Foto: Carlos Givaja
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Es la segunda vez que entrevisto a Miguel Pita, profesor de la Autónoma de Madrid y de familia muy vinculada a Segovia. Joven y de aspecto dinámico, amable, sabe transmitir su enorme interés por la biología y, especialmente, por la genética, campo en el que es especialista. Esta vez en pleno verano, nos encontramos en la Plaza de Olavide de Madrid, cerca del Centro Segoviano. Es un ambiente relajado, de apacibles terrazas bajo los árboles. Pero los camareros y los clientes llevamos mascarillas, porque, tras la agradable apariencia, permanece la amenaza de uno de esos entes microscópicos a los que llamamos virus y que viene condicionando nuestra vida en los últimos meses. Precisamente, Miguel sabe mucho de esos seres que, aunque minúsculos, pueden resultar letales. Es un estupendo divulgador y escritor y en su último libro ha querido acercarnos a la comprensión de algo de lo que los virus son y del alcance de su peligrosidad.

— Miguel, yo he conocido la escasez económica y no me ha resultado ajena la idea de los desastres de la guerra, de la que hablaban mis padres y abuelos, pero nunca me imaginé que iba a tener que ver a toda España recluida en casa por miedo a unos bichitos microscópicos. ¿Qué son esos virus que nos obligan a buscar refugio como si de un bombardeo se tratara?
— Pues son un elemento más del panorama de la convivencia de especies y algunos de ellos tienen un potencial infectivo tan grande que, en situaciones como la que estamos padeciendo, acarrean tremendas consecuencias. Son situaciones que vienen repitiéndose desde siempre, pero lo malo es que en el futuro serán más frecuentes. Cada vez somos más y destruimos más los ecosistemas, que son dos factores muy relacionados con la posibilidad de aflorar pandemias. Pero, en nuestro caso, los virus nos están recordando que nosotros también somos seres biológicos y que, en contra de lo que solemos creer, no lo tenemos todo controlado. Somos animales en el juego de la vida, expuestos y mortales, y éste es un mundo inestable, aunque vivamos en ciudades y tengamos coches que nos ofrecen una falsa sensación de poder y protección. Meros fragmentos locos de ADN o de ARN envueltos en proteínas, que es lo que son los virus, nos pueden desestabilizar en cualquier momento.

— Hay científicos que sostienen que los virus ni siquiera son seres vivos…
— En realidad, ése es un debate de poca importancia porque comprendemos muy bien lo que son, aunque no sepamos dónde ubicarlos. Son moléculas de material genético envueltas en proteínas con algunas características similares a los de los seres vivos, especialmente la de reproducirse. Pero no son seres celulares, como las bacterias, las plantas, los hongos y los animales, sino que necesitan invadir células. Son más química que biología, pero, como se reproducen, los estudia la biología.

— ¿Y cómo se las ingenian para entrar en las células y destruirlas?
— El mecanismo es muy sencillo. Las proteínas de la envoltura de los virus tienen mucha afinidad con las proteínas de la membrana de las células, lo que equivale a un permiso de acceso, como la huella dactilar para acceder a las cámaras acorazadas. Una vez que entran, sus instrucciones son aprovecharse del material de la célula, sacar copias de su proteína y su material genético, y volver a salir. Conviven con los animales millones de especies de virus inofensivos, pero el azar de las mutaciones puede dar a un virus la llave de acceso a un organismo al que antes no infectaba y eso producirá la enfermedad del organismo hasta que se produzca un nuevo equilibrio.

— Nuestro cuerpo posee un sistema propio de defensa, al que llamamos sistema inmunitario: ¿por qué resulta insuficiente frente a determinados ataque de los virus?
— El sistema inmunológico tiene una forma de actuar sorprendente. En concreto, debe saber distinguir nuestras proteínas de las proteínas del virus, lo que requiere un procedimiento muy sofisticado. Para poder atacar las proteínas ajenas genera constantemente y al azar anticuerpos, es decir, moléculas de reconocimiento. Es una especie de sistema de control de calidad, que ya lo quisieran las fábricas. Pero puede ocurrir que ninguno de los anticuerpos que recorren constantemente nuestro organismo sea capaz de reconocer a un nuevo virus. Además, la fábrica de anticuerpos trabaja a pleno rendimiento en la juventud y luego decae. De mayor, es más difícil reconocer al invasor y mover con rapidez tropas suficientes para detenerlo. Otro aspecto importante es el de la copia de seguridad que el sistema inmunológico guarda cuando ha reconocido una enfermedad y se ha enfrentado con ella. Esa copia nos da una ventaja cuando una enfermedad se parece a otra que ya hemos pasado, como ocurre con las variaciones del virus de la gripe. Pero, cuando un virus es nuevo, como el de ahora, puede pasar completamente inadvertido para nuestras defensas.

— Explicas en tu libro que hay personas que poseen inmunidad natural, por razones genéticas. ¿Los virus contribuyen, entonces, a la selección natural?
— En el azar evolutivo, efectivamente, hay individuos que por ligeras diferencias o irregularidades en el “lector” de sus células no reconocen la “huella” del virus y no permiten su acceso. Esos individuos tienen ventaja evolutiva, pero los medios sanitarios que hemos creado hacen que esa ventaja tenga actualmente poca influencia selectiva. Es como lo que ocurre con los miopes, que ya no estamos en desventaja para sobrevivir, aunque en condiciones primigenias lo tendríamos difícil al no ser capaces de cazar.

— El SARS-CoV-2, el que nos asedia ahora, ¿es un virus particularmente agresivo?
— Se da con frecuencia que, cuando un virus mata muy rápidamente al infectado, limita su propio poder de propagarse. Hay un equilibrio que hace que los virus más agresivos tiendan a ser menos contagiosos. El coronavirus actual es muy contagioso, pero mucho menos agresivo que otros, como el del Ébola. Aun así, no podemos ignorar su peligrosidad.

— Puesto que pertenece a una familia en la que también se incluye el virus de la gripe, ¿no debiera estar ya familiarizado nuestro sistema inmune con su forma de ataque y preparado para anularlo?
— Se parece más a algunos de los virus que causan el resfriado común que al de la gripe. Y a ese respecto hay investigaciones que apuntan en el sentido de que hay personas que podrían estar inmunizadas no genéticamente, que era de lo que hemos hablado antes, sino por haber pasado enfermedades similares. Serían personas no completamente protegidas, pero sí con su sistema de defensa sobre aviso.

— Asistimos ahora a una frenética carrera entre empresas y países por ser los primeros en conseguir una vacuna que impida, al prevenirla, la propagación de la Covid-19, que es la enfermedad provocada por este virus. ¿Crees que se está procediendo de la manera adecuada y que está asegurado que se consiga la vacuna?
— Bueno, es una reflexión interesante. Damos por sentado que se logrará una vacuna y yo también creo que se va a conseguir, pero, evidentemente, no está garantizado y menos en el tiempo récord que se está exigiendo, cuando normalmente hubiera podido tardar décadas. Es como plantearse llegar a Marte el año que viene, cuando sabemos que tal proyecto requiere lustros o décadas. Se va a conseguir la vacuna, sí, pero se trata de un proceso de enorme precisión, es un milagro biotecnológico. Primero, se piensa su diseño y se fabrica, pero, a continuación, comienzan las fases más lentas, que exigen asegurarnos de que el remedio no es peor que la enfermedad y que funciona bien aplicada a cualquier persona. Para eso, hay que probarla en miles de voluntarios. La ventaja en nuestro caso es que el mundo entero está volcado en conseguirla y que quien se adelante ocupará una posición de liderazgo mundial. Hay intereses no sólo económicos sino también geopolíticos y más siendo año electoral en Estados Unidos.

— ¿Pudiera haber dificultades insalvables que impidieran lograrla por mucho dinero que se invirtiesen ello?
— Eso puede suceder, pero no es el caso de la enfermedad actual. Al contrario, se ha avanzado ya mucho en la parte más difícil, la más técnica, y hay varias propuestas y resultados muy positivos. De hecho, en Madrid el Centro Nacional de Biotecnología, aunque no sea el primero en la carrera, trabaja también para lograr una y tiene experiencia con vacunas anteriores. Se sabe muy bien cómo hacer vacunas contra los coronavirus porque se vienen haciendo desde hace tiempo. Éste de ahora es un virus que muta mucho y que probablemente exija vacunas nuevas con el paso de los años, como pasa con la de la gripe. Pero sería un problema menor. Además, independientemente de las mutaciones del virus, la aceleración a la que se está sometiendo al proceso va a hacer, quizá, que las primeras vacunas sean “apresuradas”, útiles sólo temporalmente, y habrá, probablemente, necesidad de otras posteriores.

— Los especialistas en genética tenéis ahora un papel destacado en la producción de vacunas, entiendo yo, porque se va hacia la inyección de fragmentos de ARN…
— La más puntera, la de la empresa Moderna de Estados Unidos, es un tipo de vacuna que no ha existido previamente. Aunque tiene inconvenientes, como todas las cosas, la producción sería muy rápida porque parte de ella se hace en el propio cuerpo humano. Es decir, en vez de inyectar un producto terminado, se inyecta la información genética para que el propio cuerpo fabrique la vacuna.

— Una vez infectados, se usan fármacos antivirales, pero no son tan eficaces como los que se usan contra las bacterias. ¿Por qué los virus son menos vulnerables que las bacterias?
— El problema lo tenemos en concreto con este virus contra el que no hemos encontrado un antiviral eficiente y se están aplicando antivirales usados contra virus anteriores. Aunque también es verdad que atacar a los virus es un poquito más complejo que atacar a las bacterias. Los virus son una estructura más inestable, más tendente a mutar, que las bacterias y, además, la maquinaria que utilizan es la de nuestras células, lo cual elimina posibles dianas a las que atacar. Podríamos decir que son más escurridizos que las bacterias, aunque es una generalización, pues hay millones de virus y también millones de bacterias y hay bacterias terribles, provocadoras de grandes desastres.

— Hay, además, otros medios más sencillos de prevenir el contagio. Dices en tu libro, por ejemplo, que el lavarse las manos es un arma de destrucción masiva. ¿Por qué son tan importantes estas prevenciones y qué opinas del uso de las mascarillas, ahora que hay un cierto debate?
— Bueno, lo importante es que en caso de tener el virus hay que evitar que no entre en el cuerpo de la persona que tenemos al lado. Todo lo que sirva para evitarlo, es positivo, sea mantener la distancia, las mascarillas o lavarse las manos. Y, sobre todo, ahora tenemos todos mucho más conocimiento de qué es una pandemia y de los medios para atajarla. Sabemos qué tipos de mascarillas hay o cómo se deben usar y que usarlas mal es improductivo, como cuando tocamos un plato o un vaso con la mano con la que hemos tocado la mascarilla o viceversa; en cambio, usarlas bien es un elemento que suma para contener la pandemia.

— En España la incidencia de la Covid-19 es más alta que en los países de nuestro entorno. ¿Cuál crees que es la razón: mala gestión o costumbres y estilo de vida?
— Bueno, creo que es algo que tendrá que ser analizado con tiempo, sin prisas en la valoración. Las cifras de afectación tardarán algunos años en ser fiables, como ha ocurrido con las de otras pandemias. Pero, aceptando que nos ha afectado más a España, yo diría que nuestra sociedad está bastante expuesta a este tipo de problemas por varias razones: somos muy sociables, hay mucho contacto entre pares y, sobre todo, intergeneracional, somos muy cercanos, hacemos vida al aire libre y recibimos muchos turistas. Por otro lado, me parece muy oportunista hacer una crítica dura contra la gestión. Hacer frente a una pandemia será siempre difícil, es como tratar de acertar con el neumático adecuado cuando el tiempo es muy cambiante. Además, tenemos un país, con sus 17 Autonomías, más Ceuta y Melilla, especialmente difícil de gestionar, incluso recurriendo al estado de alarma… Pero yo no entraría tanto en el problema de la gestión como en la consideración de lo abierta que es nuestra sociedad… Fíjate, aquí mismo, estas terrazas llenas en pleno agosto. Esto es bueno para muchas otras cosas, pero no para combatir una pandemia. En contraste, es muy positivo lo capaces que somos de reaccionar. Y no hablo a nivel político, sino de la sociedad: se ve que la gente de a pie quiere entender, ayudar y seguir las normas recomendadas. Aunque haya algunas excepciones, percibo una reacción general que me llama al optimismo.

— ¿Será necesario un nuevo confinamiento?
— Puede necesitarse, por supuesto, si hacemos las cosas mal. Ahora mismo la pandemia está aquí, suben las cifras y la medicación aún es deficiente. Quiero pensar que los hospitales están mejor preparados y los médicos, aunque no dispongan aún de los medicamentos más adecuados, sí tienen una mayor experiencia. Pero, sobre todo, las herramientas para evitarlo están en las manos de los ciudadanos, en las de todos nosotros. Si nos mantenemos alerta, sin relajar las medidas preventivas, no habrá necesidad de otro confinamiento.

— Adviertes de la necesidad de invertir en investigación antes de que se produzcan los desastres…
— España no invierte en investigación de una forma que sea productiva a medio o largo plazo. Aquí se toman decisiones muy cortoplacistas, posiblemente influidas por el partidismo o los periodos electorales. Tampoco tenemos una tradición científica como la de, por ejemplo, Inglaterra. Pero no es sólo la tradición investigadora: hay países, como Corea del Sur, que han optado recientemente por la inversión en ciencia. Hay que invertir en ciencia sin buscar el beneficio inmediato y, a veces, en cosas que ni se sospecha la repercusión práctica que puedan tener. Por ejemplo, como digo en mi libro, ¿quién iba a pensar que la investigación sobre los virus de los murciélagos fuera a tener tanta importancia? Hay que investigar mucho y muy dispar… Y otro problema muy importante es que nuestro esfuerzo inversor se hace al contrario de la manera de hacerlo de países como Estados Unidos. Nosotros tenemos más financiación para producir doctores que para contratarlos después, así que somos donantes de talentos científicos. Regalamos a nuestra gente cuando está formada. Y, aun a pesar de este desastre, estamos muy bien colocados en producción científica debido a que hay mucha vocación. Somos un país de grandes científicos, pero no porque los cuidemos sino porque hay vocación, mucha de la cual desperdiciamos. Te podría poner muchísimos ejemplos, como el del director del principal programa de neurociencia de Estados Unidos, el proyecto Brain, que es español. La mayor parte de los investigadores que formamos rompen aquí los cacharros al dar sus primeros pasos y luego se los regalamos a otros países donde ya no van a romper nada…

Hemos tomado unos cafés y se me ha pasado el tiempo rápido mientras escucho a Miguel. Tengo la impresión de que él mismo es uno de esos científicos de vocación a los que se refiere. Estoy seguro de que él y sus colegas, apasionados del conocimiento riguroso, serán capaces de sacarnos de esta ciénaga en la que nos ha metido la pandemia.