No duda al hablar. Contesta a las preguntas con la firmeza de quien atesora una extensa carrera de intensa investigación y dedicación a desarrollar una ‘teoría de la inteligencia’. José Antonio Marina (Toledo, 1939) es una de las mentes brillantes de este país. Es filósofo, ensayista –es autor de cuatro decenas de obras en solitario y otras tantas en colaboración- y pedagogo. Lo cierto es que no fue esto lo que siempre le interesó. Le apasionaba el baile. Pero, una vez que finalizó Bachillerato, se topó con la realidad: no había escuelas de danza. Pensó en estudiar Historia del Arte, en aquel momento, “unida” a Filosofía. Después de dos años, podría especializarse. Durante ese tiempo, tuvo una experiencia “muy importante”: descubrió que lo que de verdad le gustaba era la capacidad que tiene un bailarín de transformar el esfuerzo en gracia. Esto lo trasladó a muchas otras facetas y, en especial, al pensamiento. “Ver a una persona pensar bien, es un espectáculo”, asegura. Para pensar bien, hay que trabajar duro pero, quien lo hace, parece que no le cuesta trabajo. Lo mismo sucede, a su juicio, en todas las actividades creativas.

Marina también quería ser “una especie de detective cultural o de las ideas”. Su deseo era averiguar cosas. Y eso forma parte de la filosofía. A lo largo de su trayectoria, ha viajado por este campo de estudio, por la neurología, la lingüística y la psicología, y ha llegado al convencimiento de que, para comprender los asuntos humanos, es preciso conocer su historia. En esto juegan un papel clave los centros educativos. Precisamente, acaba de publicar una nueva edición de una de sus grandes obras, ‘La educación del talento’, en la que desarrolla cómo fomentarlo entre los niños y niñas. El talento es un asunto primordial. Sobre todo ahora, en un mundo dominado por “la superficialidad de las redes y la petulancia del presente”, sostiene.

— Buena parte de su labor investigadora la ha dedicado a desarrollar una ‘teoría de la inteligencia’ que comienza en la neurología y termina en la ética. ¿De qué premisa parte?

—La función de la inteligencia no es conocer, sino dirigir bien el comportamiento para ir resolviendo los problemas de la acción con que nos enfrentamos. Para eso tienes que saber manejar la información, regular las emociones, hacer proyectos y tomar decisiones.

—Una de sus mayores preocupaciones siempre ha sido conocer en qué consiste la inteligencia humana. ¿Por qué?

—Porque creo que es nuestro gran recurso y nuestro gran peligro. En mi último libro, ‘Biografía de la inhumanidad: Historia de la crueldad, la sinrazón y la insensibilidad humana’, lo que me pregunto es que por qué si somos tan inteligentes, hacemos tantas estupideces y tantas crueldades y atrocidades. ¿Qué nos pasa? ¿Qué raro mecanismo tenemos? Conocer cómo son esos mecanismos nos puede llevar a utilizarlos mejor y a evitar los desastres. Entonces, la teoría de la inteligencia enlaza en seguida con la teoría de la educación.

—¿Y cuál es la clave de esa ‘teoría de la inteligencia’?

—Es una teoría muy elaborada precisamente porque empieza desde la neurología, es decir, está basada en un trabajo científico y experimental muy complejo. Resumiendo mucho, la inteligencia humana es una inteligencia en dos pisos; hay una parte que llamo ‘inteligencia generadora’, de donde vienen las ocurrencias, que está funcionando sin parar, capta información y la elabora, y que no sabemos cómo funciona. No sabes por qué te gusta una persona, por qué estás reprimido o alegre… La ‘inteligencia generadora’ está continuamente produciendo cosas, y algunas se hacen conscientes y pasan al nivel de arriba, a la ‘inteligencia ejecutiva’, que es la que toma decisiones, da órdenes a la inteligencia de abajo…

La educación intenta desarrollar bien los dos niveles; el nivel generador, para que se tengan muchas y buenas ocurrencias, y educar al nivel de arriba para ser capaz de tomar buenas decisiones.

—¿Puede poner un ejemplo?

—Todos nos estamos haciendo preguntas: qué estudiaré, qué haré mañana, me casaré… ¿Quién hace la pregunta? Yo. ¿A quién? A mí. ¿Quién sabe la respuesta? Yo. ¿A quién se la voy a dar? A mí. ¿Por qué todas estas tonterías? Porque nuestra inteligencia tiene niveles. La pregunta la hago desde el nivel de arriba y, si tengo suerte, me la responde el nivel de abajo. En eso consiste la educación del talento, en ver cómo podemos organizar bien esos dos niveles.

—En otras ocasiones ha dicho que “la idea que tengamos de la inteligencia determinará la idea que tenemos de nosotros mismos”.

—Cuando un niño dice “no soy capaz de aprender esto”, hay muchísimas posibilidades de que realmente no pueda aprender. Si yo creo que la inteligencia es una cantidad fija que tengo al nacer, voy a tomar decisiones distintas que si pienso que mi inteligencia es algo que se va haciendo y que, por lo tanto, no estoy determinado de ser listo o tonto. Por eso, según la ‘teoría del talento’, nacemos con una inteligencia, pero el talento se aprende. Convertir la inteligencia con la que nacemos en talento, es la gran tarea de la educación.

Educar el talento

— El pasado 16 de junio visitó Segovia para conversar con los clubes de lectura sobre ‘La educación del talento’. ¿Qué es para usted el talento?

—Es el buen uso de la inteligencia. La inteligencia elije bien las metas, que es posiblemente el tema más importante, y es capaz de buscar la información necesaria, gestionar y activar las emociones necesarias y poner en práctica las virtudes ejecutivas de la tenacidad, la voluntad, el esfuerzo… para realizar esas metas.

Se puede resumir diciendo que la inteligencia puede estar en tres estados; la inteligencia dañada, que son las patologías, la inteligencia fracasada, cuando no eres capaz de desarrollar tu tarea, y la inteligencia triunfante, cuando eres capaz de hacer lo que he explicado.

—¿Qué se ha de trabajar para que los niños puedan alcanzar todo su potencial?

—Todo desarrollo de la inteligencia supone la adquisición de hábitos. El núcleo de la inteligencia es la memoria y, por tanto, lo que se tiene que desarrollar son los hábitos intelectuales, creativos, morales, emocionales… porque los hábitos, dentro de nuestro cerebro, realizan una función muy parecida a la que en un móvil hacen las aplicaciones. A un móvil puedes ponerle una o 2.000 aplicaciones. El móvil es el mismo, pero ¿cuándo es capaz de hacer más cosas? Cuando le has metido más aplicaciones. El cerebro es siempre igual, pero cuando consigues introducir las aplicaciones, que son los hábitos, va a ser más potente, va a hacer más cosas. No hay nada más tonto que decir que la memoria es la inteligencia de los tontos. La memoria es la esencia de toda la inteligencia.

—¿El actual sistema educativo apuesta lo suficiente por el talento?

—No. Primero, las teorías con las que trabaja respecto a la memoria son muy anticuadas. Hemos cambiado muchísimo la teoría de la memoria en los últimos años, y eso no ha pasado en la escuela. Segundo, nuestro sistema educativo es enciclopédico, con lo cual los programas son gigantescos. Todos los profesores están demasiado preocupados por ver si dan toda la materia y no tienen tiempo para ejercitar la creación de hábitos. Por tanto, son sistemas pedagógicos muy poco eficientes.

—¿Que los niños crezcan ahora tan pegados a las nuevas tecnologías limita su talento o, por el contrario, lo estimula?

—No sabemos exactamente el efecto que está produciendo el uso de ordenadores desde la infancia más temprana. Sabemos que está produciendo al menos dos cosas; una dificultad enorme para mantener la atención porque están muy acostumbrados a recibir mensajes muy breves. Y, en segundo lugar, un desdén de la memoria porque piensan que para qué lo van a perder, si lo pueden encontrar. Estos son dos temas realmente muy peligrosos, cuyos efectos pueden ser demoledores. Sin embargo, las tecnologías también desarrollan cosas muy buenas.

—En esto juegan un papel importante los padres. ¿Qué deben hacer?

—Los padres juegan un papel importante en todo, y en esto también. Yo, que fundé la Universidad de padres, he estado intentando ayudarles en el proceso educativo durante un montón de años, y he tenido relación con más de 10.000 familias. El problema está en que su capacidad educativa no es tan grande como creen. Para educar a un niño hacen falta tres cosas: los padres, la escuela y el entorno. Los tres tienen que saber colaborar. Cuando estoy hablando del entorno, me refiero, por ejemplo, al entorno sociocultural y económico de los padres, que influye muchísimo. Si es un entorno económicamente muy deprimido, lo tienen muy difícil. Por eso la escuela tiene que compensar esas deficiencias de las familias, porque si no no va a funcionar tampoco como escuela.

Los retos de la educación

—Habla de unos sistemas pedagógicos “muy poco eficientes”. ¿Cuáles son los retos que afronta la educación?

—En un libro llamado ‘Despertad al diplodocus: Una conspiración educativa para transformar la escuela… y todo lo demás’, decía que podíamos tener una escuela de alto rendimiento en cinco años. Esto significa, en primer lugar, ser capaz de desarrollar las capacidades intelectuales de los niños, prepararles para el mundo del trabajo y hacer de ellos buenos ciudadanos. Estas son las tres cosas que la escuela tiene que hacer. Sabríamos cómo hacerlo, lo que pasa es que el desbarajuste educativo en España hace que los estupendos profesores que tenemos estén muchas veces desengañados, que los malos profesores sigan haciendo cosas mal, que la sociedad no se preocupe de la educación y que los gobiernos, al ver que la sociedad no se preocupa, también pase.

— ¿Por qué cree que la sociedad no se preocupa de la educación?

—Cuando digo que la sociedad no se preocupa de la educación no es solo una visión pesimista es que, cuando ves las encuestas que hace el CIS todos los meses sobre las preocupaciones de los españoles, nunca aparece la educación. De lo que no se da cuenta la gente es de que el nivel de vida y de convivencia de todas las sociedades depende de cómo funcionan los sistemas educativos. Por eso, en todas las sociedades se está viviendo un estado de alarma educativa. No se está haciendo bien en casi ningún sitio por la complejidad del asunto pero hay, por lo menos, la preocupación de que tenemos que tomarnos el tema muy en serio.

España perdió el tren de la ilustración y de la industrialización, si pierde el tren del aprendizaje, nos convertimos en la región de copas de Europa y eso no es un futuro muy atractivo.

—Pero la educación sí que parece pasar a un primer plano siempre que hay cambios en ella. ¿Es necesario que haya habido ocho leyes educativas en 40 años de democracia?

—Eso es un disparate. Es fruto del absoluto desinterés del mundo político por la educación. El último disparate ha sido la última ley que se ha hecho sin ni siquiera intentar un consenso.

Acabo de estar en Sicilia. Una de las novelas más importantes del mundo siciliano se llama ‘El gatopardo’, en el que hay una frase que se ha hecho muy famosa: “Hace falta que las cosas cambien para que todo siga igual”. Pues hace falta hacer las leyes para que todo siga igual.

—¿Que cada gobierno apruebe su ley, demuestra que la educación es la herramienta para cambiar las cosas?

—Sí, pero luego no lo hacen. Claro que es la herramienta, pero en este momento no está en manos de la escuela, sino de las redes sociales, del entorno, de situaciones educativas, de las variaciones económicas… Y estamos quitando potencia educativa a la escuela. Hay que tener en cuenta que, cuando hacemos estudios de lo que se llama ‘el impacto escuela’, es decir, qué parte del éxito o del fracaso escolar podemos atribuirle estrictamente a la escuela, no pasa del 40%. Si tienes una visión amplia de la educación, tienes que preguntarte: ¿cómo ayudo a las familias o al entorno?, ¿cómo facilito la relación del mundo de la educación con el del trabajo?, ¿cómo facilito las posibilidades de desarrollo o de ocio de los críos?, ¿por qué es importante la fase de cero a tres años? Pues porque sirve precisamente para poder paliar esos déficits educativos de origen social y económico.

—Si tuviese el poder de hacerlo, ¿qué medidas tomaría para combatir los errores de la educación española?

—Hay que tener una visión grande del asunto. La educación es un sistema complejísimo, y ponen como ministro o ministra de Educación a gente que no tiene ni idea de lo que es la práctica, la gestión y la organización educativa, y cómo movilizar a un colectivo de 700.000 profesores. El asunto es una absoluta inepcia de gestión.

Los ministros españoles siempre han tratado al profesorado como la mano de obra enemiga, en vez de darse cuenta de que, quien va a realizar la función educativa, son los docentes. Escribí una carta a Méndez de Vigo en la que le decía; “Ministro, si cree que cambiando una ley se cambia la escuela, se equivoca. La escuela se cambia cuando cambia lo que sucede dentro de las aulas”. ¿Y en las aulas quiénes están? Los alumnos, los profesores y alrededor están los equipos directivos. El ministro me dijo que podía hacer un libro sobre la profesión docente. Se lo hice explicando cómo se debía orientar la profesión del profesorado. Eso desapareció en un cajón y no se volvió a hablar de un asunto que es fundamental: la formación de los profesores. En esta última ley tampoco se ha hablado.

El asunto me pone de bastante mal humor porque he trabajado mucho para hacer un pacto educativo, porque he visto que, a pesar de lo que dicen, nadie quiere hacer un pacto educativo, pero todos quieren hacer su pacto educativo.

—Uno de los principales problemas de la educación, que tiene gran incidencia en Castilla y León y, en concreto, en la provincia de Segovia, es el cierre de escuelas en entornos rurales. ¿Esto es otra consecuencia de la despoblación o podría achacarse a un sistema educativo deficitario en ese medio?

—El tema de la escuela rural es complejo. Todos los servicios públicos en las zonas rurales tienen el mismo problema: son caros. Sin embargo, habría que cuidarlos y hacer sistemas muy potentes de interacción entre escuelas presenciales, escuelas unitarias, redes de escuelas a través de internet… Hay que tomárselo en serio porque si no los niños que viven en zonas rurales acabarán por desaparecer porque se tienen que ir a zonas donde tengan mejor asegurada su educación.

La educación es el futuro de los niños y, si no proporcionamos educación en los centros rurales, España se va a vaciar todavía más. Hay que tomárselo con más inteligencia, con más ganas de hacer cosas, y luego, por supuesto, buscar dinero. Pero vamos, con lo que hemos tenido en España, que es el 5% del PIB dedicado a educación, podríamos tener una educación estupenda.