Santa María del Castillo.
Santa María del Castillo.

Santa María del Castillo es una iglesia salmantina de origen románico mudéjar, siglo XII, que utiliza el ladrillo de modo ornamental. Como tantas otras iglesias, sufrió varias reformas a lo largo del tiempo, principalmente en el siglo XV cuando se abrió un vano con una celosía calada en la antigua cabecera románica que dio más luminosidad al interior. Más tarde, en el siglo XVII se construyeron las bóvedas barrocas de lunetos decorados con yeserías y la espadaña.

Sin embargo, desde el 2021, la Consejería de y Turismo de la Junta de Castilla y León, con la ayuda de fondos europeos, se ha centrado en recuperar las pinturas murales que se descubrieron en el año 1986. Al deshacerse de los encalados modernos de la iglesia, aparecieron por sorpresa pinturas del s. XV y XVI en muy mal estado y de indudable calidad. Así se convirtió este proyecto en una prioridad que convierte a Cantalapiedra en destino cultural aún más atractivo.

Los restos de pintura del muro norte del transepto (en un extremo un santo obispo y en el otro San Juan Bautista) cuyo estado de conservación era muy deficiente y complejo por las mutilaciones que ha sufrido a lo largo de los siglos y la escena del San Cristóbal del muro sur han sido objeto de una actuación de más de 74.000 euros. La labor de restauración fue encomendada a la empresa Alfagia, con dos estudios previos anteriores. El primero de ellos realizado en 1997 por el arquitecto Francisco García Vega, mientras que el segundo se trata de una investigación llevada a cabo por la restauradora Natalia Martínez de Pisón. El trabajo de investigación es complejo y los restauradores actuales se han dedicado “a buscar nuevos motivos”. La intención era “situar con cierta claridad la sucesión de los tendidos para establecer un orden en el caos”, según Clemente Nicolás.

Se tomó la decisión de conservar los vestigios de pinturas y restituir la continuidad de los revestimientos en las zonas que faltaban para facilitar la interpretación de las áreas conservadas, sin buscar una restitución estilística de las superficies pictóricas. El área de intervención ha sido el comprendido por la superficie que quede enmarcada por los elementos arquitectónicos que los rodean (cornisas y pilares) para así ofrecer una lectura de conjunto de toda la superficie que forman los restos de pintura y las nuevas superficies de mortero que las reintegran, evitando la sensación de lagunas inconexas dentro del conjunto de muros de la iglesia.

Pintura, Santo Obispo.
Pintura, Santo Obispo.

Las pinturas del obispo y de San Cristóbal se atribuyen a Nicolás Florentino, de ahí la importancia patrimonial, histórica y artística que tienen estas obras.

Nicolás Delli (Florencia, 1413 – Valencia, 1470). De Florencia a pintor de la Corte de Castilla

Algunas de las pinturas más antiguas, s. XV, han sido atribuidas a Nicolás Delli (más conocido en España como Nicolás Florentino). En Italia se piensa que realizó las pinturas, ni más ni menos, que del claustro de Santa María Novella en Florencia. Giorgio Vasari en sus vidas de pintores, menciona como a finales de los años veinte, Nicolás se encuentra en Venecia y se traslada a España poco después. Su estilo se encuadra en el estilo Gótico Internacional. Las características de este estilo son obras caras y refinadas, de rico colorido y muy decorativas, incluso con abundante uso del oro. Las figuras a veces son estilizadas con ropajes de pliegues y líneas curvas. Nos muestran la existencia de cortes y las primeras ciudades refinadas donde se apreciaba el lujo y artes como las miniaturas o los jardines. También se aprecia un primer acercamiento a la perspectiva y al naturalismo, atendiendo a los detalles como plantas, animales, la vida cotidiana, casi siempre a través de la pintura religiosa. En su obra hay un eco de grandes maestros como Gentile da Fabriano, Masolino o Pisanello.

Entre 1442 y 1445, se encuentran testimonios del trabajo de Nicolás Florentino en el retablo de la catedral vieja de Salamanca, junto a sus hermanos Dello y Sansone pintaron los últimos cinco paneles. Después, a Nicolás se le encargó pintar los frescos de la bóveda con el tema del Juicio Final, firmando el contrato el día 15 de diciembre de 1445. Resulta sorprendente que, sobre un fondo negro, flote en el centro una figura mayor que las demás representando a Jesucristo con los estigmas de la cruz. Le rodean la Virgen y San Juan en ambos extremos, y varios bellos ángeles con túnicas y alas de distintos colores y sosteniendo lo elementos de la Pasión. Abajo aparecen, a un lado los condenados con sus cuerpos desnudos amontonados y al otro los elegidos que van vestidos de blanco. En general destaca el mayor naturalismo de todos los cuerpos y como el dorado se va reduciendo al mínimo al aparecer sólo en los nimbos.

En 1446 se traslada a Cantalapiedra , donde, gracias a un documento, se sabe que acogió como aprendiz a un niño de Ávila, y allí comienza los trabajos de Santa María del Castillo.

San Cristobal.
San Cristobal.

Santo obispo y San Juan Bautista

Las pinturas murales del muro norte son una incógnita. “Resultó ser uno de los muros que más interés ha suscitado por la calidad de los vestigios pictóricos, y el aparente hermetismo que rodea su creación”, explica el restaurador Clemente Nicolás.

Nos encontramos ante dos imágenes encuadradas en el Gótico Internacional, la primera en el siglo XV y la segunda quizá algo posterior, en el XVI:

Un santo obispo, en el lado derecho, es el motivo más antiguo y la pintura más cercana al taller de Nicolás el Florentino. Es un fragmento de la cabeza con la mitra episcopal y un nimbo muy decorado en unos dorados muy elaborados con motivos vegetales. Los fragmentos no permiten identificar al personaje, pero sí apreciamos que es un joven de cabello rizado, sin barba, y con los ojos ligeramente entrecerrados que le dan una expresión soñadora. Con su mano derecha sostiene el báculo pastoral, también dorado y con decoraciones vegetales. Lo que es indudable es su calidad artística y como ese rostro parece el de una persona real, no una esquematización o idealización.

Y en el lado izquierdo tenemos a San Juan Bautista en el que no se ha podido recuperar parte del rostro. El nimbo es mucho más sencillo que el del joven obispo, tan sólo dorado y liso. Destaca el encantador y sencillo paisaje con ciudad que se representa al lado del gran personaje central. En la lejanía descubrimos una ciudad amurallada con torres y un arco de entrada al que nos conduce un camino serpenteante como acercamiento algo naif a la perspectiva. Todavía las figuras que van caminando por él resultan algo torpes en cuanto a los tamaños, son campesinos, uno de ellos con un animal que podría ser un burro pero que no llega a ser muy realista. Hay arbolitos por el camino, y una pequeña ermita cuyo tamaño tampoco es acorde con el de los paseantes.

Detalle de la pintura de San Juan, con paisaje al fondo.
Detalle de la pintura de San Juan, con paisaje al fondo.

En medio de esta escena cotidiana, descubrimos a un pequeño personaje atado, hay arqueros que le están apuntando y tiene varias fechas clavadas. Se ha identificado con el martirio de San Sebastián, sin embargo, no deja de ser extraño que la escena esté escondida, tan pequeñita, y representada como si fueran sencillos campesinos a los que nadie presta atención. Recuerda al poema que Auden dedicó al cuadro de Brueghel de “La caída de Ícaro”, en el que la escena de Ícaro es solamente unas pequeñas piernas que se agitan en el mar, mientras un campesino continúa arando o el barco sigue su travesía.

Sobre el dolor jamás se equivocaban los Antiguos Maestros: comprendían muy bien su expresión en el hombre; cómo ocurre mientras algún tercero está comiendo, o abriendo una ventana o simplemente caminando por ahí (…)
y tampoco olvidaban
que el terrible martirio debía seguir su curso, aun en otra parte, en un rincón mugriento
donde los perros siguen con su vida perruna y el caballo del torturador 0se rasca su inocente trasero en algún árbol.

W. H. Auden, “Musée des Beaux Arts”, 1938

San Cristóbal

En el muro sur, Gómez y Mesonero trabajaron en la reintegración pictórica del San Cristóbal atribuido a Nicolás Florentino. La pintura data de 1466. Esta ejecutada al fresco, con retoques realizados mediante un temple graso que hace que se denomine mezzo (medio) fresco. El fresco recibe ese nombre porque se pinta mientras el mortero aún permanece húmedo o fresco. Por esa razón hay que ser hábil y rápido ya que hay que ejecutarlo rápido antes de que se seque. Nicolás Florentino dividió en secciones la superficie prevista para cada jornada de trabajo, “giornata” en italiano. Ya había utilizado la misma técnica, aprendida en Italia, durante la realización del Juicio Final de la catedral de Salamanca. La superposición de pinceladas al temple sobre el fresco forma un estrato pictórico rico en matices de rojos en el manto del santo y un rosado en las túnicas del niño Jesús y del santo que resaltan sobre el fondo.

Cristóbal significa portador de Cristo, y es evidente ya que se suele representar llevando sobre sus hombros al niño Jesús. La historia proviene de una leyenda medieval, y nos cuenta la historia de un gigante que ayudaba a la gente a cruzar un río peligroso y revuelto. Accedió a cruzar a un niño que no sabía quién era, y tras muchos esfuerzos le preguntó cómo era tan pesado. En ese momento Jesús le confiesa que había tenido en sus hombros no sólo el peso del mundo sino también del que lo había creado. También le dice que cuando vuelva a su cabaña plante la vara, así lo hizo san Cristobal y al día siguiente la vara era verde y habían nacido frutos.

La pintura de Florentino nos muestra a san Cristóbal con el niño en su hombro, es un momento más humano en el que el gigante vuelve su cara cansada hacia el niño. La diferencia de escala entre el santo y el niño es enorme, Jesús resulta diminuto, y es una pena que no podamos ver su cara. El gigante, agotado al transportar el peso del mundo entero y del Salvador, apoya sus dos manos en un vara muy larga y gruesa, cuyo mástil muy decorado se parece al tronco de una palmera del que brota en la parte superior, junto a los dátiles, la corona de hojas verdes. Es curioso como el artista decide que la vara aparezca ya florecida, adelantando en el tiempo el milagro para que entendamos mejor el tema. Al fondo, apreciamos un río serpenteante con algo de vegetación y pequeños árboles. Rodea la escena una cenefa decorativa con hojas verdes y rosas que se entrelazan alrededor de una vara.

Este conjunto de frescos es como un milagro en sí mismo ya que nos permite acercarnos a las huellas de una época de florecimiento artístico y cultural en la que se comienza una aproximación a la naturaleza y a personajes más cercanos a retratos reales de hombres del pasado. Las guerras y los sucesivos cambios políticos y sociales habían dejado olvidadas estas maravillosas pinturas que muestran la transformación que supuso en Castilla, y más concretamente en Salamanca, el paso de la Edad Media a el Renacimiento. Si comparamos el Juicio Final de la Catedral Vieja con estas pinturas, vemos claramente la evolución en la obra de Florentino hacia una observación más detallada de la realidad y de la naturaleza.

Interior de la iglesia con el fresco de San Cristobal al fondo.
Interior de la iglesia con el fresco de San Cristobal al fondo.