Aquí la linea ya no es un componente psíquico más del cuadro sino que se la trabaja por dentro para que sea el auténtico protagonista. Óleo sobre tabla, 160 x 120 cm.
Aquí la linea ya no es un componente psíquico más del cuadro sino que se la trabaja por dentro para que sea el auténtico protagonista. Óleo sobre tabla, 160 x 120 cm.
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M.P.S.D.

Cuando, poco antes de morir, Jesús Mazariegos prologaba el catálogo editado sobre la obra de Luciano Esteban de Andrés, le calificaba de “soldado de derrota”. Con este adjetivo, describía a un soldado de la vida, hecho a sí mismo y, a la vez, la derrota entendida en dos sentidos. Por una parte, por su obra, fruto de su propio deambular en el tiempo, que le hace cambiar sus registros de artista como un barco marcando, al viento, la derrota de su rumbo, pero por otra, sin ser un hombre derrotado, los avatares de la vida que se han impuesto sobre su propia obra, marcándola con un acento personal que la hace diferente.

La exposición que podemos ver en las salas de la Alhóndiga es un resumen de esta derrota náutica porque discurren los pinceles de Luciano. Es segoviano de nacimiento y toda su existencia la ha pasado en nuestra ciudad, la cual, a través de sus paisajes y su luz, ha ido dando forma a sus trabajos. A los doce años entró en la que hoy se ha convertido en Escuela de Arte Casa de los Picos, entonces ubicada en el edificio del Esteban Vicente, donde perfecciona su capacidad como dibujante. Sus primeros dibujos, a lápiz o carbón, se definirán y terminaran por conformar la cualidad más marcada de sus trabajos. Debajo de las capas cromáticas siempre se deja ver su habilidad con el dibujo y, de esto, él siempre se ha enorgullecido y los trasluce en sus conversaciones, nunca lo olvida.

No podemos olvidar que, pese a que su vida siempre ha estado vinculada a Segovia, se empapó de las clases de dibujo y pintura en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Acudió durante más de doce años a clases que le permitieron dominar el tratamiento de desnudos, dibujando y pintando anatomías del natural. Su técnica mejoraría bajo los auspicios de artistas tan señalados como Antonio López, a quien la técnica pictórica y el dibujo se anteponen a cualquier otra idea a fin de dominar la realidad tal y cual la ve el ojo. Esta influencia y su dominio del dibujo conformarán a un primer Luciano, un pintor realista, a veces extremadamente realista. Sin bien, no sólo aprende del maestro, acude a clases con Julio López Hernández, Pedro Mora, Isidro Valcárcel Medina y otros muchos más cuya influencia también se aprecia en las obras del segoviano.

Sus años de formación también abarcaron temas como el modelado, la cerámica, la pintura al fresco, el collage y la pintura mural haciendo de él un escultor capaz de dominar materiales tan complejos como el hierro o la piedra, aunque su pasión por la pintura hará que estas otras disciplinas queden en un segundo puesto.

Sin embargo, en esta exposición encontramos a un Luciano Esteban que ha pasado por diferentes momentos de la vida, una vida que no ha sido fácil. Antepuso, muchas veces, las necesidades de su propia familia a su amor por el arte, dedicando a este último sus horas de descanso, su ocio personal. En parte se deja ver como un ser atormentado por sus propios fantasmas, y estos aparecen en su obra, asoman desde el fondo se sus cuadros a través de formas y colores, figuras humanas y paisajes.

Solemos entender que la tristeza, la duda o la tormenta interior, se plasman en los trabajos de un artista cuando éste se olvida de los colores y sus cuadros se tornan más sombríos, pero en Luciano, esto no es siempre así. Su obra, reflejo de su estado de ánimo, pero este se manifiesta mucho más en las formas de sus figuras que en los matices de sus colores.

En sus años de juventud, Luciano es un pintor realista. Su obra se presenta en sus retratos, en sus desnudos, algunos llenos de erotismo y sensualidad, otros lejanos y fríos como el hielo. Sus figuras son anatomías perfectas y equilibradas pero que se vuelven idealizadas hasta convertirse en seres irreales que nacen de la imaginación de quien las ha creado. Estas imágenes nos muestran a un Luciano vital, a un hombre que sale a la vida con intención de comerse el mundo y, pese a ello, los colores son tenues, matizados, a veces incluso fríos. Este Luciano pinta rápido, es ágil con el carbón, primero, y, luego, con los pinceles. Su mano está suelta y recorre el lienzo con rapidez. Hace nacer figuras perfiladas en sus contornos y coloreadas a golpes sueltos, cargado de pigmento.

En pocos años, Luciano pierde el interés por las figuras exentas, sacadas de su ambiente. Sus anatomías empiezan a encontrarse con el paisaje hasta fundirse con él. Primero en entornos urbanos, para después convertirse en manchas cromáticas sin aparente contacto con la realidad. Son momento en los que experimenta con el collage, donde objetos, colores, figuras y paisajes se mezclan perdiendo sus contornos propios para formar un todo indivisible y único. Esta es su manera de manifestar la capacidad de artista que, también, es palpable en sus oleos y acrílicos tanto sobre lienzo como sobre tabla. Incluso aparece sobre materiales de reciclaje que se convierten en cuadros tridimensionales tanto en las perspectivas que aprecia el espectador como en volúmenes que se salen del cuadro para transformarse en verdaderas esculturas.

A la vez que van transformándose sus personajes y fundiéndose con el paisaje, éstos van perdiendo su forma, de sus iniciales contornos perfilados se pasa desde las figuras, que a veces, son geométricas, con un guiño casi cubista, a otras hiperrealistas que el espectador tiene que encontrar entre las brumas del paisaje. Poco a poco, Luciano vuelve su pintura más sobria y limpia de formas para convertirla en líneas que marcan infinitos horizontes dividendo sus cuadros en dos, cielo y tierra. Dos planos encontrados en un infinito de colores radiantes, que brillan, que son cálidos, que envuelven a quien los mira.

Hacia el año 2000, Luciano empieza a pintar de otra manera. Sus obras ya no son realistas, se han convertido a un abstracto total y, sin embargo, el dibujo asoma desde el fondo. Luciano sabe dibujar y sus dibujos están presentes, se dejan sentir, es posible verlos. Ahora, sus paisajes dejan las líneas sobrias y perfectas, ahora muestran el esplendor desordenado de la naturaleza. Ahora sus obras se llenan de luz, de la luz que cada mañana, desde niño, ha visto reflejada en las laderas nevadas de Guadarrama. La misma luz que le ciega durante los calurosos días del verano de Segovia. La luz que riela en el aire límpido de la sierra.

Sorprende que, cuando la vida de Luciano, se endurece, cuando el dolor de la duda y los problemas afloran, su pintura se vuelve amable, luminosa, llena de vida. Es la derrota que el viento de su ánimo ha marcado en su obra. El sufrimiento de su alma se plasma, por el contrario, en colores vivos hasta el absurdo, rojos, añiles, verde y amarillos. Desaparecen sus figuras atormentadas y afloran paisajes infinitos, atardeceres radiantes, islas soñadas. Sus cuadros son la salida, el punto de encuentro entre el deseo de felicidad y la realidad. Son tormentas que han pasado, son cavernas que nos resguardan de la niebla pero que ya nos han marcado su salida, es la lluvia que ha dejado de caer o el volcán que erupciona con calma y sin estruendo. Son cuadros llenos de esperanza, de la esperanza del soldado de derrota en lo que se ha ido convirtiendo Luciano a los largo de su vida.

Hay que darle las gracias por dejarse ver. Quien mira con atención, verá a un hombre que es capaz de manifestarse a través de sus cuadros, de sus figuras, de sus composiciones y colores, verá a un hombre que habla con sus pinceles llenos de pasión y de mensajes por descubrir.

Sala de Exposiciones La Alhóndiga (Segovia), hasta el 2 de febrero.