‘Lost Dog’, con el rabo entre las piernas

La representación de ‘Cal y Canto’ convenció a padres e hijos de la oscuridad a la que pueden desterrar a un animal si lo dejan abandonado

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Es difícil entender la expresión ‘con el rabo entre las piernas’ hasta que uno no siente de cerca el cariño que puede llegar a dar un perro, y la vitalidad con la que éste expresa su felicidad, moviendo el rabo de un lado a otro como si fuese el limpiaparabrisas de un coche en el día más lluvioso, hasta que no se tiene uno cerca. En el día a día. En el recibimiento al llegar a casa o en la alegría del reencuentro. Entonces es cuando comprendes que algo va mal cuando el rabo, en vez de erigirse con fuerza, se esconde con miedo entre las patas del animal.

Perro Perdido, ‘Lost Dog’, la obra de la compañía Cal y Canto juega, no se sabe si de forma consciente o inconsciente, con esta expresión a lo largo de todo su espectáculo; una obra que quizás los niños no llegan a entender del todo, pero para la que cuentan con el acompañamiento de sus padres, que sí alcanzan a ver toda la oscuridad de la función. En la prórroga de la obra, el tiempo de preguntas desde los aplausos hasta casa, los más pequeños comienzan toda esa batería de cuestiones que siempre comienzan con un “y ¿por qué…?” Así sucedió también, cuando al finalizar el primer turno del espectáculo (hubo dos funciones) los niños abandonaban la sala de Exposiciones del Teatro Juan Bravo de la Diputación haciéndose preguntas que los padres, y también la directora de la compañía, Ana Ortega, contestaban con comprensión y paciencia. También con verdad de la cruda; la que había acompañado al perro, una marioneta a la que ciertamente habían dotado de vida y de tristeza, desde que había sido abandonado por sus dueños en mitad de una carretera hasta que un golpe, un atropello de suerte, había hecho que alguien más humano y menos animal le recogiese de en medio de otra carretera. Entre medias, callejones, prostíbulos, contenedores de basura, refugios de vagabundos, peleas pactadas de perros, manifestaciones, perreras y kilómetros y más kilómetros de soledad habían visto pasar con el rabo entre las piernas a Perro Perdido.

Y es que el espectáculo juega en todo momento con un escenario en el que en el único instante en el que se ven los rostros de los humanos es cuando éstos se sitúan al mismo nivel de vida que el perro, como en la escena en la que el vagabundo lo lleva con él a su guarida. El resto son piernas y piernas y más piernas que expresan de forma muy interesante lo lejos que quedan esos ojos que no ponen ni el mínimo interés en ver el sufrimiento por el que pasa Perro Perdido en esos momentos en los que está con el rabo entre todas esas piernas. La música de bolero y los ruidos lejanos hacen el resto; escuchar a un único niño decir “pobrecito” bastaba para saber que el objetivo estaba conseguido.