concha velasco
La legendaria actriz vallisoletana, en un momento de la obra. / EL ADELANTADO

Hacía tarde de tormenta ayer en Segovia. A pesar de la mañana soleada y la temperatura casi veraniega, con el paso de las horas habían ido abriéndose paso en el cielo esas nubes y ese aire veleta que, de vez en cuando, hacen de la Plaza Mayor, en general, y del fondo donde está ubicado el Teatro Juan Bravo, en particular, un escenario majestuoso para teñir el cielo de gris negro mientras los relámpagos descargan su luz aleatoriamente y los truenos parecen querer acabar con todo en tres segundos: la Catedral, el Álcazar, el Acueducto y el propio Teatro a la vez.

Pero no. No llovió ni hubo tormenta fuera. Y, sin embargo, dentro, con previo aviso del trueno que dio inicio a ‘La habitación de María’, cayó una descarga de años y tiempo encima de todos los espectadores que llenaron, dentro de lo permitido, el Juan Bravo, que incendió a partes iguales, por un lado, el temor al paso de los años y, por otro, las ganas de vivir la vida; liberando antes los miedos que nos enjaulan en un lugar, como a la protagonista Isabel Chacón, en un momento, en un amor o en ocasiones incluso en una opinión ajena. De esas de programa de televisión privada y tertulianos impertinentes.

Los ochenta años que cumplía la protagonista de la obra, encerrada desde hacía media vida con su particular guardián entre el centeno en su apartamento, se dejaban sentir en la interpretación de una Concha Velasco igualmente octogenaria que, a diferencia de su personaje, se ha atrevido vivirlo todo fuera de su hogar y a su edad aún se atreve a hacerlo, dispuesta a no dejar encerrar a su libertad en la libertad de opinión de nadie.
Dispuesta a consumir cada instante, prendiéndolo con una forma de ser paradójicamente incombustible.

Por supuesto que Concha Velasco ya no es una reina mora de quince años ni la chica del pelo alborotado que, a mediados de los sesenta conquistó a España entera. Ni siquiera es la Olivia que fue hace cinco años y medio sobre las tablas del Juan Bravo. Pero en sus ojos y en su forma de actuar, especialmente cuando el texto escrito por su hijo, Manuel Martínez, se vuelve revoltoso, irónico y juguetón, quedan muchas llamaradas yeyés que invitan a admirar y ovacionar a la actriz, quien, mientras siendo Isabel Chacón recordaba el pasado de la protagonista antes de su agorafobia, parecía echar la vista atrás, por momentos y sin necesidad de memoria –tan sólo de recuerdos- a todo lo que ha llovido en su propia vida, de la que ha sido superviviente un incendio tras otro.

Tal vez por ello, la escena en la que, mientras Isabel, sentada en todo momento, decide si quiere o no salvarse de las llamas prendiendo fuego a sus demonios, cuenta de dónde sale ese infierno que la ha mantenido en lo alto de un rascacielos durante medio siglo, resultó la más sobrecogedora de la obra. Esa que, como en las tormentas sobre la Plaza Mayor, termina de teñir el cielo de gris negro, trae un viento fuerte y deja al ruido en manos de la gravedad.

Después, la descarga del tiempo dio paso a una liberación de aplausos y Concha Velasco fue la calma que sucede a la tormenta. Divertida, amable, agradecida y creyente, se despidió del público segoviano bendiciéndolo e invitándole a dejar que siempre encuentre en la cultura un medio de supervivencia.


Ana Vázquez