““¡Vamos, a la calle!”. Los primeros segundos del 9 de mayo evocan a un 1 de enero, pero las imágenes son más propias de la bocina que libera a los niños al recreo que de una Nochevieja convencional. Los portales de la calle Real ven salir a jóvenes a toda pastilla hacia la tierra prometida, la misma calle que habían pisado unas horas antes: “Se acabó el estado de alarma. ¡Vamos Hipoglúcidos!”. Otros conquistaron el mirador de Santa Columba como Rocky en las escaleras de Filadelfia: “¡Vamos, que lo hemos conseguido!”.

Segundos antes de la madrugada, los aledaños del Acueducto vivían sus últimos compases de silencio. Hasta un gato paseaba con parsimonia por los pilares centrales, terreno conquistado durante meses, sin saber la que se avecinaba. La anécdota ilustra la despedida de otros tiempos: no será fácil repetir una imagen así en un sábado a medianoche. El contraste fue tremendo: en apenas unos minutos, el atrio de la plaza mayor estaba lleno de jóvenes cantando y saltando en corro.

Mientras esa escena sucedía, Marcos García, de 20 años, esperaba con muletas en la Casa de los Picos. Su esguince de tobillo de grado tres no iba a dejarle en casa: “Antes no podía salir porque no me dejaba la policía. No me lo iba a perder”. Apenas había llegado a la plaza de San Martín cuando pasaron a su lado los restos de la primera estampida de la noche, a las 00:18. Alertada por las primeras escenas de éxtasis, la policía visitó la plaza y se la encontró vacía.

Un simple tropiezo en el camino. En cuanto los coches se marcharon, una decena de jóvenes salió en fila india de un portal frente a la iglesia del Corpus Christi. Con una felicidad desbordante, concluyeron que el fin del estado de alarma era el inicio de los abrazos. Y los gritos internacionales: “¡Oh my God!”. También españoles, como un alumno del IE de Málaga que decidió que ya se podía saludar estrechando la mano. Él defendió el valor didáctico que había tenido para él la pandemia mientras una compañera se reía a su lado y trataba de llevárselo.

Su destino era la Plaza Mayor. En apenas un suspiro había un centenar de personas; algunos grupos celebraban el encuentro en lugares más apartados o sin excesos sanitarios, pero lo cierto es que las mascarillas y la distancia eran la excepción. No tardó en volver a llenarse el atrio mientras algunos fieles criticaban en inglés a los periodistas por “lanzar mierda” contra ellos por fotografiar la estampa.

Era la fiesta de los abrazos y de las canciones; también cumpleaños feliz. Lo que una chica llamaba “dar una putivuelta”. Al atrio llegó un grupo de Toledo cantando: “Castilla La Mancha, Castilla la buena”. Salieron a las cinco de la tarde, dándose el capricho de vulnerar por última vez el cierre perimetral para llegar antes del toque de queda de las 10 a su apartamento segoviano de Airbnb. Cuando dieron las 12, se asomaron por la ventana y empezaron a caer chorros de alcohol. Por supuesto, asomaron la cabeza y bebieron. Así se juntaron para pasar la noche en Segovia estudiantes de Gales, República Chica, Estados Unidos o Ciudad Real. “Pero no nos quitamos la mascarilla ¡eh!”. Lo subraya la voz didáctica del grupo, que incluía a un orgulloso vecino de Puertollano.

Llegó entonces un grupo a conquistar el atrio y proclamar el efectivo lema de la campaña de Isabel Díaz Ayuso, que ahora encabeza de la lista de los 40: “¡Libertad, libertad!”. Esa parte de la Generación Z (nacidos a partir de 2000), junto a algunos más mayores, interpreta vencer al toque de queda como una victoria contra una cruel dictadura. El término libertad, con sus 12 acepciones en la Real Academia Española, tiene interpretaciones para todos.

Como era previsible, la policía volvió. Los fieles de la libertad estaban bien organizados y dieron el aviso para llamar a la segunda estampida de la noche, a las 0:47. Si uno imagina una huida perfecta ante un holocausto nuclear, las ratas no lo hubieran hecho mejor. En apenas cinco minutos la plaza estaba reconquistada por la ley y el orden, con cinco coches de policía y agentes conscientes de sus limitaciones: solo podían medir la distancia social, que no bebieran en la vía pública o que llevaran puesta la mascarilla. El lenguaje de la noche les había situado en una persecución permanente y estaban condenados a llegar siempre tarde

El ambiente entre los agentes era que la noche les estaba sorprendiendo. Sirva como ejemplo la visita a Hontoria a las 0:30 horas tras la llamada de un vecino que había escuchado detonaciones. Allí encontraron tres cartuchos de escopeta y la Policía Local investigó este domingo la finca para asegurar que el origen de los disparos era celebratorio, informa ICAL.

En la calle Real coincidían dos filosofías. Por un lado, la que quería a los agentes lejos: “Mira cómo gastan gasolina”. Por otro, la de quienes disfrutaban la noche con mesura y alertaba a los jóvenes de las consecuencias de su fiesta. El paseo del Salón era un remanso de paz a dos minutos de la plaza. Y no estaba exento de grupos; algunos ya vivían los primeros dramas de la nueva normalidad. Pero el ambiente era tan tranquilo que había calma suficiente para oír las lágrimas de una chica.

Tras la celebración de los universitarios más internacionales en el caso histórico, cerca de sus casas, la fiesta se trasladaba paulatinamente a la Hontanilla, con un ambiente más cívico. El fin del estado de alarma también se celebraba en coche, con la música a tope y sacando raquetas de bádminton por la ventana. De acompañamiento, unos pitidos más propios de una final de la Champions que de una tregua sanitaria.

Todo ocurrió después de que los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado levantaran seis actas por el incumplimiento del toque de queda entre las 22 y las 00 horas. Las penúltimas multas.

La noche en Castilla y León transcurrió con normalidad, con 4.000 personas celebrando en la Plaza Mayor de Salamanca. Más movida estuvo la noche en Valladolid, después de registrarse dos agresiones a jóvenes, que se saldó con dos detenidos por las lesiones causadas a un varón de 19 años con una botella. También, la Policía arrestó a dos personas por resistencia a la autoridad.

Con todo, la irresponsabilidad de unos pocos no es extrapolable al colectivo. Segovia estaba anoche llena de grupos amistosos, con el vaso de plástico en la mano y saludando a cualquiera que se cruzaba en su camino, como en unas fiestas de pueblo. Quizás sea el modelo para el verano: celebración contenida y esparcida. Jóvenes como Marta: “Qué alegría encontrarse con gente. ¿Os venís a la Honta?”.