Manuel Manquina actuo en el Juan Bravo el domingo con un monologo sobre ludopatia
Manuel Manquiña actuó en el Juan Bravo con un monólogo sobre ludopatía.

Manuel Manquiña (Vigo, 2 de agosto del 1953) tiene un nombre artístico de playa de Vigo, comprensible para alguien que se llama Manuel Juan Francisco del Cristo de la Victoria Prieto Comesaña. Nominado al Goya a mejor actor revelación por ‘Airbag’ en 1998, este intérprete polifacético mezcla el teatro con la música o la comedia. Defiende que el humor es fortaleza, la que trató de transmitir con su actuación en el Juan Bravo durante el congreso regional del domingo sobre ludopatía.

— ¿Por qué se identifica alguien con el nombre de una playa?

— Esto viene del año 76. Estaba en Coruña y hubo que firmar unos documentos. Yo ya me di cuenta que no iba a volver a establecerme en Vigo, sino que me iba a mover mucho. A la hora de firmar, tuve una sensación de pasado, de la época del colegio. Busqué un nombre que me evocara recuerdos agradables y me acordé de la playa. Como si usted se apellidase Acueducto o Cochinillo.

— Defiende que el humor es válido en cualquier temática.

— Era. El humor es válido en cualquier temática porque el ser humano tiene una capacidad creativa y de poder superar circunstancias adversas con un arma poderosa que es el optimismo. Y el humor es optimismo. Pero la implantación de lo políticamente correcto es un desperdicio cultural. La censura innecesaria que se ha creado hacia formas totalitarias pensamiento perjudica al humor. Si te burlas de alguien, eso no es humor.

— Habla de lo políticamente correcto. ¿Qué frena al humor?

— La autocensura. No puedes hacer ciertos comentarios, aunque sean sanos, hacia determinados colectivos. Los lobbies han impuesto que determinados temas no se tocan. Y la gente se ve limitada, incluso en su casa. El humor no debe tener esos límites. Puedes hacer humor sobre la bandera, la patria o cualquier credo religioso. Yo puedo querer mucho a mí país y hacer un chiste ingenioso. Si estás humillando a las víctimas del terrorismo o del volcán ya no estás haciendo humor, estás haciendo daño. En Filomena hubo perjudicados, pero puedes hacer chistes sin que salga nadie a decir que te estás riendo de la desgracia. El hecho de que sea difícil de explicar significa que esa censura existe.

— ¿Usted se autocensura?

— Me limito, sí. O si no, tengo que darle vueltas a la cabeza para buscar el chiste que quiero para no ofender. Conservo ejemplares de ‘Hermano Lobo’ o de ‘La Codorniz’ y pasaba mucho. Había una censura formal del Estado y los humoristas tenían que discurrir un humor para poder tocar los temas. Todos éramos conscientes al leer un chiste de que Forges se estaba acercando a los límites de la censura, pero no se cortaba.

“Hay que tener inteligencia, fortaleza y ganas de no dejarte hundir. Y rodearte de gente más lista, sana y mejor situada que tú, así vas a subir”

—Era un equilibrismo…

— Sí, un equilibrismo que obliga al humorista a desarrollar su inteligencia. Y al lector también, a tener la avidez de leer entre líneas.

— En actuaciones como la del Juan Bravo, ¿cómo se convierte el humor en terapia?

— Yo lo enfoqué como víctima, como persona que también va a terapia. La mía era más complicada; que la suya era un amor mal dirigido a cosas tóxicas, solo tienen que cambiar la dirección de su amor. Y mi problema era el odio, como a los tertulianos del corazón. Te presentas a ti mismo como objeto principal y de esta forma desvías el foco para que el espectador se vea reconocido en ti. Ayuda a saber reconocer que se puede salir de cualquier problema con humor, fortaleza mental y la ayuda de quien te rodea.

— ¿Cómo se trata la ludopatía con humor?

— Es absurdo que vayas allí a dar optimismo. Me acuerdo que la primera vez, en Coruña hace un par de años, empecé diciendo que me habían dicho que tuviera mucho cuidado con las palabras: “No digas rojo, negro, par e impar, no digas qué te apuestas…” Yo luego lo enfoqué hacia los terapeutas; contaba que había llevado a mi hijo cuando estaba en una edad difícil y que el psicólogo había acabado poniéndome en tratamiento a mí, así que les había cogido manía.

— ¿Cómo aprendemos a reírnos de nosotros mismos?

— La formación amplia es importante. Puede parecer un poco pedante: ¿Me estás diciendo que lea mucho y que lea de todo? Conocer muchas cosas; opiniones y situaciones distintas. Conociendo gente, entornos diferentes, viajando o leyendo todo tipo de literatura.

Empiezas a decir: “Este piensa como yo, pero mira que bien lo enfoca, qué gracia tiene. Y está más zumbado que yo”. Hay que tener inteligencia, fortaleza y ganas de no dejarte hundir. Hay que estar muy abierto al resto de opciones: la forma de ser y de opinar del resto de personas que te rodean, que van a estar contigo toda la vida. Hay que procurar ser lo bastante listo para estar con gente más sana, lista y mejor situada que tú porque así vas a subir.

— ¿El humor es fortaleza?

— Siempre que puedas ayudar a los demás con humor, hazlo. Y si puedes dejarte ayudar, escucha. No hay que estar hablando todo el tiempo.