Carlos Muñoz de Pablos y Eliseo de Pablos, en la presentación del audiovisual en el Teatro Juan Bravo. Kamarero.
Carlos Muñoz de Pablos y Eliseo de Pablos, en la presentación del audiovisual en el Teatro Juan Bravo. Kamarero.

¿Cómo se denomina el oficio que desempeña quien restaura, quien crea, quien sustituye, quien complementa una vidriera gótica del siglo XIII, del siglo XIV, del XV, del XVI? Decir vidriero suena a poco, a simple oficio artesano, a ejercicio rutinario. Nada más lejos de la realidad. El vidriero ejerce de químico y de físico. Manipula las leyes de la naturaleza para conseguir el color exacto; las altera para distribuir las fuerzas que presionan el cristal, y por medio de la plomada evita que la composición termine en añicos. Cualquier obra es buena si evita la superficialidad. Ser vidriero es ser alquimista. Ir al fondo. Rechazar lo evidente porque lo real no siempre encierra la belleza. El vidriero es aliado del fuego. Quien utiliza el fuego para alterar elementos administra una fuerza que destruye y otra que construye. Es la labor de Carlos Muñoz de Pablos como vidriero de catedrales, de universidades, de casas particulares.

El oficio de Carlos y de sus hijos Pablo y Alfonso sirve para iluminar lo inmenso, y eso es un prodigio, y más cuando no son ellos quienes crean la luz, simplemente la mesuran, la amplían, la distribuyen. Un vidriero es un dios civil que ayuda a superar la ausencia física de Dios. Pero que contribuye al anhelo humano por acercarse a lo divino. Eliseo de Pablos ha realizado una película sobre la familia Muñoz Ruiz ejerciendo su oficio. Que es más que un oficio. Es una dedicación. Una búsqueda constante. Intentar conseguir el amarillo plata, o el corinto perfecto, o la grisalla más intensa y a la vez más diluida para acentuar las carnaciones traspasa la artesanía.

Las vidrieras nacen con el gótico. Pretenden desmaterializar el muro. Hacer de la materia espíritu. Era en el pasado un oficio peculiar. Quien rompía las reglas en la transmisión del conocimiento se enfrentaba a penas durísimas. Los tratados que se escribían sobre la materia simplemente mentían. El acceso al conocimiento estaba restringido. La familia de Carlos Muñoz de Pablos ha tenido en ocasiones que partir de cero, que escudriñar en viejos trozos hallados, por ejemplo, en un rincón de la catedral de Ávila para recomponer saberes. Con paciencia atesoran la gama de un color en un cristal como Monet coleccionaba tonalidades cromáticas de la luz ante el Big Ben. Son las conclusiones que se aprecian en esta película que el director segoviano Eliseo de Pablos ha titulado Construyendo la luz. Se visión se enriquece después con la visita a la catedral de Segovia, la gran catedral, en donde las magníficas vidrieras de la primera mitad del siglo XVI casan muy bien con las salidas del taller de Muñoz de Pablos. Poco que ver con el románico –magnífico, por otra parte- de la ciudad. Todo él piedra. Las vidrieras son hermosas. Etéreas. Cuentan una historia en su iconología. Juegan con la luz y con el color. Reverberan la gracia.