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Una actividad del programa ‘Segovia en plena forma’, organizado por el Ayuntamiento de Segovia, en el Parque del Reloj. / NEREA LLORENTE

La reapertura de los centros de jubilados, decretada la semana pasada por la Junta de Castilla y León, pone a examen cómo será la nueva normalidad para los 16.645 jubilados que son socios en los siete centros de día de la provincia, según datos de la Gerencia de Servicios Sociales, que está adecuando estos días las instalaciones para su inminente reapertura. El presidente de la Federación Provincial de Jubilados y Pensionistas de Segovia, Pedro Rojo, da por bienvenida la decisión, pero pide prudencia. “Nos hemos creado una psicosis y un estrés muy grande. Ahora parece que vamos cogiendo más confianza gracias a las vacunas”.

La federación, en marcha desde 1999, agrupa a 164 asociaciones y tiene unos 12.000 socios. Pertenece a la federación regional, con los representantes de las otras ocho provincias de Castilla y León, donde plantean sus reivindicaciones a la Junta. “Hay que seguir con la mascarillas, que seamos fuerte y que ya pasará todo. No tengamos miedo, pero seamos conscientes respetemos las reglas”, sostiene el segoviano, vecino de Cerezo de Arriba.

La pandemia supuso un mazazo para el colectivo, que vio cómo todas sus actividades presenciales se iban “al garete”. Además de esas ilusiones frustradas, la pandemia trajo incertidumbre. “No sabíamos ni cómo afrontarla ni a qué atenernos. Era como si viviéramos en un pueblo, hubiera una tormenta gorda y nos metiéramos en casa, encerrados. Eso fue el principio de la pandemia para nosotros”.

La consecuencia es que 2020 fue un año online para los jubilados, una realidad que muchos vieron siempre lejana y que tuvieron que abrazar. WhastApp y videoconferencias sonaban tan ajeno como un satélite de Saturno. Con el tiempo, esa tecnología permitió mantener el contacto entre asociaciones, aunque fuera de forma telemática. Las conferencias por Zoom han terminado siendo tan habituales como lo era antes reunirse en una mesa para jugar a las cartas.

Todo ello pese a la carestía de medios en ciertas zonas de la provincia: el aprendizaje requiere Internet, ordenador o impresora. “Todo eso conlleva un gasto que es muy difícil de asumir”. Rojo habla de Zoom como “una lotería”, un recurso paliativo para un año aciago. “Por lo menos nos veíamos la cara y contábamos nuestros chascarrillos. Hacíamos llamadas por teléfono, pero parece que vernos es otra cosa. Nos dio mucha alegría”.

Pedro es un ejemplo de romper barreras. “Yo no dominaba la tecnología, hasta entonces había confiado en mi mujer, que lo llevaba. Yo ya aprendería”. Con la pandemia, no le quedó otra. “Entrar en el ordenador me daba respeto. Yo sabía que si me lo aprendía no me despegaba de ello. Y es que es así. Muchas veces me meto en el ordenador, me tiro cuatro horas y viene mi mujer a decirme que lo deje”. Con el tiempo se ha convertido en un experto en informaciones hortelanas. Ha investigado sobre semilleros o las plagas que amenazan a las plantas. Por ejemplo, aprendió que es aconsejable echar posos de café o canela cuando se plantan unos tomare. O que hay insecticidas como una maceración de ortigas, que “huele fatal” pero protege a todas las plantas.

Estos meses han sido de todo menos ordinarios. En la vieja normalidad era habitual juntarse 60 o 70 personas a visitar un pueblo de la provincia, conocer sus costumbres, charlas de hermanamiento con la asociación local o un par de horas jugando a las cartas y compartiendo anécdotas. Y dos viajes largos al año, por las principales zonas turísticas nacionales o en el extranjero. Junto a actividades como gimnasia, memoria o el uso de tecnologías. En tiempos de pandemia, todo eso quedó aplazado. También las asambleas generales de la capital.

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Luchar contra la soledad

Los jubilados han sido muy pedagógicos con el uso de la mascarilla entre su generación. “El 90% nos hemos adaptado muy bien, pero hay un pequeño grupo que lleva siempre la mascarilla por debajo de la nariz. Cuando les ves, con mucho tacto les pides que se suban la mascarilla. Al principio gruñen; con el tiempo lo van reconociendo, pero les cuesta”.

Otro problema que han afrontado es el de las personas que no quieren salir de casa por miedo a cualquier contagio. “El teléfono ha funcionado muy bien”, esgrime el presidente de la federación ante la imposibilidad de las visitas presenciales en lo peor de la pandemia. Por medio, ofrecieron asistencia para hacer la compra o voluntarios que se encargaban de vigilar que todo estaba bien. Entre sus programas, hicieron charlas telemáticas sobre soledad en tiempos de Covid, impartida por psicólogos, cómo combatir el abuso a las personas mayores o la celebración de jornadas formativas a los directivos de las asociaciones de jubilados.

Ante las amenazas de la pandemia y las dificultades para la atención sanitaria, los jubilados incidieron en lo necesario del correcto uso de las medicinas: que todas sean prescritas por un médico, aunque se tratara de curar un simple catarro. Y hablan de la mortalidad añadida: gente que no recibió atención sanitaria en lo peor de la pandemia o no fue a solicitarla. “Ha habido daños colaterales porque teníamos vértigo a ir a los hospitales por un simple catarro o dolor abdominal. Muchos se han muerto en casa por no atreverse a ir”. Trataron de combatirlo en la distancia. “En las llamadas decíamos que había que protegerse, pero no tener miedo. Que había que ir al hospital”.

El mensaje colectivo es que aunque estén vacunados, la batalla no está ganada y hay que mantener la guardia alta contra el virus. “La mejor medicina ha sido la confianza en el mañana. Sobreponernos al presente y saber que esto pasará”. Con ese pensamiento han pasado los peores momentos, como la imposibilidad de acompañar a los seres queridos en los procesos de luto, que ha hecho mucho daño. “Ha sido muy doloroso, para mí es lo peor. Se lo dices por teléfono, pero no es igual, Muchas veces una palmada en la espalda o un abrazo dicen más que mil palabras”.

La distancia también ha provocado que muchos abuelos, como él, se hayan perdido un tiempo clave en la infancia de sus nietos. “Con las llamadas algo se apaña, pero quienes no hayan podido hacer eso tienen que haber llorado bastante”. La tecnología también ayuda para los regalos; por ejemplo, él encargó por Internet a su nieta una casa de muñecas. Tras acostumbrarse a una realidad a distancia, toca volver al cara a cara.

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