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Soledad Díaz rompe un cigarrillo en el jardín botánico. / NEREA LLORENTE

Soledad Díaz empezó a fumar a los 15 años. “Estaba con amigos y dije, voy a probar. Te sentías más mayor, en sociedad. Lo que hacían los demás, lo hacíamos nosotros también. Entonces fumaba todo el mundo”. Pasó de ser algo puntual -en entornos festivos y nunca en casa- a convertirse en hábito. “Con los años fue a más. Fumaba como una desesperada”. Desde entonces, 40 años fumando a un ritmo de dos cajetillas diarias de Ducados. Si hubiera seguido una contabilidad, superaría los 584.000 cigarrillos.

Cualquier excusa era buena. Llamada telefónica: cigarro. Levantarse de la cama: también. Después de comer, antes de dormir o tomar algo en una terraza. Su vida era aquello que sucedía entre calada y calada. “Me gustaba muchísimo, me relajaba”. La primera vez que intentó dejarlo fue 10 años antes de conseguirlo. “Pensé que me estaba pasando; de cantidad y de todo”. Empezó con pequeños cantos de orgullo. “Decía, no voy a fumar. Pero después fumaba cuatro seguidos”. La frustración agrietó su carácter. “Me ponía de mal humor no conseguir lo que quería. Era una frustración horrible”.

Habla de fuerza de voluntad. “Lo intentaba por la mañana, pero en la comida lo primero que hacía era fumar. Era imposible dejarlo”. La oportunidad llegó gracias a su labor de voluntaria contra el cáncer. Superó uno de mama y ayudó a otras mujeres a enfrentarse a ese trance. La oncóloga le dijo en una ocasión: “Nos das miedo, cualquier día nos das un susto con el tabaco”. Agradece la labor del psicólogo David Manzano por su insistencia en que hiciera en curso y por sus clases amenas. “No te asusta ni te amenaza con un cáncer. Te dice las posibilidad que hay de dejarlo y las ventajas que tiene”.

Tras reducir poco a poco el consumo, Sole se quedó con los dos últimos cigarros diarios, los que no podía abandonar del todo. Fumaba uno al levantarse; a media mañana apuraba otro. “Los iba extendiendo para todo el día. Me costó mucho esfuerzo quitarlos, es que no podía. Era dar una calada y guardarlo. Estaba malísimo, pero seguía”. Hasta que un día dijo: se acabó. “Si estoy con dos, voy a volver a recaer. Mañana serán tres y pasado, cuatro”. Ni siquiera tiró el tabaco, lo dejó encima de la mesa. Fue en las Navidades de 2011, con unos amigos. “Se levantaron, todos fumando. Aquel día estaba encantada de poder con ello”.

La comida como escudo

Su salvaguarda para evitar recaídas fue la comida. “Con una ansiedad horrible y comiendo mucho. Engordé diez kilos, no los he soltado”, bromea esta mujer de 72 años. Lamenta no haber recuperado mejor la voz, pero presume de un cutis más limpio. Sobre todo, se siente más libre. “Es horrible levantarte en una terraza para fumar y no poder estar ahí, hablando con los demás. Lo que es poder estar en sociedad sin tener que marcharte”.

Cuando lo dejó, se compró unas cadenas de oro con el dinero que había ahorrado, una joya simbólica. Su lección es clara: “Que no empiecen a fumar. Una vez que empiezas, lo tienes crudo”.

Su principal motivación para dejarlo fueron sus hijos. “Eran pequeños y yo estaba todo el día fumando”. Ahora libra una batalla constante para que su hijo “lo deje de una vez”. Su mérito fue doble porque su marido, fallecido hace seis meses, nunca dejó de fumar. Con todo, ella no volvió a dar una calada desde aquel día, por más que alguna vez ve a mujeres fumando por la calle con cierta envidia. “Es una vida totalmente distinta”. Reputada andariega, ha terminado diez veces el Camino de Santiago. Como fumadora, adelantaba a los demás y les esperaba con el cigarro. Ha repetido como exfumadora. “Subo mucho mejor las cuestas”. Lo dice con una sonrisa vencedora.