Llamado a anunciar el evangelio

Andrés de la Calle fue Vicario General de la Diócesis hasta 2017. Hace dos décadas que es el responsable de la Unidad Parroquial Centro de Segovia. Desde que sintiera la llamada de Dios siendo apenas un niño, trata de predicar su palabra

El segoviano Andrés de la Calle obtuvo la distinción Prelado de Honor de Su Santidad, después de que lo solicitara el Papa Juan Pablo II. / KAMARERO
El segoviano Andrés de la Calle obtuvo la distinción Prelado de Honor de Su Santidad, después de que lo solicitara el Papa Juan Pablo II. / KAMARERO

Apenas era un niño cuando sintió la llamada de Dios. “Cada uno tiene una vocación”, dice. Él tenía muy clara la suya. Andrés de la Calle necesitaba hacer el bien a la humanidad. La única vía que encontró para ello era anunciar el evangelio con la palabra. No lo dudó: debía consagrar su vida a Dios. Y así lo hizo: fue Vicario General de la Diócesis hasta hace cuatro años. Desde hace dos décadas es el responsable de la Unidad Parroquial Centro.

Su familia era cristiana. Desde el principio sintió su apoyo: humano, económico y, sobre todo, espiritual. Empezó a ser monaguillo en la parroquia de su pueblo, en Madrona. Mientras que el resto de niños tenían sueños propios de su edad, él deseaba ser sacerdote: con 12 años, ingresó en el seminario de Segovia.

Durante su adolescencia se planteó si esta era de verdad su vocación. Era una de esas preguntas que no esperan respuesta. Lo sentía dentro: había nacido para ser sacerdote. “Si naciera otra vez, volvería a serlo”, afirma con orgullo. Durante 30 años fue vicario de pastoral y vicario general.

“Hay que dejar ciertas cosas de lado”, reconoce. En septiembre cumplirá 50 años como sacerdote. A lo largo de todo este tiempo no ha tenido dificultades para compatibilizar su devoción con su familia. Le aportaba mayor beneficio interior lo que elegía, que lo que dejaba. No está “atado a ellos”. Saben que vive para la feligresía.

Hace años que obtuvo la distinción Prelado de Honor de Su Santidad. No se esperaba recibirlo. Juan Pablo II lo solicitó. Y no dudaron en concedérselo. Aunque le quita importancia, “es un título con mucho significado”, asegura.

Habla con humildad. Pero ha conocido a varios Papas, entre ellos, al mismísimo Papa Francisco. En la última visita que le hicieron los obispos de cada nación, acompañó al obispo emérito Ángel Rubio. Tuvo “el honor” de estrechar su mano y hablar “cara a cara” con el Papa.

Es consciente de que hace años que se atraviesa una crisis de las vocaciones a la vida consagrada. No “condena” a la sociedad por ello. Sí a la época “de gran secularización en la que vivimos, que prima mucho lo material”. Cree que los valores espirituales evangélicos se han dejado de lado.

Es feliz siendo sacerdote. Esto le hace ser un hombre de fe. “Jesucristo es la vida”, sostiene. Para él, representa los valores del amor, del perdón y del sacrificio (entre otros). Esto ha llenado su vida. Y desea que también la de los demás. Ahora más que nunca.