Alameda de la Fuencisla. / Kamarero
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En el devenir del tiempo ocurren cosas extraordinarias que rompen la cotidianidad normal. A veces es una jornada festiva que pasa a los anales del lugar en que se produce. Otras algo tan normal como el nacimiento de un ser humano al que el tiempo señala por sus virtudes, su valor, su esfuerzo o por lo negativo, que también los hay y ocupan su espacio, que mejor sería olvidar que tener presentes. Pero todo ello es parte de la Historia y ha de figurar en ella.

El tiempo no para, a unas generaciones suceden otras y la lejanía en el calendario de los que viven en cada momento, va olvidando a unos y otros. Sin embargo cada una de esas vidas es una página viva de nuestra memoria colectiva que debe ser conocida por los que les suceden, para ser fieles con lo que se llama tradición o, acaso mejor, fidelidad con el conocimiento de los que nos antecedieron y hasta puede que estemos beneficiándonos de sus tareas, de sus esfuerzos y, quien sabe, si de sus ilusiones teniéndonos a nosotros en sus mentes y en su voluntad de servirnos. En la especie humana la concatenación ha sido una impronta irrenunciable que le ha permitido avanzar.

Ocurre que nos hemos acostumbrado a disfrutar, o a sufrir, situaciones que para nosotros son normales pero que antes no fueron así, hasta que alguien tomó la decisión de transformarlos, domeñando o construyendo, a sabiendas de que sería bueno para ellos y para los que les siguieran, y tal vez, sin que a ellos les alcanzaran las ventajas de su tarea. Puede haber ocurrido muchas veces que esos seres, decididos y generosos, sean alcanzados por el desinterés, la ignorancia o el desapego de la historia llevándolos al olvido. Quiero ahora recordar algunos nombres que, para bien o para mal, sabes lector lo que hicieron?. Fernando de Avendaño, Manuel de Zuazo, Luis de Mexia, Ramón de Salas, Valentín Cardiel, Martín Fernández Portocarrero, Paco Guillén Salaya, Fermín Cubero, Frutos Rubio. Qué sabes de Alonso de Ledesma, Cardillo de Villalpando, Juan de Segovia. Pedro de Fuentidueña y de otros más próximos?. Todos, de una u otra manera, sirvieron a Segovia y dejaron su huella en beneficio de esta Tierra, además de una pléyade que les acompaña. Todos, cada uno bregando con sus armas en las más diversas actividades, aportaron prestigio, o dejaron inquietud, pero todos fueron segovianos que hoy están olvidados. Puede que injustamente olvidados y el lector juzgará cuando lea. Trataremos, si el tiempo nos da para ello, de acercarte a sus vidas y a su obra. Y, con ello, recuperando su recuerdo.

Tal fue la tarea que abordó el Brigadier Ramón de Salas, en esta Segovia nuestra, allá por mediados del siglo XIX. Para ir entrando en su conocimiento el lector debe saber, como antecedente, que el Eresma no siempre estuvo encauzado como ahora por los parajes de La Fuencisla. Durante muchas siglos antes el río causaba destrozos y eran frecuentes las inundaciones y las enfermedades causadas por las aguas estancadas, sobre todo lo fue para la comunidad de Trinitarios ubicados en los bajos del actual convento del Carmen, que Juan de la Cruz, al construir el suyo para “los Descalzos”, subió de cota para evitar aquellos males a los frailes de los que era prior. Los Trinitarios salieron huyendo de allí como alma de lleva el diablo, el de verdad -no del exhibicionista de la calle San Juan- para encontrar nuevo y mas sano acomodo en la Plaza del Mercado, en un sólido edificio que acabó siendo luego, y así lo hemos conocido, como Hospital Militar.

Las aguas del Eresma, volvemos al tema, lamían los cimientos de la vieja ermita, luego hermoso santuario de La Fuencisla y causaban daños evidentes de difícil arreglo y no poco costosos, que no era fácil sufragar. Colmenares nos da noticia de alguna de aquellas salidas de madre del río, que no eran entonces raras por esos parajes.

Nos dice el cura de San Juan en su “Historia de la Insigne Ciudad de Segovia”: “Ese mismo día, sábado veinte y cinco de agosto, padeció nuestra ciudad una calamidad repentina y grande. La noche anterior pasó de occidente a oriente un espantoso nublado, que asombró la ciudad con pavorosos truenos y relámpagos; descargando en las faldas y valles de Peñalara y Siete Picos con tan furiosos torbellinos, que moviendo los peñascos arrancaba los pinos de cuajo. Creció el río tan de repente y tanto, que despertando la ciudad al estruendo que traía, pensaron la gente que se acabó el mundo. La madre es estrecha y peñascosa, llena de batanes y molinos; el río traía gran muchedumbre de árboles y peñascos, todo lo atropellaba. Arrancó la puente de Palazuelos y cuantos batanes y molinos hay hasta San Lorencio. De allí, abajo al convento de los Huertos, se explayó algo; con que los religiosos tuvieron tiempo para sacar el Santísimo Sacramento a lo alto de la huerta; subió la agua tres varas en la iglesia y casas; y no la arrancó por estar a la resaca. Arrasó los molinos y huertas y tumbó la puente Castellana, llevando muchas casas de aquel arrabal. En el molino de San Lázaro la molinera oyendo el ruido y avenida, subió por una niña que tenía en una cuna; y creciendo con brevedad increíble, arrancó molino y casa; que en el ensanche que el río hace en aquel recodo se conoce cuan copioso era el diluvio. Fue la molinera con la niña en los brazos asomada a una ventana pidiendo a voces confesión y socorro, hasta que topando en la puente se desbarató la fábrica, y se hundieron para siempre. De aquella puente llevó solo los petriles; señal de su buena fábrica en lo angosto y furioso del ímpetu; si bien la ampara el recodo que hace al molino. Arrancó el de los Señores; y esplayándose en lo llano de los lavaderos y el soto, amansó en aquellas llanuras. Despoblóse la ciudad al ruido y al estrago; del cual a todos alcanzaba parte, ya en los paños, ya en la harina, que tenían en batanes y molinos; y desvalidos de una lástima en otra no paraban hasta el soto, donde todos concurrían y desmayaban viendo aquel caos y muchedumbre confusa de árboles, peñas, maderaje, camas, arcas. y todo genero de entre casa y vestidos, que desmembrado en piezas las cubría aquellos campos; muchas cabalgaduras, lechones y aves que cogiéndoles (por ser tan de mañana) atados y encerrados no pudieron librarse. Era mucho y lastimoso el destrozo de paños, jergas y costales de harina, que en menudas piezas se veían entre aquella broza; piedras y raíces de árboles tan gruesas y grandes que competía la admiración con la lástima, y la mayor fue que de ocho a diez personas que se ahogaron, ninguna pareció para darle sepultura, con que todo era tristeza y llanto. Arrancó dos puentes, seis batanes, once molinos, y más de cuarenta casas. Averiguóse haberse perdido más de trescientos paños, los más velartes finos, que entonces se fabricaban muchos. Halláronse muchas cosas por el río a diez y a doce leguas de la ciudad. En suma este daño en más de quinientos mil ducados. Comenzaron desde entonces tantas lluvias en toda España, que los ríos llevaron sembrados y anegaron pueblos sin cesar hasta el agosto del año siguiente”.

He querido ofrecer al lector esta textual descripción del historiador solo con la intención de concienciarle en las calamidades que el Eresma causaba con harta frecuencia. Hasta que los segovianos, lo que hoy decimos ser la sociedad civil, se propusieron acabar con tanto desaguisado. A tal efecto se creó una asociación con el laudable deseo de restablecer y conservar el culto a su amantísima Patrona “concibiendo la grandiosa idea de variar el curso del río, abriendo al efecto un cauce por medio del peñasco” ahí estaba el reto para todos los segovianos y de cuya dirección se hizo cargo el Brigadier Salas.

Ya antes “La Devoción de la Fuencisla” que es como se llamaba la asociación, había elevado el 12 de enero de 1846 “una reverente exposición al ilustre Ayuntamiento en el que declaraba sus deseos. acudiendo a la protección municipal y recabando su cooperación eficaz”, en palabras del no menos insigne Tomás Baeza.

Cierto es que el municipio, sin más espera, lo remitió al día siguiente a la Comisión de Propios la que emitió rápidamente su favorable informe. En resumen, y por no cansar al lector, que resueltos todos los trámites se arremangaron unos y otros y se pusieron a la obra. Merece la pena recordar los nombres de aquellos generosos segovianos que hicieron tanto para llevar adelante la no fácil obra. Así que, con absoluto desprendimiento, de la dirección de las obras se responsabilizó el teniente coronel de artillería Brigadier Ramón de Salas, el arquitecto sería Ildefonso Vázquez de Zúñiga y el Maestro de Obras el carpintero Guillermo González. Era entonces Fontanero Mayor de Segovia José María Pérez. Siendo capataz de obras Andrés Mazas y carpintero encofrador Ignacio Morales.

Y como entonces, igual que ahora, los trabajos y materiales había que pagarnos y a los operarios y suministradores, se determinó invitar a los párrocos a que fueran al ánimo de los feligreses invitándoles a contribuir a la realización de tan necesaria obra.

Que fue un trabajo comunitario lo atestigua Baeza en su crónica :
“ …. se fueron animando, viendo los progresos, haciendo donativos de dinero y trabajo personal. Unos vecinos de Santo Tomé y de Torredondo asistían con sus carros para sacar las piedras y trasladarlas a los sitios marcados. Trabajaban otros de Zamarramala, Bernui y Encinillas. Y aún a algunas personas muy decentes de Segovia se las veía emplearse en los trabajos más mecánicos, como es sacar tierra y conducir piedras”.

Nos dice, también puntualmente, que la pólvora se compró, al inicio, en la hacienda pública (se ve que ya entonces la hacienda era muy explosiva) Y después se compró en la artillería, si bien que esta solo cedía la que se encontraba deteriorada para el servicio militar. Al final fue Su Majestad quien cedió gratis toda la necesaria, la cual “se depositaba en una de las ermitas de San Juan de la Cruz”.

Para garantizar los fondos se idearon otros medios de recaudación, a más de las voluntades generosas, como fueron rifas cuyos resultados llegaban a la obra. (Acaso aquí Baeza, nos quiere decir que había otras rifas y tómbolas cuyo fruto no llegaba donde tenía que acabar). Así que, a lo que parece fueron los segovianos los que, con el refuerzo personal y sus aportaciones, los que resolvieron el cauce del río para seguir evitando los efectos malsanos de las avenidas y constantes inundaciones, hasta que el Brigadier Salas se puso a la tarea. Resumiendo, que el 16 de octubre de 1846 quedó terminada la obra que había sido solicitada al ilustre Ayuntamiento el 12 de enero anterior “en reverente exposición”. A eso, hoy lo llamaríamos eficacia.

Al final fueron satisfechos 1137 jornales, no se estimaban en esta estadística las aportaciones vecinales que fueron otras tantas. Pero, además, y a esto se llama una crónica puntual, Baeza nos señala que el coste pagado fue de 112.150 reales, de los cuales 10.500 fueron ya donativos particulares. Se utilizaron 45 quintales de pólvora, que equivalían a unos 4500 kilos, lo que se tradujo en 1960 barrenos que sin duda hubieron de alterar el silencio del lugar y la tranquilidad de las carmelitas en coro, oficios y claustro. Pero bien valía la pena aquel sacrificio y esfuerzo de todos. A lo que parece, los vecinos de San Marcos, como aún no se habían inventado las pancartas, tampoco protestaron y sí, como consta, ayudaron a tan evidente buena transformación del roquero.

El Brigadier Salas, interesado, el que más en que se llevará acabo su obra, proyectó y realizó la publicación de un Boletín de La Fuencisla como medio de informar al público de los progresos de aquella y de proporcionar, a la vez, algunos recursos con el sobrante de la venta. Pero destinado al brigadier a Portugal finalizó esta publicación, de la que solo se imprimieron 10 números, cuyos productos no alcanzaron a cubrir los gastos de impresión y papel. Es lo que había, majos, el Whatsapp no se había inventado todavía.

Sabemos, porque nos lo dice Baeza, que Salas llevó adelante la obra hasta el 11 de agosto de 1846. El artillero hubo de salir al frente de su “batería de montaña” formando parte de la división que iba a Portugal. Es lo cierto que con aquella obra, el empeño necesario y la pólvora, quedaba culminado el cauce en 1846, concretamente el 16 de octubre. No ofrecemos más nombres propios que los ya citados y, especialmente el de Salas, por cuanto fue Segovia entera, autoridades dispuestas y pueblo afanoso, quienes se volcaron en aquella necesaria liberación del cauce para poder continuar la no menos urgente (acaso mayor) tarea como requería el “desmonte de peñascos” y de la explanación de todo el amplio terreno que se abría ante el Santuario, atormentado por constantes humedales y no pocas inundaciones y desprendimientos de roca. Pues, como Baeza sigue contando,: “…el tiempo hizo conocer, por desgracia, que el cauce y el relleno, verificado en el primer período de la obra, no llenaban el fin que se estableció sobre seguir casi en el mismo estado el peligro de los cimientos por las aguas que se filtraban así del río como de las fuentes y manantiales ocultos, formándose de unos y otros, pantanos que hacen insano el terreno. Además enormes masas de la peña Grajera amenazaban desprenderse y aplastar al Santuario con la casa del administrador”.

Y así ocurrió que el 14 de abril de 1852, a las 10:15 de la noche el barrio de San Marcos y Segovia entera corrieron al oírse un terrible estrépito causado por el desprendimiento de grandes masas de piedra, sobre la cornisa donde se levanta la ermita de San Juan de la Cruz. ”Los escombros obstruyeron completamente el camino; pero no causaron mal alguno al Santuario con estar tan próximo al sitio de que cayeron”.

Parecía que aquel lugar tan querido de los segovianos, en el que se alojaba su venerada patrona y madre, estuviera perseguido por la desgracia permanente. Así que, armados de coraje y sin apenas recursos, ahora la conferencia de San Vicente de Paúl tomó la iniciativa de lo que habría de terminar con la incertidumbre y secular castigo para tan amado sitio. De ahí nace el deseo de rellenar todo aquel vasto terreno para alcanzar lo que hoy disfrutamos como hermosa Alameda del Santuario. Es lo cierto que los trabajos, que no hubieron de ser pocos, se iniciaron el 16 de febrero de 1857, superada ya la grave carestía (así llamaban antes a las crisis) del año anterior que sumió a Segovia en no pocas circunstancias difíciles.

En lugar de ponerse la primera piedra (de piedra estaban todos hasta el copete) fue el gobernador eclesiástico quien hecho la primera esportilla a los incómodos hoyos (le vendrá de aquí el nombre de la cuesta que bordea El Pinarillo, puesto que nace en esta explanada)?

Es muy descriptiva la exposición que nos llega desde Baeza, cuando después del ejemplo del gobernador volcando la espuerta nos narra: “…a cuyo ejemplo muchos de los presentes cogieron otras, y empezaron a trasladar tierra y piedras ,operación en que diversos días se veía ocupadas a muchas personas notables de la ciudad, sin que les arredrarse la molestia inherente a un trabajo de ellas desconocido y despreciando con humildad las hablillas de algunos imprudentes”. Al fin y al cabo dicharacheros a habido siempre.

No deja de ser curioso el detalle de la Reina que hizo concesión de 12 pinos “ de su acreditado Pinar de Valsaín”, destinados a la construcción de un puente sobre el cauce abierto por Salas y que facilitara el paso al otro lado del río, de donde habrían de trasladarse los escombros de la ruina del hospital de San Lázaro y la tierra y piedras que pudieran ser trasladadas para ir rellenando el profundo bodón que se abría delante del Santuario.

Al mismo tiempo que la obra especial de Nuestra Señora de la Fuencisla iba desmontando los salientes del risco, que amenazaba el Santuario y rellenaba con orden el inmenso hoyo, se cuidaba de ir formando un camino en dirección a la puerta principal de aquel con el laudable objeto de que lo estrenara la venerada imagen al hacer su solemne bajada, que tuvo lugar el 13 de septiembre del mismo año. Así se verificó el camino que inicialmente solo tenía 18 pies de superficie pero por él pasó la solemne procesión, de la entrada de la virgen al Santuario, por primera vez, por la puerta principal el 12 de septiembre de 1857, pues antes salía y entraba por la del atrio. Después se fue ensanchando hasta lograr un grato valle plagado de árboles y el remanso de una pequeña glorieta donde se construyó una escalinata elíptica que da paso a la puerta principal.

Aquello que eran pantanos y desigualdades se convirtió en lo que hoy disfrutamos, en una espléndida alameda que arranca de una iniciativa del Brigadier Salas, lo que originó la protección del Santuario y al convertir aquel espacio en uno de los más gratos que hoy presenta la ciudad, se acortó entonces el camino de salida, dando una dirección recta desde San Marcos al arco de la Fuencisla y es de creer que se logre una inmensa planicie ( ya realidad para nuestro gozo) “donde con el tiempo se establezca la romería de septiembre”, según Baeza.