González Iglesias, segundo por la derecha, fue el galardonado en la última edición del premio. KAMARERO
González Iglesias, segundo por la derecha, fue el galardonado en la última edición del premio. KAMARERO
Publicidad

Ángel González Pieras

Manolo Vilas, flamante finalista del último Premio Planeta y autor del superventas “Ordesa”, me confesó hace tiempo que su salto a la fama literaria se produjo con “Resurrección”, el libro de poemas con el que ganó el XV Premio Gil de Biedma hace catorce años, y que se sentía más ligado a él que a cualquier otro galardón anterior y posterior. Y razones no le faltaban. El reconocimiento cambió su manera de encarar la poesía y la literatura: su estilo irreverente y airado, a ratos irónico, a ratos sarcástico, esconde la misma emoción que se deducía del título “Osario de los tristes”, el primer libro de poesía de este barbastrense con quien tuve la suerte de compartir buenos momentos en mi juventud. Pero la manera de trasladarla al papel es bien distinta. Y en la literatura, como en la ética, las formas juegan un papel sustancial. También luce con fuerza la tristeza en “Ordesa”, como si ya formara parte de la marca de la casa, aunque quizá alertado por el peligro de las etiquetas haya querido resarcirse de ella en “Alegría”, su última obra y finalista del Planeta, como se dijo.

Trece años antes, el premio había ido a parar a Juan Carlos Mestre con “La poesía ha caído en desgracia”. Mestre, ganador antes del Premio Adonais, presentó al Gil de Biedma un libro fantástico, que tanto tiene que ver con el poemario de Vilas, aunque el estilo –realismo sucio del aragonés frente a surrealismo del berciano-, parezca diferenciarlos en un primer momento: constituyen las dos obras una poesía escrita desde la imaginación, pero una imaginación rabiosa que a través del verso o de la prosa amalgama de manera lúcida y militante pensamiento, conciencia, sentimiento y escritura. No es una poesía social que entronque con los Celaya o los Otero, pero sí es comprometida, reivindicativa, un reverso de la añoranza de los valores espirituales ligados al cristianismo y un engarce con el mundo urbano contestatario con los modos del neoliberalismo.

Desde el reconocimiento a Mestre –que logró con posterioridad del Nacional de Poesía y de la Crítica- el premio que convoca la Diputación de Segovia se ha convertido en el más prestigioso de los otorgados en España para reconocer una obra poética inédita. Ha sido la suya una trayectoria tan fecunda como excitante. Repasando el listado de ganadores y la calidad de sus trabajos no se puede llegar a otra conclusión: Juan Carlos Mestre, Antonio Hernández, Fernando Quiñones, Clara Janés, Manolo Vilas, Jaime Siles, Juan Antonio González, Jorge Urrutia, Victoriano Crémer o Santiago Castelo componen una pléyade de nombres que encierran lo mejor de la poesía española contemporánea. El Gil de Biedma ha rescatado con igual donosura a viejas glorias –Crémer, Quiñones, Hernández- que premiado a autores jóvenes con poca obra en su curriculum, aunque bien es verdad que no ha cumplido por el momento el papel del Adonais en el descubrimiento de un autor desconocido hasta la fecha ni rematadamente joven, y quizá esta ausencia constituya hoy su principal debe .

En los libros que edita Visor se pueden encontrar desde sonetos o cancioncillas andaluzas –como los de Antonio Hernández en “Sagrada forma”- al verso narrativo y descriptivo del poema “Melancolía”, de Santiago Castelo, pero en realidad el libro “La sentencia”, de quien fue subdirector de ABC, es una amalgama en la que caben también las canciones, los sonetos y los poemas puros. La obra de Carlos Aganzo, “Las voces encendidas”, tiene una rara y bella musicalidad que le proporciona su envoltura jazzística, mientras que la de Clara Janés, “Los secretos del bosque”, parece responder a esa leyenda hindú según la cual la vida de la persona pasa por cuatro estados, el tercero de los cuales se sitúa en el bosque con el fin de ir buscando en la comunión con la naturaleza el paso a la desnudez final, última etapa del ser en la tierra. Nada tiene que ver este libro bello, de evidente sabor oriental –en ocasiones sus poemas son haikús desarrollados-, y que tanto la acercan a la poeta malagueña María Victoria Atencia, con el verso desgarrado, roto, con la rudeza de un gargajo o de un erupto de Manolo Vilas. Pero esa es la riqueza del Gil de Biedma y el enorme gozo que supone la andadura en su colección para quienes creemos que la poesía no es un lugar adecuado para cobardes ni tampoco para insensibles.

Un año excepcional
El año 2018 reunió en su máximo galardón y en el accésit dos libros excelentes de sendos grandes poetas: Jaime Siles y Rafael Courtoisie. Creo que ha sido la edición más completa, por la altura de las dos obras premiadas. El libro de Siles, “Galería de rara antigüedad”, de una limpieza, coralidad y gusto por las imágenes y las estampas clásicas, es una breve joya que supone, para quien esto comenta, lo más maduro de este escritor, crítico y catedrático de Filología latina que en su día fue el más joven de los “Nueve Novísimos” compilados por Josep María Castellet. Siles reivindica la Antigüedad Clásica como imagen de lo que perdura, de lo que no está sujeto al vaivén de los tiempos ni al correr de las modas. La vejez, los años, la experiencia, carece de futuro si no se proyecta como un espejo en el que al reflejarse la cara de quien se mira se vislumbra también la esencia del tiempo y de las cosas. Los héroes del pasado: Héctor y Aquiles, Patroclo, Príamo, Helena, Agamenón no son seres mortales, nunca morirán. Nosotros sí. Pero vivían como si consumieran la existencia a cada bocanada y con el deseo de traspasar las fronteras del Hades y de quedar en la memoria de los hombres y de los poetas. Catorce años antes, Jorge Urrutia, con “El mar o la impostura”, también se acercó a “La Iliada” como metáfora de la vida como viaje en la que se llega a dos conclusiones bien sencillas, y de tan sencilla hasta simples: las cosas, al fin y al cabo, son como son las cosas y no hay que creencia que se sostenga más allá de la duda.

Si el libro de Jaime Siles se desparrama por la Antigüedad desde un amor profundo por los clásicos –es decir, por Grecia, sobre todo, y por Roma,- el accésit del 2018, “Antología invisible, de Rafael Courtoisie, es una alcancía cultural en la que el autor asume distintas voces para plasmar con igual intensidad una manera de concebir al ser humano y a la escritura El autor uruguayo realiza el ejercicio inverso a la heteronimia: no se diluye, como Pessoa, en distintas voces, sino que suma las distintas voces –el libro intercala frases en inglés, y voces de autores que pudieron ser: la sombra de Borges es alargada- en una obra que podía haber logrado el máximo galardón si no se hubiera topado en el camino ese año con el gran Siles.

Premios del 2019
Esta edición pasada los derroteros no se han alejado mucho de la poética del año anterior, aunque el jurado haya apostado de manera evidente por la sencillez como paraguas bajo el que se desarrolla el discurso literario. La búsqueda del verso fácil, claro, sencillo, ha dado resultados excelentes en la poesía española: ahí están los ejemplos de Luis Alberto de Cuenca, Eloy González Rosillo, Luis García Montero y Miguel D´Ors, excelsos poetas con obras que se citan entre lo más granado de la lírica en lengua castellana de los últimos decenios. Estos autores han llevado a su máxima expresión literaria el consejo de Maese Pedro en “El Quijote”: “llaneza, muchacho, no te encumbres, que toda afectación es mala”. Y también han desarrollado en su obra la filosofía de la poética que en 1998 fijó Martínez Mesanza: “la poesía es un medio, nunca un fin, y por ser conocimiento debe aspirar a la claridad”.

No anda muy lejos J.A. González Iglesias con “Jardín Gulbenkian”, el último premio Gil de Biedma –después de haber sido Accesit en 1997, con “Esto es mi cuerpo-, de esos presupuestos teóricos antes avanzados. En su universo se encuentran el canto a la belleza, el revival de los ritos griegos y latinos –es compañero de profesión de Jaime Siles-, la comunión entre la palabra y la naturaleza o la cosmovisión que tiene su origen en el estrecho margen de un jardín, bien sea el de la Fundación lisboeta, la viña horaciana o el edén bíblico. Es un libro que rezuma clasicismo y sencillez, hedonismo ascético y gusto y cultura que no apabullan, sino que excitan el conocimiento y el placer de la lectura.

El accésit también toma color con el aire campestre. “La huerta de los manzanos” lleva la firma de Ángel Fernández. Su estilo gusta, como en el caso de González Iglesias, de la sencillez en el verso, pero la manera de acercarse a la realidad social y personal de su infancia leonesa echa mano de un realismo mágico que no le hace ascos ni a la poesía narrativa ni a símbolos descriptivos, y que en ocasiones lo emparentan no solo con el gusto iberoamericano sino también con la “Nueva Sentimentalidad” bautizada por Luis García Montero y Alvaro Salvador a principios de los años ochenta. “Ese perdido reino/ donde cualquier política tiene forma de beso”. Y en donde en cualquier beso, en cualquier gesto familiar del abuelo minero, puede encerrarse la más feroz de las revoluciones o la más ácida y a la vez sutil de las críticas sociales.

Treinta años
La próxima convocatoria será la trigésima, tiempo ya suficiente para asegurar, sin dejar lugar al equívoco, la solidez del proyecto. A los nombres que conforman el palmarés se unen la categoría del jurado, que se repite año tras año sin bajar el listón. Y no me refiero solo al Rafael Alberti, presidente del Jurado en sus inicios, porque este igual se apuntaba a un tiro que a un bombardeo, sino a intelectuales y escritores de la talla de Víctor Garcia de la Concha, Mario Benedetti, Caballero Bonald, Antonio Colinas, Luis Alberto de Cuenca, Luis María Anson, José Hierro, Juan Manuel de Prada. Las ceremonias han conocido momentos curiosos, como cuando Víctor García de la Concha y Juan Carlos Mestre discutieron sobre la naturaleza y la grandeza o inutilidad de un partido de fútbol con la misma pasión con la que Marinetti observaba extasiado la belleza de la velocidad. Pero también tristes. Tal fue el caso de Santiago Castelo, que no pudo disfrutar del premio que se le había otorgado por haber fallecido previamente después de una larga enfermedad que se deduce en parte de su libro, y en especial en el poema “La otra orilla”, con el que lo cierra.

No vendría mal que aprovechando la circunstancia del cumpleaños se volvieran a editar algunos de los títulos que hoy se encuentran agotados y que se elaborase una antología con su correspondiente estudio de estas tres décadas que seguro que serviría para actualizar el por otro lado excelente ensayo “Poesía hispánica peninsular (1980-2005)”, del profesor Antonio Jiménez Millán.

En todo caso, los segovianos tenemos que estar orgullosos de lo que supone para la cultura española un premio como el Gil de Biedma, de tan significativa advocación, demostración del trabajo bien hecho de un organismo oficial y que supone una riqueza inmaterial que añadir a nuestro ya de por si excelso patrimonio cultural.