Refugiados Curso Espanol Accem
Un grupo de refugiados de Accem asiste a una clase de español en la sede de la organización. / KAMARERO

El cierre de fronteras y las restricciones a la movilidad durante la pandemia han cambiado el perfil del solicitante de asilo en España y, por ende, en la provincia. Antes de la pandemia predominaba el refugiado de Latinoamérica (Colombia, Venezuela u Honduras) y en los últimos meses ha sido reemplazado por personas de origen subsahariano, principalmente procedentes de Senegal o Malí. Llegan menos migrantes, lo que da un respiro a una red muy exigida en tiempos recientes, pero requieren un trabajo igual de exigente, tanto por el idioma como por las heridas psicológicas de un viaje traumático.

Cada migrante tiene su propia circunstancia e itinerario; lo más habitual es que dejen el continente en patera y lleguen a Canarias. La consecuencia de la presión migratoria es que Accem tiene ocupadas sus 60 plazas de primera acogida en Segovia. En un siguiente nivel -la acogida más a largo plazo- tienen ocupadas la mitad de las 36 plazas, un proceso que dura entre 18 y 24 meses para personas vulnerables. El requisito es que durante sus seis primeros meses de estancia en España hayan solicitado protección internacional.

El reto de la autonomía

“Nuestro trabajo consiste en potenciar y trabajar la adquisición gradual de autonomía”, subraya la coordinadora provincial de Accem en Segovia, Marta Arboleda. El primer obstáculo es la barrera idiomática. “Estamos muy centrados en que aprendan el español porque es el puente para la integración”. El reto es cubrir las necesidades básicas de estas personas y dar las habilidades para esa vida independiente. Ello incluye una orientación sobre la cultura de la sociedad de acogida y formación orientada a la inserción en el mundo laboral. “Se les diseña un itinerario individualizado en el que se les orienta desde cómo hacer un currículo a explorar todas las posibilidades que tengan aquí. Lo que queremos es que se integren y tengan un trabajo”.

La organización ha llevado a cabo planes de prevención contra el Covid homologables a las de cualquier otro sector, desde mantener distancia de seguridad al uso obligatorio de mascarilla. En el hostal en el que residen hay turnos de comida para evitar congregar a demasiadas personas en un mismo espacio y han reducido el número de alumnos en el aula, un espacio fundamental para el aprendizaje del idioma. Antes de llegar a Segovia o de efectuar cualquier traslado dentro de territorio español, todos los solicitantes de asilo tienen que acreditar una PCR negativa.

Accem tiene ocupadas sus 60 plazas de primera acogida, un proceso que dura hasta 24 meses con personas vulnerables

Por lo demás, no hay un control rutinario de pruebas y siguen el mismo protocolo sanitario que cualquier otro ciudadano. Sin pruebas periódicas y atentos a los síntomas o los contactos directos. “Como nosotros tenemos habitaciones de sobra, tanto en los pisos de acogida como en los centros, se les aísla y se les facilita toda la comida o medicación. Y están en la habitación en cuarentena, igual que cualquiera de nosotros en nuestra casa…”.

El luto migratorio

Frente al perfil anterior procedente de Latinoamérica, que en muchos casos afrontaba un luto de estatus -venían con una formación muy elevada en sus países de origen que no es reconocida de forma inmediata en España-, el refugiado subsahariano recupera el luto migratorio, con las heridas anímicas del desgarrador proceso de dejar el país de origen y los enormes riesgos del tránsito. “Tenemos una psicóloga que les ayuda a abordar ese duelo migratorio”.

La meta de esa labor de integración constante es que la rutina diaria sea lo más normalizada posible. Son grupos que tienen como afición estrella el fútbol; así invierten gran parte de su tiempo libre. “Están muy centrados en el aprendizaje del idioma”. Los trabajadores sociales hacen acompañamientos con ellos para empadronarles, obtener la tarjeta sanitaria, acudir a revisiones de todo tipo o asistir a las citas periódicas en comisaría.

El sistema de acogida cubre esas necesidades básicas de alojamiento y manutención, con una filosofía de atención inmediata. “Nosotros trabajamos el aquí y el ahora”. La pandemia ha dado un cierto respiro a un colectivo que en los años previos estaba al límite de sus posibilidades. “Ahora hemos tenido un momento de parón; para todo, no solo para nuestro sector”.

El sector teme que la reapertura de fronteras aumente la presión con gente que lleva meses esperando salir

Arboleda asume el riesgo de “colapso” que puede darse en el futuro debido a los ciudadanos que quieren salir ahora de sus países y no pueden hacerlo por las restricciones. El miedo es que haya un tapón que salga con demasiada fuerza en la próxima normalidad. “Creemos que sí. Si abren fronteras… Estamos viendo las realidades, cómo está Colombia. Si ya estaba mal antes, imagínate ahora”. En cualquier caso, confía en la flexibilidad del sistema. “Nosotros nos vamos adaptando. El trabajo social se va modificando en función de las necesidades de estas personas vulnerables. Lo más normal es que podamos amoldarnos. ¿Que viene un tapón? Pues lo afrontaremos de la mejor manera”.

Arboleda subraya que estamos aún en un momento demasiado cercano a lo peor de la pandemia como para valorar qué consecuencias puede tener en la red de acogida internacional. Terreno fértil para intolerancias, es previsible que haya reticencias como un cierto miedo a lo foráneo, un pilar del discurso de la extrema derecha. Su diagnóstico es que la sociedad segoviana responde con la misma filosofía de brazos abiertos. “Que andemos con más cuidado es normal, pero en todos los sectores, desde los refugiados al periodismo. Nosotros no hemos notado ningún recelo”. Pese a las penurias de los últimos meses, Segovia, pese a los tiempos aciagos, puede seguir presumiendo de ser un lugar de acogida.