Concha Méndez –editora y escritora- que cuando Gerardo Diego publicó en 1932 su “Antología de la poesía española” agarró un enfado monumental al comprobar que no había ninguna poeta femenina. “Tú nos excluirás”, le vino a decir, “pero yo debajo de la falda llevo un pantalón”. Otra vez la figura del varón. En la reedición de 1934 incluyó a Ernestina de Champourcín y a Josefina de la Torre, dos magníficas autoras con derecho propio a figurar en cualquier antología que se precie.

Compositoras pioneras

Si esto ocurría en la literatura y entre compañeros, qué decir de la música, una disciplina que en esos años era un “hortus conclusus” o casi para la mujer. La única compositora incluida en el repertorio de la Orquesta Filarmónica de Madrid (OFM) ha sido María Rodrigo (1888-1967) como recoge en su tesis doctoral sobre la formación musical Miriam Ballesteros. Fue el 16 de marzo de 1917 cuando la Orquesta estrenó en el Teatro Price su cuadro sinfónico “Alma española”. María Rodrigo fue la predecesora de María de Baños en las lides de la composición. Como ella, se formó en el extranjero, en este caso en Alemania, y gozaba de un interesante palmarés. La obra que estrenó la OFM había sido compuesta en Münich. La crítica de su presentación madrileña fue demoledora. José Subirá, con un tono paternalista no exento de prejuicios por razón del sexo, comenzaba su crítica con estas palabras: “Desearía excusarme de mencionar la deficiente calidad de este producto artístico, en atención a que la señorita Rodrigo es una de las compositoras que trabajan con más ardor y con más entusiasmo, por lo cual debe alentársele”.

Ese estado poco propicio a la recepción de la obra de la mujer en paridad con la del hombre también lo conoció Maria de Pablos. Después de conseguir el primer premio de Composición del Conservatorio y de estrenar su “Castilla” y el “Ave verum” aparece una entrevista que le realiza el profesor de la OFM Mariano Miedes en la “Revista Musical de Córdoba”. Al propio Miedes no le cabía sino reconocer que a pesar del avance de las mujeres en las artes era habitual en la profesión considerar que estas obras gozaban de imperfección técnica y de amaneramiento.

María de Pablos superará a lo largo de su corta vida profesional cuantas limitaciones se va encontrando en el camino, aunque visto con la perspectiva de los años se echa de menos que Pérez Casas, el director de la OFM, no le diera más oportunidad a su obra que la que concedió al principio, en el año 1927, a “Castilla” y a “Ave verum”. Aún así De Pablos en cierto sentido es una excepción como lo fueron María Zambrano, una de las discípulas predilectas de Ortega y Gasset – “Ningún discípulo mío tiene su inteligencia”, reconoció Ortega-, o Maruja Mallo, protagonista de la única exposición que en 1928 dedicó la Revista de Occidente a una artista.

No fue impedimento que María de Pablos no perteneciera al grupo del Lyceum club o de la Residencia de Estudiantes. María, como las pintoras Ángeles Santos y Remedio Varo, formaba parte de las artistas de provincias que con firmeza pero con humildad, sin alharacas ni trazos gruesos, se abrían un hueco en el panorama cultural español. Tan poco claro debía de ver su familia el futuro de la mujer músico en la España de entonces que le obligaron a opositar en julio de 1926 al Cuerpo Auxiliar Femenino de Correos.

La primera becaria

Pero en aquellos años su camino seguía siendo el musical. En el verano de 1928, solo un año después de su triunfo en el Conservatorio, María de Pablos gana por oposición la plaza de residente-músico en la Real Academia de España, convirtiéndose en la primera mujer pensionada en la categoría de música en la venerable institución, fundada en 1873 y situada en el Gianícolo, lugar en el la tradición dice que fue crucificado San Pedro y en donde los Reyes Católicos mandaron a Bramante levantar el extraordinario Templete.

Su irrupción en la Academia causó problemas domésticos. Se ha dicho que María no poseía la soltura ni la vocación rasgadora de costumbres de sus compañeras de generación, “Las Sinsombrero”. A Roma le acompaña su madre y pretenden que el director les permita vivir fuera de las habitaciones situadas alrededor del magnífico claustro. Pero Miguel Blay no cede. Las condiciones de la convocatoria exigen la convivencia de los artistas becados en el interior del recinto. Al final se llega a un acuerdo y habilitan una habitación en la que residen juntas. María está a punto de cumplir veinticuatro años. Contrasta con la libertad emancipadora que se traslucía en el comportamiento de una Maruja Mallo o de una Concha Méndez por poner solo dos ejemplos. Quizá se escondiera detrás de esta situación la fragilidad de ánimo de la artista. Su vida en Roma la describe Pilar Serrano en un interesante artículo sobre estos años de la compositora, publicado en la revista “Melómano”, y Mariano Gómez de Caso en su impagable monografía sobre De Pablos. Su primer trabajo como pensionada fue “Sonata Romántica”, una obra en cuatro movimientos para cuarteto de cuerda que estrenó el 26 de mayo de 1929, hace ahora 90 años, con motivo de la inauguración del nuevo local de la Casa de España en la capital italiana. María refulge. El estreno de la obra es acompañado por la interpretación al piano de dos piezas de Manuel de Falla, la “Danza molinera” y la archiconocida “Danza del amor brujo”. Poco después, tendrá la oportunidad de compartir con sus paisanos su cuarteto de cuerda. Es el 19 de diciembre de ese mismo año y el escenario el Teatro Juan Bravo. “El Adelantado de Segovia”, siempre atento a las novedades de la ciudad, calienta el ambiente durante los días previos y el 20 de diciembre Allegreto le dedica un extenso y emotivo artículo cuya lectura todavía hoy enternece.

Las condiciones de la beca establecían la estancia en Roma por un periodo de cuatro años con formación musical en el extranjero. Se dedicaba a ello generalmente los dos últimos años. Sin embargo, al poco de cumplirse el año María decide marchar a París, a la École Normal de Musique. No es un sitio cualquiera. Allí va a encontrar a dos grandes figuras de la enseñanza y composición musical del momento: Paul Dukas y Nadia Boulanger. A Paul Dukas lo hizo popular Walt Disney con esa joyita que es “Fantasía”, en donde se reproducen fragmentos de su obra “El aprendiz de brujo”. Con Nadia Boulanger me voy a permitir la ligereza de recordar que proyectó su imagen pública el ser la profesora que había elegido la protagonista de “Love Story”, Jenny, para profundizar en sus estudios.

María se integra bien en París. Conoce a compositores españoles como Joaquín Rodrigo y Jesús Arambarri. De ella dice la Boulanger: “ha hecho un gran trabajo lleno de imaginación. Tiene reales dotes artísticas”. Pero la vida da giros inesperados. De Pablos pide un permiso de tres meses a la Academia y vuelve a Madrid. Ya no regresará a la capital francesa ni a Roma. Prepara nuevas oposiciones, trabaja como profesora en el Conservatorio y en cuatro años solo escribe una obra: “La cabrerilla” (1934). En los años cuarenta es ingresada en el Sanatorio Esquerdo de Carabanchel donde permanece hasta su muerte en 1990, posiblemente aquejada de problemas psicológicos. No fue la única de su generación. La pintora Ángeles Santos padeció de brotes psicóticos y de depresión y Marga Gil-Roësset se suicidó después de destruir parte de su obra. En las niñas genios, por su condición de mujeres precoces y de artistas en una época y en un mundo de hombres, no es raro observar alteraciones mentales debido a la ansiedad que les produce la relación con la obra pretendida y en tantas ocasiones tan exigida como no valorada.

Sea como fuere, la sombra del olvido se desplegó sobre una autora cuyo recorrido, por su juventud y valía, hubiera sido inmenso en circunstancias normales.

En su vuelta a la luz concurren dos circunstancias. Una, producto del azar. La otra, del tesón. Cuenta el director José Luis Temes que un día un anticuario ofrece unas partituras al Ministerio de Cultura. Entre ellas estaban las de María de Pablos, ahora objeto de estudio. En la otra historia el protagonista es Mariano Gómez de Caso que, buceando en los archivos del Adelantado de Segovia e hilvanando sus publicaciones con otra documentación, teje de manera somera pero detallada la vida de María de Pablos.

Y entonces sucede algo infrecuente en las administraciones públicas. El Ayuntamiento de Segovia reacciona con prontitud y decide tomar las riendas en el revival de la compositora. Hoy, una calle de Segovia se denomina María de Pablos; hay un concurso internacional de mujeres compositoras con su nombre y la Fundación Don Juan de Borbón ha encargado la transcripción de la obra encontrada y un estudio sobre ella a Pilar Serrano. Por su parte, la Filarmónica de Segovia se suma a la iniciativa organizando en diciembre pasado, con motivo de su centenario, el mismo concierto que conoció la ciudad en 1929 y en el que estuvo presente la compositora. Todo sea porque el olvido no hinque por más tiempo sus fauces sobre estas mujeres, grandes por pioneras y como artistas. Mujeres que formaron la otra Generación del 27, cada vez menos olvidada, cada vez menos oculta.