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“Y cerca de la iglesia de San Martín hizo una casa asaz notable para su aposentamiento cuando no quisiese en el alcázar posar, y en Valsaín, que es a dos leguas de esta ciudad hizo otra casa asaz buena para su recreación con un bosque muy grande cercado de cal y canto en que tenían gran muchedumbre de bestias salvajes”.

Es la referencia que la Crónica castellana realiza al palacio real que Enrique IV mandó levantar en el barrio de San Martín. Lo cita José Luis Martín en su libro sobre Enrique IV. Sobre el edificio también escriben con buena pluma el Marqués de Lozoya y José Antonio Ruiz Hernando.

Corresponde el palacio a una obra de mitad del siglo XV. Primero construiría Enrique su casa y, más tarde, tras su matrimonio en 1455 con Juana de Avis, emprendería con la casa de la reina. Era muy habitual en aquella época que el rey y la reina tuvieran aposentos separados; en este caso cada uno poseía además un patio y por medio de una galería se unían ambas casas. Cuenta la tradición que en el patio del rey campaban a sus anchas leones salvajes, a los que se les asocia todo tipo de vicisitudes. Hay testimonios de que ello ocurría también en el pabellón de caza que Enrique tenía en Valsaín. A la posteridad ha pasado con el nombre de patio de los leones, o corral de los leones, el de la ciudad. El cronista Alonso de Palencia, que aprovechaba cualquier circunstancia para despotricar contra el Señor de Segovia, habla de lucha de fieras en el mencionado patio. Garci Ruiz de Castro (1551) señala en tono de chanza las desventuras de un tal Barrasa y de otro Vicente con los dichos leones.

Las casa del rey y de la reina ocuparían el vértice que va desde la esquina del hoy museo de Esteban Vicente, vecina con la casa de los Mexia de Contreras, con el actual edificio de Telefónica. La Plaza de los Espejos –alusión a los que tenía el rey en su galería- y la de la Reina Juana –antes, de las Acequias de la Reina Juana, pues de allí se derivaba la conducción de aguas del Acueducto hasta su casa- conformarían el perímetro del palacio.

¿Por qué se hizo el Rey otra residencia teniendo el Alcázar? El deslenguado y procaz Alonso de Palencia lo atribuye al deseo de tener un lugar en donde ocultar sus vicios. El cronista Diego de Valera, más modoso, habla, como hemos visto, de una casa bastante “notable para su aposentamiento”.

Sería real, pero de notable, poco. Por lo menos en los materiales utilizados para su construcción. En ese manual de arquitectura que se han convertido las ruinas consolidadas del palacio hoy día, se descubre el material pobre con el que se levantaron las casas: hay mampostería, ladrillo e incluso puro tapial: tierra arcillosa húmeda compactada a golpe de pisón. En el exterior se ve todavía hoy en la calle Ildefonso Rodríguez cómo la pobreza del ladrillo fue ocultada con un revoque que simula precisamente a ladrillos.

Un detalle que ha salido a la luz, con el mal estado del edificio, han sido las sogas que se enrollaban en el tirante de madera para que el mortero cogiera una vez se procedía al revoco; eran sogas en la madera y pequeñas hendiduras en el primer revestimiento de la pared, cinceladas con el mismo fin.

Fina tracería en una de las yeserías del Palacio
Fina tracería en una de las yeserías del Palacio. / KAMARERO

Aunque, lo que todavía hoy deslumbra a pesar de las vicisitudes por la que ha pasado el palacio –en 1499 ya era vendido y transferido a manos privadas que lo desmembraron- son las yeserías de estilo mudéjar que enmarcaban puertas y ventanas. Seis han sobrevivido al paso de los años, de la acción humana y de los meteoros. Son yeserías de finísima labra, con tracería, decoración vegetal y geométrica, y hasta frisos de arcos mixtilíneos. Decoran enjutas, intradós y dinteles. Forman arcos y alfices. Algunas de ellas son coronadas por una crestería de caireles de clara influencia gótica. Otras están rematadas por las armas de Castilla y de Juana de Portugal inscritas en una circunferencia y policromadas, tal y como también se observa en San Antonio el Real. En ocasiones conforman un arco rebajado, casi carpanel; en otras, sin embargo, dibujan uno de herradura, algo no extraño en las casas de Segovia –arquitectura civil- de los siglos XIV y XV. Muy parecida son dos de estas yeserías con la que decora la portada del Solio en El Alcázar, haciendo arco de medio punto algo peraltado y circunscrito por un alfiz.

Las yesería fueron presentadas hace unos días recién salidas de la restauración; se han consolidado y estabilizado; ahora se han reducido los problemas de filtración de humedad y eliminadas las causas de deterioro, como eran la introducción de arena o de resto de paramento. Las restauradoras Cristina Gómez y Magdalena García han eliminado también las capas sucesivas de yeso que, a modo de mantenimiento y limpieza, se han ido acumulando a lo largo de los años.

Queda ahora el trabajo de restaurar la policromía también mudéjar de los alfarjes del palacio, en los que ahora a duras penas se vislumbran los escudos del rey y de la reina de Castilla, Señores también de Segovia.

Enrique IV

Siendo muy joven recibió Enrique de su padre Juan II el título de Señor de Segovia. Era esta una ciudad “singularmente estimada” por el luego rey. En ella vivía y en ella gustaba ir de caza. El cronista Enrique del Castillo dice: “Desde su niñez se crió en ella, y la tenía por su propia naturaleza, como si fuera uno de los ciudadanos de ella”. Manuel González Herreros recuerda que concedió a Segovia exenciones fiscales; privilegio de mercado los jueves (1448), que todavía hoy se mantiene; la hizo ciudad franca de alcabalas y demás tributos y le otorgó, siendo ya rey, el privilegio de celebrar dos ferias al año.

El lema de Enrique era ‘Agridulce es reinar’. Creyó tener el favor del pueblo, pero gozó de pocas simpatías de los nobles levantiscos; en 1463 comienza la Guerra Civil castellana y se extienden los infundios sobre él; primero sobre su legitimidad, pues decían que no era hijo de Juan II sino producto de uno de los desvaríos de la reina, y luego, ese año, que tampoco padre, al ser su hija de Beltrán de la Cueva, a quien encumbraría más después de las maledicencias, llegando a ser maestre de Santiago (1463-1464), duque de Alburquerque y señor de Cuéllar. Pero lo que más dolió a Enrique fue la pérdida de Segovia en 1467 a manos de los partidarios de su hermanastro Alfonso. Solo el Alcázar le permaneció fiel en una jornada en la que hasta los Arias Dávila le dieron la espalda. Diego de Colmenares describe el pesar del rey: “Recelándose que si Segovia le había faltado todo le faltaría”.

Patrocinó cuatro obras monumentales: el engrandecimiento y embellecimiento de El Alcázar, el Palacio Real, San Antonio el Real y Santa María de El Parral. A los cuatro les une la semejanza estilística: la mejor mezcla que en Castilla se conoce entre el mudéjar y el gótico. Este doble lenguaje artístico desaparece con la llegada al poder en 1474 de Isabel. Y prolifera también entonces la leyenda negra de un infamado rey.

Juana de Portugal

Alto impacto en la corte debieron causar las portuguesas que acompañaron a la princesa Juana cuando recaló en la corte castellana. Tenía Juana 16 años. Era de tez morena y llegaba “agobiada por la melancolía que en la niñez producen las tragedias del hogar”, según reflexiona Marañón en su Ensayo biológico sobre Enrique IV y su tiempo. No coge buena fuente el doctor, pues se entrega a las maledicencias del cronista Alonso de Palencia, que a la menor ocasión arremete contra Enrique. Es Palencia el principal propagador de la imagen libertina de la reina y de su cohorte de portuguesas. Dice que llevaban trajes descotados y descubrían el seno hasta más allá del ombligo, y consumían la mayor parte del tiempo en pintarse con blanco aceite desde los dedos de los pies hasta la parte más alta de los muslos.

Cuenta la Historia de España de Menéndez Pidal que el príncipe Alfonso, que vivía con su hermana Isabel en la casa de la reina en el Palacio de San Martín, veía a través de una rendija de la pared producida por una tabla rota, cómo Beltrán de la Cueva entraba cada noche en las habitaciones regias. Y en Segovia es leyenda que la casa de la reina no tenía puertas, sino cortinas para mejor entrada de sus amantes. Dice Marañón que Doña Juana “fue mucho más buena de lo que nos dicen los libros”. Los gemelos, fruto de sus amoríos en Alaejos con Pedro de Castilla y Fonseca, no ayudan a la labor.