Cementerio de Zamarramala. Panteón de la familia González Mate.
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(en pequeño, donde creáis que mejor queda) “El respeto de la gente por sus leyes y su tierra se puede medir con precisión matemática por la forma en que ésta se ocupa de sus muertos” (William EwartGladstone 1809-1898).

La preocupación por recuperar y preservar el patrimonio artístico y monumental ha obviado durante muchos años el estudio de los cementerios y la cultura de la muerte y ha relegado su papel en la sociedad a un exilio físico de los muertos a pesar de tener unos valores históricos, sociológicos, económicos, estético-artísticos y antropológicos de primer orden.

Desde hace algo más de veinticinco años el cementerio ha sido estudiado desde una óptica no solo sanitaria si no también cultural haciendo hincapié en su indudable valor arquitectónico y simbólico. Más allá de los muros los cementerios atesoran un importante patrimonio artístico y cultural. Son espacios del recuerdo pero también lugares privilegiados de nuestra historia.

En estas líneas vamos a trazar la evolución de los espacios de la muerte en Segovia durante los siglos XVIII y XIX con un acercamiento al enterramiento en la Historia para comprender cómo estos espacios son páginas vivas de nuestra historia. El cementerio adquiere una visión artística y patrimonial como reflejo de los periodos y acontecimientos históricos permitiendo hacer en ellos una lectura cultural. La variedad de valores artísticos, arquitectónicos, religiosos, antropológicos, históricos, paisajísticos, medioambientales y en definitiva, la condición de recurso cultural del patrimonio funerario, hacen de él, el ADN de nuestra identidad.

EL ENTERRAMIENTO EN LA HISTORIA

El conocimiento de las más antiguas civilizaciones precristianas proviene en gran medida del estudio de la arqueología funeraria. En el período romano el mundo de los muertos debía estar separado del mundo de los vivos. En Roma la Ley de las XII Tablas prohibía los enterramientos in urbe, en el interior de la ciudad. El Código Teodosiano repite la misma prohibición con el fin de preservar la sanctitas de las casas de los habitantes. Justiniano asumió la tarea de ordenar el sistema jurídico y entre ellas, las reglas del juego de la sociedad en la vida y en la muerte. Los cementerios o lugares de enterramiento se encontraban fuera de las ciudades, en los márgenes de los caminos y en algunos terrenos cercados.

Con la llegada del cristianismo cambia el concepto de muerte y la delimitación como lugar sagrado de las sepulturas. El término cementerio procede del griego koimeterion y del latín cymenterium y se define como dormitorio.

Durante la Edad Media y debido al elevado número de enterramientos en el interior de los templos se hizo necesario establecer una jerarquía que regulara el espacio dedicado a la muerte. Fue entonces cuando el sepulcro cambió el sentido del espacio. La normativa jurídica –Siete Partidas de Alfonso X- prohibía los enterramientos dentro de las iglesias, exceptuando determinados casos de personas notables. Sin embargo, se advierte en la Edad Media, el deseo de los fieles de enterrarse en el interior de las iglesias porque existía la creencia de que los espacios más cercanos al altar mayor se tenían más posibilidades de salvación.

Durante la Edad Moderna los enterramientos se realizaban tanto en el interior de los templos como en los atrios o cementerios parroquiales. En esta carrera de la salvación, aquellos que no tenían posibilidades económicas para un enterramiento dentro de la iglesia eran enterrados en cementerios parroquiales, atrios o pórticos. De este modo alrededor de la iglesia acogía las sepulturas de los más desfavorecidos. Todo este planteamiento comenzó a cambiar en el último tercio del silgo XVIII fecha a partir de la cual los poderes públicos comenzaron a preocuparse y ocuparse del establecimiento y control de los cementerios parroquiales y de las sepulturas en el interior de los templos con sus respectivas “mondas de restos” por razones de salud pública.

Surge entonces la necesidad de un cambio que vino de la mano de los médicos ilustrados que advirtieron del peligro de las sepulturas.

El siguiente paso va a ser gestionar la muerte y con ello administrar el recuerdo, ahora ya, en manos del Estado.

EL CEMENTERIO: OBJETO DE ESTADO

En el siglo XVIII los aires de modernización invadieron Europea y propiciaron los cambios sociales y políticos pero también se vieron afectados los enterramientos. Médicos e ilustrados advertían del peligro de las sepulturas.

El cementerio cambia de escenario

La primera voz que demandó la reinstauración de los cementerios extramuros de las poblaciones es de 1751. Según Bermejo López “Antonio Gaspar de Pinedo emite un informe –primero sobre esta materia- destinado al Procurador General del Ayuntamiento de Madrid sobre el problema de los enterramientos en las iglesias de la villa a consecuencia del cual se encargó al maestro de obras Manuel Molina el diseño de un cementerio que fue presentado un año más tarde.

En 1781 una peste entra por el pueblo de Pasajes de San Juan (Guipúzcoa) provocando una gran mortandad que fue atribuida al hedor intolerable que exhalaba la iglesia parroquial por los cadáveres allí sepultados.

El día 24 de marzo de 1781 el monarca Carlos III remitía una Orden al Consejo de Castilla para que “medite y discurra sobre el modo más propio y eficaz de precaver en adelante las tristes resultadas de esta naturaleza que suelen experimentarse”. Desde entonces se solicitaron informes a obispos y arzobispos y a cortes extranjeras comenzando una interesante actividad recopilatoria que afectó a toda la nación.

El interés y voluntad del monarca por reinstaurar el cementerio extramuros fue una decisión meditada que contó con una importante reflexión intelectual. Fue entonces cuando Carlos III eligió el Real Sitio de San Ildefonso para poner en práctica la reinstauración del cementerio extramuros convirtiéndose la provincia de Segovia en la precursora del replanteamiento del cementerio español.

SEGOVIA PRECURSORA DEL CEMENTERIO EXTRAMUROS EN ESPAÑA

El cementerio ilustrado del Real Sitio de San Ildefonso

Cementerio del Real Sitio de San Ildefonso.

El objeto de Carlos III y su gobierno, enmarcado en el movimiento ilustrado de la época, era aislar a los muertos de la población con el objeto de hacer más feliz la vida de los hombres en los lugares de residencia. La elección del sitio en San Ildefonso no fue al azar. El establecimiento de la Corte, la consolidación del trazado urbanístico como centro de experimentación ilustrado, el aumento de población, la presencia de personalidades importantes del entorno de la Corte y la posibilidad de que alguno de ellos, muriera allí, pudieron ser razones de peso para poner en práctica un nuevo proyecto que colocó al cementerio del Real Sitio de San Ildefonso en ejemplo arquitectónico para toda España. El cementerio fue construido sobre los planos del arquitecto José Díaz de Gamones en 1783 y fue bendecido el 7 de julio de 1785.

Para llevar a cabo los enterramientos Carlos III lo dota de un Reglamento firmado el 9 de febrero de 1785 por el que se debían regir los nuevos enterramientos de San Ildefonso. Al mismo tiempo prohibió las inhumaciones en los interiores de las iglesias así como en el Campo Santo de Nuestra Señora del Rosario. Las características arquitectónicas y territoriales del cementerio quedan recogidas en el Reglamento. El cementerio tenía que estar construido apartado de la población, en un terreno alto y bien ventilado y orientado al norte. La distancia entre la población y el cementerio debía de ser de 1500 a 1600 pies desde la Puerta del Sitio. En esta misma puerta se abrió un camino que conducía directamente al cementerio.

Surge así la ciudad de los muertos como reflejo de la ciudad de los vivos, con todo el bagaje socioeconómico y cultural que le es propio.

Las consecuencias emanadas de la construcción del cementerio de San Ildefonso no sólo afectaron a la salubridad pública. La visita a la sepultura, las inscripciones en las sepulturas, biográficas y elogiadas, la limpieza, la vegetación y decoro en la sepultura fueron factores que afectaron al comportamiento y actitudes en el ser humano con respecto a la muerte del ser querido en el siglo XIX. El cementerio de San Ildefonso es un lugar de reposo privilegiado de nuestra Historia, ofreciendo una determinada realidad socio-cultural que permite rastrear la emotividad social a través de sus epitafios y esculturas.

Las posibilidades culturales y simbólicas que ofrece el patrimonio funerario son múltiples porque utiliza el Arte y la Historia para hablar de realidades sociales, de crónicas de vida y de la relación dual con el pasado y con los sistemas culturales de la época en que se expresaron. La muerte, como la vida, son los dos acontecimientos más importantes de nuestro paso por el mundo. Si la vida es un misterio, en la muerte están todos los misterios y para acercarnos a ellos el patrimonio funerario permite hablar del Más Allá y hacerlo con formas bellas.

Ya lo dijo Sancho al ingenioso hidalgo don Quijote: “No se muera vuestra merced porque la mayor locura es dejarse morir así, sin más ni más”. No se muere así “sin más ni más” porque la sepultura se convierte en el eslabón necesario para no olvidar.