La batalla de las Ardenas.
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EDUARDO JUÁREZ

Es mi amigo Chus Jordá hombre de pocas palabras, pero intensas. Geólogo, arqueólogo e historiador, ama tanto la docencia, investigación y formación de jóvenes cachorros como la protección y preservación del patrimonio histórico. Quizás por ello, por la pasión que pone en todo aquello, de un tiempo a esta parte no deja de recordarme el odio que los vecinos de este Real Sitio deberíamos sentir hacia Samuel Bronston o, mejor dicho, hacia la memoria dejada por su huella en el municipio.

Este ruso de origen moldavo y estadounidense de adopción tuvo a bien dedicarse a la industria del cine en aquellos años dorados en que la magia llenaba por completo aquel negocio. Rodeado de estrellas legendarias tales como Chartlon Heston, Sofía Loren, Ava Gardner, David Niven, Henry Fonda, Robert Ryan, James Mason, Rip Torn o el malvado Stephen Boyd y con la promesa de unir una gran difusión internacional a un buen negocio, Samuel Bronston consiguió engatusar al General Franco para rodar un puñado de películas hoy consideradas clásicos del cine hollywoodiense. Capaz de construir el mayor decorado de la historia en Las Rozas para “55 Días en Pekín” e incluso de lograr permiso para filmar en el mismísimo palacio real de Madrid, no es extraño que Bronston acabara por descubrir el Paraíso en el que tengo la suerte de vivir.

Así, a principios de los años sesenta, consiguió autorización para rodar en el embrión de lo que es hoy en día Parque Nacional, iniciando una tendencia cinematográfica estudiada perfectamente por José Manuel Martín Trilla y Mayte Isabel en un pasado número de sus necesarias Crónicas Gabarreras. Sin duda podemos decir que gracias a Samuel Bronston han campado a sus anchas por este Real Sitio romanos, visigodos y bárbaros; albaneses furiosos, nazis desalmados y bandoleros patriotas asesinos de afrancesados. Entre los pinos de Cuatro Caminos algunos fuimos capaces de ver a James Earl Jones con melenaza decapitando a Nadiuska en un paraje que, desde aquel momento, es conocido como “Andeconan”. Ya saben, por eso de que Jorge Sanz correteara aquel cargadero como trasunto infantil del bárbaro Conan interpretado por Arnold Schwarzenegger. Otros tuvieron más suerte y pudieron admirar la belleza de Richard Chamberlain convertido en Aramis a la sombra de las secuoyas de la plaza del Palacio, la finura de Geraldine Chaplin jugando al mallo junto a la fuente de Anfítrite, a D’Artagnan, digo Michael York, saltando por los tejados con los bolsillos por los diamantes que Faye Danaway había robado para gloria del malvado Richelieu y al furibundo general Patton disculpándose entre insultos ante su división en el parterre de la fuente de la Selva.

Todo ello, toda esa fantasía capaz de convertir la casa de los Gentiles Hombres de Cámara en la solariega residencia del Conde de la Fère, la puerta principal de las Caballerizas Reales en una casa de postas de Estrasburgo y el hoy patio toscano del Parador de Turismo en manicomio de la España invadida por Napoleón, todo quedó absolutamente empañado por el rodaje de “La Batalla de las Ardenas”. Y no crean que la película es un bodrio como algunas de las películas citadas. En aquella ocasión, Samuel Bronston trajo al Real Sitio la recreación de la que habría de ser última ofensiva del ejército nazi antes de pasar a la defensiva camino de la destrucción final. Atacando a través del bosque de las Ardenas, compartido por Bélgica, Luxemburgo y Francia, Hitler intentaba frenar el avance aliado a finales de diciembre de 1944 y fijar el frente occidental, de modo que pudiera centrarse en el oriental, donde el ejército rojo corría ya desbocado hacia Alemania.

La película, dirigida por Ken Annakin y protagonizada por Henry Fonda, Telly Savallas, Robert Ryan, Robert Shaw o Charles Bronson, convirtió el Real Sitio Primitivo en las afueras de Bastogne, una de las ciudades belgas más castigadas por aquella terrible batalla. Allí se concentró lo más duro del combate hasta que apareció el furibundo general Patton con su división de tanques inmortales. Ese momento, el del ataque sobre Bastogne, coincide con el clímax de la película, justo cuando mi querido Chus Jordá empieza a maldecir cada vez que tiene la mala suerte de verlo.

En efecto, si prestan atención, podrán comprobar cómo las cargas de la artillería alemana fueron rodadas con fuego real, siendo uno de los muros y torreón del Palacio Real de Valsaín lo que salta por los aires. Y, por mucho que se restrieguen los ojos, lo hace cada vez que ven la película. Pueden grabarlo, como hizo un servidor, y ver el patrimonio histórico español volando por los aires en alabanza eterna al negocio despiadado y a la estulticia infinita de una sociedad que no aprecia ni un ápice el peso del pasado que atesora la herencia inherente al patrimonio.

Honestamente no sé cuántas veces habré intentado encontrar una explicación a un comportamiento criminal de tamaña osadía. Puede ser que el estado lamentable de Valsaín tras la destrucción que la ofensiva republicana de 1937 provocó incitara a usar las ruinas del poblado como tramoya más que realista. Después de todo, la Dirección General de Regiones Devastadas construía en ese momento el Barrio Nuevo con presos del Patronato Central de Nuestra Señora de la Merced. Cabría pensar, por otra parte, que el hecho de que la ruina del palacio fuera de titularidad privada eximía de responsabilidad al estado franquista, siempre que se obviara la certeza de que aquellos restos habían sido declarados Bien de Interés Cultural en 1928 para garantizar su supervivencia.

Sea como fuere, una parte importante del Palacio de Valsaín, el maravilloso edificio de Gaspar de Vega, voló por los aires, metáfora contingente del poco interés que aquel estado, éste y los que vengan, tuvo, tiene y tendrán, por la preservación y protección del patrimonio histórico español, única semilla que ha de unirnos como sociedad a la identidad que nos precede, perdida en la oscuridad de la ignorancia política que todo lo oscurece; que todo lo enfanga. Quizás por ello, los españoles seguiremos sonriendo al ver esa película y otras demostraciones de la falta de sentido común hacia lo que somos, otorgando premios a la memoria de aquellos cineastas y olvidando a los pocos que, como mi querido amigo, Chus Jordá, no cejan en defender lo que ya nadie recuerda.

Así que, después de todo, maldito Samuel Bronston.