Retrato de Margarita de Austria pintado por Bartolomé González. / Museo del Prado.
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El pasado jueves, en la presentación del libro escrito por Pilar Serrano sobre la compositora segoviana María de Pablos, la autora afirmó con rotundidad. “María no solo fue olvidada, sino también silenciada”. ¿Por quién? Decía Emil Cioran que las sombras carecen de padres. Sin embargo, Pilar Serrano apuntó a los causantes de la preterición: “los musicólogos”, que incluso en sus respectivas obras citan sin reparo a otros compositores, por supuesto de sexo masculino, que quizá alcanzaran en su vida y en su obra menos méritos que la de Pablos para poseer una entrada, un comentario, una crítica en libros o enciclopedias. Pero que los tienen. En todo caso, es un placer ver el esfuerzo que está desempeñando el Ayuntamiento de Segovia y la Fundación Don Juan de Borbón por rescatar del olvido a una creadora como María de Pablos, cuya obra empieza a encontrar hueco en más de un repertorio musical a nivel nacional.

Quien analice la poesía española de los años cincuenta del pasado siglo se topará con dos libros magníficos que seguían la estela que habían abierto unos años antes Dámaso Alonso con “Hijos de la ira” (1944) y Vicente Aleixandre con “Sombras del paraíso” (1944), alejándose de la poesía formal, preciosista, sin sangre de los “garcilasistas”, tan del gusto del Régimen. Uno de ellos es “La casa encendida”, de Luis Rosales (1949), un poema libro en donde el autor granadino mezcla con éxito estilos que van desde lo surreal a lo narrativo pasando por la lírica con toques existencialistas. El otro lo firma una poeta segoviana, de Cuéllar, Alfonsa de la Torre, que mandó a la imprenta una composición que todavía hoy produce una intensa emoción a quien se enfrenta a su texto: “El Oratorio de San Bernardino” (1950). Desde Ernestina de Champurcín y Josefina de la Torre la poesía española no conocía una calidad tan evidente, una poesía tan honda firmada por una mujer. El libro de Alfonsa, que no Alondra, como Dios le decía, recibió elogios de Gregorio Marañón —“”muchos de estos poemas no se me olvidarán en la vida”— y un año después Gerardo Diego, en abril de 1951, le dedicaba una tercera en ABC. Bien es verdad que el autor cántabro de la Generación del 27 se redimía de su error al no incluir en su “Antología de la poesía española”, de 1932, a ninguna poeta, y eso que las había por entonces de calidad. El libro de Alfonsa recibió en 1951 el Premio Nacional de Poesía, que no es poca cosa, teniendo en cuenta los años que corrían, pero ahí se acabó la gloria (rehúso entrar en la polémica sobre el premio Adonais concedido a Juana García Noreña en 1950). Unas décadas después, el libro de Luis Rosales, y con razón, es recordado, y el poeta incluido en numerosas antologías. No ocurre lo mismo, y en este caso sin razón, con el de Alfonsa de la Torre, que incluso es olvidada en antologías recientes sobre la que bien puede ser su generación, la de 1936. Es significativo que sean tres mujeres, Carmen Conde, Josefina Romo y María Payares quienes se hayan ocupado con mayor profusión de la poesía de Alfonsa, y en el caso de las antologías de Conde es también de resaltar que siempre vayan acompañadas del adjetivo “femenino”, como si hiciera falta tal calificativo para tratar sobre una escritora tan grande como es la de Cuéllar.

Reinas castellanas

El olvido de la mujer alcanza también a empresas más prosaicas, y se acentúa si el asunto atañe al gobierno de la cosa pública. No salimos de Castilla. ¿Quién reconoce el papel que tuvo Leonor de Plantagenet, mujer de Alfonso VIII, en la introducción del estilo gótico normado en tierras hispánicas? Leonor era hija de otra figura potente de la historia, Leonor de Aquitania (magnífico el libro que le dedica Regine Pernoud) y es fruto de su ímpetu la construcción de la catedral de Santa María y San Julián de Cuenca, ejemplo del estilo al que aludíamos. Fue ella quien ordenó edificar la capilla bajo la advocación de San Tomás Becket en la catedral de Toledo (tuvo narices la reina, dado que el después santo y antes lord canciller de Inglaterra fue mandado asesinar por su padre, Enrique II), la primera en España de esa advocación, y posiblemente se le deba que aparezca dicho santo tan desconocido entonces en estos pagos en el espectacular retablo de Anento, pueblo aragonés cercano a la frontera castellana —y tierra de litigios entre los dos reinos en la Guerra de los Pedros—, atribuido al maestro Blasco de Grañén, uno de los máximos representantes de la pintura gótica española.

Otras reinas, sin embargo, han tenido más suerte. Segovia dedica una de sus plazas, en pleno centro, a Juana de Avis, la reina Juana, la mujer de Enrique IV el Impotente, cuya procacidad no solo puso en jaque a su marido, sino que fue el germen de la segunda guerra civil castellana. Siempre me ha sorprendido que, en una España cicatera con el protagonismo de la mujer, Juana gozara de este reconocimiento. Y más en la ciudad en donde en 1474 fuera proclamada Isabel como reina o viviera Isabel de Bobadilla (“después de la de Castilla, la Bobadilla”). Quizá no fuera ajeno el hecho de que estos lares que recogen su nombre la vieran pasear cuando salía del Palacio Real que construyera su marido no lejos del lugar.
En los últimos meses hay un “revival” de mujeres que en su profesión o en su simple figura como mujeres relevantes en la historia han sido injustamente olvidadas. Hace unos meses el Museo del Prado dedicó una exposición a Lavinia Fontana (1552-1615) y a Sofonisba Anguissola (1535-1625), dos pintoras que paradójicamente tuvieron más reconocimiento en su época que en tiempos posteriores. Algunos de sus cuadros, de una calidad reseñable, fueron atribuidos a sus colegas masculinos. Semejante olvido ha tenido que padecer Artemisia Gentileschi (1593-1653), como Lavinia hija de un pintor acreditado, y en cuya magnífica obra que bebe de Caravaggio “Judith decapitando a Holofernes” parece descargar toda la rabia que le produjo una violación que dejó indemne de pena de cárcel al autor –se le dio a elegir entre las rejas y el exilio de Roma, y obviamente eligió lo segundo-, cayendo en un primer momento todo el descrédito en la acusadora. Estas autoras han sido consideradas durante siglos como una excepción o rareza dentro de la historia del arte.

La otra Corte

Con el mismo fin rescatador, el Palacio Real acoge, con tal éxito de público que ha tenido que prorrogarse la clausura hasta el mes de septiembre, la exposición “La otra Corte” sobre las mujeres de la Casa de Austria que fundaron los Monasterios Reales de las Descalzas y la Encarnación, los dos en el centro de Madrid, a un tiro de piedra del Palacio Real, y que hicieron de estos cenobios conventos a la vez que palacios, y a los que se llevaron su propia corte y sus colecciones de arte. Desde ellos siguieron comprando cuadros, relicarios, esculturas —magníficas las que salieron de la gubia de Pedro de Mena o del castellano Gregorio Fernández—, y no cejaron de ejercer influencia en la corte y en sus aledaños.

Juana de Austria (1535-1573) fue hija de Carlos V y de Isabel de Portugal y protagonizó un papel decisivo en la fundación del Monasterio de las Descalzas Reales. Fue princesa de Portugal y heredó el gusto por el arte que tuvo su tía, María de Hungría, una bendita mujer a la que España le debe parte de su patrimonio artístico, que fue a parar en primera instancia a manos de Juana. La princesa, precozmente viuda, fue regente de España durante cinco años y la única mujer que ingresara en la Compañía de Jesús, una orden religiosa masculina. Es curioso cómo la historiografía se ha olvidado de estas mujeres de carácter —ya hablamos de Leonor de Plantagenet antes— que desempeñaron importantes cargos de gobierno en España. Qué decir de su madre, la bellísima Isabel de Portugal, pintada por Tiziano (1548), gobernadora de España mientras su marido estaba fuera del país recorriendo el Imperio y que con especial brío durante la Gran Regencia (1529-1533) atendió los problemas internos y de la política de Indias siguiendo su propio plan y en ocasiones con abiertos enfrentamientos con los consejeros designados por su marido.

Otra hija de Isabel y de Carlos, hermana por lo tanto de Juana y de Felipe II, María de Austria, vivió en el retiro de las Descalzas desde 1583 hasta su muerte en 1603. Fue hija de emperador y emperatriz por su matrimonio con su primo Maximiliano II. Sus numerosos partos no le alejaron de su afición por al arte, aunque su colección no posea la relevancia que tiene la de su hermana. La pintó Antonio Moro (1551) en un cuadro en el que destaca su belleza y elegancia, y también el prognatismo mandibular de los Austria, menos evidente en su hermana Juana, por lo menos es lo que se desprende del cuadro que Sánchez Coello (1566) le dedicara. Juana también fue pintada, y muy bien, por Sofonisba Anguissola, a la que antes citábamos.

Decía que María no reunió la colección de obras de arte que logró almacenar su hermana, pero sí una de las mayores lipsanotecas de la Cristiandad. La lipsanoteca es como una pinacoteca pero de reliquias santas. No sé si por conciencia femenina, por pasión cristiana o por qué extraño motivo puso especial dedicación en atesorar reliquias de las Once Mil Vírgenes, esas pías mujeres que acompañaron a Santa Úrsula a finales del siglo IV de nuestra era en su peregrinación a Roma para que el Papa les ratificara su “modus vivendi”, basado en la castidad, y que a la vuelta dice la tradición que fueron asaltadas y descuartizadas por los hunos. Por cierto, y es esta una de las muchas casualidades que proporciona la historia del arte, se conoce por Maestro de las Once Mil Vírgenes a un pintor segoviano perteneciente al estilo hispano-flamenco castellano y del que El Prado guarda algunas de sus tablas.

Cerramos el círculo de mujeres notables de la nobleza con Margarita de Austria-Estiria, mujer de Felipe III y fundadora del Monasterio de la Encarnación. Era tal la conexión que tenía con él que hizo construir un pasadizo que comunicaba el viejo Alcázar con los aposentos del cenobio.

Es gratificante que estas y otras mujeres salgan del olvido. Sea cual fuere en su momento su cometido y los motivos por los que cayeron en las sombras, que es tanto como decir en la nada. Citamos al principio el caso de Alfonsa de la Torre, termino ahora con las palabras de otra escritora, preterida entonces por su condición femenina, que reflejan lo que debieron sentir estas mujeres, conscientes ellas de su valía pero con la frustración de no ser reconocidas por los colegas de distinto género: “El alma, ¿no es la misma que la de los hombres? Yo aseguro que si entendierais que también había en nosotras valor y fortaleza, no os burlaríais como os burláis”. Pertenece la queja a Maria de Zayas (1590-¿1661?), una poeta y dramaturga admirada en su día por el mismo Lope de Vega y que no adquirió valor hasta que Emilia Pardo Bazán no diera luz a su nombre y a su obra. La misma Pardo Bazán —hoy recordada por su hilarante correspondencia con Pérez Galdós— sufrió en sus nada magras carnes la discriminación cuando se le negó la entrada en la RAE a pesar de haber escrito esa obra maestra que es “Los pazos de Ulloa”.