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Dice Manuel Vilas que supuso un cambio en su trayectoria literaria ganar el Gil de Biedma del 2005 –premio que concede la Diputación Provincial de Segovia– con ‘Resurrección’, un libro desgarrador, de poesía antilírica, narrativa, de crítica social pero en el que los sentimientos se entremezclan, al ser expuestos, con lugares, paisajes y referencias culturales.

Fue la primera vez que el escritor (Barbastro, 1962) llegaba a Segovia. Ayer volvió para participar en el día grande del ‘Hay Festival’. Desde ‘Resurrección’ han pasado 15 años. En ese tiempo Vilas se ha consolidado como uno de los grandes narradores en lengua castellana. Narrador por excelencia, como ejercicio literario, sea en poesía o en prosa.

En el 2018 pegó un bombazo editorial con ‘Ordesa’, entonces bajo los auspicios de Alfaguara. Un hachazo verbal en el que se cuenta la historia de una familia sociológicamente media en la España de la década de los sesenta. Una autobiografía que no tiene misericordia, ni respeta los lugares comunes o convencionales desde el punto de vista narrativo. Ni le concede un ápice a los sentimentalismos –ni al victimismo autocompasivo- tan propicios después de experimentar la muerte de una madre, el suicidio de un abuelo y la incapacidad de un tío para enfrentarse a la vida.

Media hora antes de entrar en La Alhóndiga, Manuel Vilas se explica ante el periodista: “No hay nada inventado en el libro. Casi no tengo imaginación. Como dice Marcos Giralt, no hay ficción pero hay invención; los hechos son reales, aunque en la interpretación, en la plasmación sobre el papel se utilice la subjetividad, siempre inseparablemente unida a la memoria”.

‘Ordesa’ fue declarada el mejor libro del 2018, y dejó de ser el diario de un náufrago sentimental para convertirse en un best-seller de alto voltaje literario. Como decía un crítico, ni el nombre era llamativo, ni la portada espectacular ni el autor habitual de los cenáculos literarios, y sin embargo esa inteligencia narrativa que mezclaba momentos de fiereza con episodios tiernos ganó a los lectores. “Me llevó trabajo. Hice varias versiones. Dudaba. Era una introspección autobiográfica, y me preguntaba a cada instante qué escena de la infancia tenía que introducir y cuál no”. ¿Hubo autocensura? “Claro. Tenía que acertar en lo que podía contar, porque implicaba la vida de tu familia”.

Después de ‘Ordesa’, llegó ‘Alegría’, finalista de la pasada edición del Premio Planeta. Vilas cambiaba de editorial, pero la impronta de ‘Ordesa’ seguía. “Ordesa surgió de un hijo que escribe sobre una madre que acaba de morir. Ahora me faltaba, en un proceso natural, casi biológico, contestar a la pregunta de qué ha pasado en tu vida en el momento en que te conviertes en padre. Alegría es un libro sobre mis hijos; un intento, un poco angustioso también, de conectar, de ser puente entre padres e hijos. Ahí reside uno de los misterios de la vida, que es ese papel de mediador entre dos generaciones. Ordesa trata el misterio de ser hijo y Alegría trata el misterio de convertirse en padre”.

‘Ordesa’ comienza con un párrafo magistral, a sumar a tantos inicios que han quedado en el recuerdo: “Ojalá pudiera medirse el dolor humano con números claros y no con palabras inciertas”. ‘Alegría’ principia también con un golpe en el estómago del lector, aunque deja entrever el rayo de luz, misterioso sin duda, que describe José Hierro en la antepágina del libro: “Llegué por el dolor a la alegría./Supe por el dolor que el alma existe”.

Y ahora, ¿qué? “Estoy con una novela nueva, cuya pantalla de fondo son unos personajes que están viviendo el confinamiento. Tengo problemas de carácter literario para valorar la relevancia sociológica del confinamiento. En las últimas novelas que he leído los protagonistas no llevan mascarillas, y de repente me pregunto, ¿qué pasa aquí?, ¿tendrán que salir personajes con mascarillas en las novelas futuras? ¿Va a dejar esto huella en nuestra memoria o se pasará como se pasó la gripe del 18? Estoy reflexionando sobre ello y esta reflexión se ha convertido en el motivo de la nueva novela que estoy escribiendo”.

La exitosa troupe aragonesa

Sergio del Molino es uno de los responsables de que el término ‘España vacía’ pasara de ser una realidad sociológica a un éxito literario. Ayer comía en una terraza segoviana poco después de cumplir con su compromiso en el ‘Hay Festival’. Aprovechaba los tímidos rayos del sol entre nubes tras la tormenta, que daban especial color a la caliza tan particular de la catedral. Del Molino tiene ahora en los anaqueles de las librerías ‘La piel’ (Alfaguara), una dolorosa autobiografía que transciende la anécdota, como ya hiciera en ‘La hora violeta‘, terrible relato de la vida con un hijo que la pierde por momentos.
Del Molino, como Manuel Vilas, como Irene Vallejo, como Ignacio Martínez de Pisón –que no ha acudido en esta ocasión- componen la pléyade de actuales escritores de éxito que han nacido o vivido en Zaragoza. Tres de ellos –Del Molino, Vilas y Vallejo- son destacados columnistas, y dos –Vilas y Pisón- tienen como referencia a ese ‘amado monstruo’ que fue Javier Tomeo.