Un agente medioambiental de la Junta, con un cargamento decomisado a una banda pirata. / E.A
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Los grupos de recolección agresiva de setas están aprovechando un año especialmente abundante para poner en jaque el recurso micológico en la provincia. Su actividad se ha propagado en temporada alta y las comarcas afectadas tienen operativos cada fin de semana. Los agentes medioambientales de la Junta de Castilla y León, obligados a cubrir una vasta superficie en comarcas como Riaza o Boceguillas, hacen frente a esta amenaza con los medios justos.

El ejército de recolectores se surte muchas veces de temporeros: una vez terminada su campaña, alguien les utiliza como mano de obra barata para estas tareas. “Ahí es dónde la administración tiene que trabajar”, demandan los agentes medioambientales de Riaza. “Como en otras actividades ilícitas, hay una red detrás . Nosotros estamos en el campo y nos vamos a seguir encontrando este problema todos los años, salvo que haya un año con menos setas”. En su experiencia, el grueso de estos recolectores es de nacionalidad rumana, aunque también ha denunciado a infractores españoles. Piden una estrategia para atajar la comercialización ilegal y no verse ellos desbordados sobre el terreno. Mientras el año pasado hubo un par de intervenciones en su zona, calcula una decena en el último mes.

Puertas al campo

Hay comarcas que son interesantes para el aprovechamiento micológico ilegal: los grupos buscan zonas abundantes en níscalo, boletus u otras setas muy cotizadas como la Amanita Caesarea. Dentro de las comarcas, hay zonas específicas; por ejemplo, en la falda de la sierra y los pinares, hay mucho boletus. Hay lugares como Navafría o Riaza que han restringido el acceso al monte a través de puertas cerradas con llave. Se puede subir a pie o en bicicleta, pero los vehículos a motor están prohibidos. Lleva más tiempo maniobrar entre setales y la operación ya no es tan rentable para los grandes grupos.

Este año ha sido especialmente propicio, sobre todo en la zona más baja, como el monte de la Comunidad de Villa y Tierra de Sepúlveda: la ubicación más transitada es el Monte de Utilidad Pública 79. En la zona de Boceguillas hay un entorno parecido, también muy transitado. “Todos los días les tenemos por aquí”, subrayan los agentes de Riaza. El lunes hubo una intervención importante en la zona. Es el día a día: intervenciones de urgencia, apagando focos. El agente pide un operativo organizado a todos los niveles en las semanas más boyantes de recolección.

Operaciones de riesgo

Este grupo de agentes participó la semana pasada en una incautación de 172 kilos. Hay furgonetas muy características de estos grupos –modelo, matrícula extranjera o cajas apiladas son los detalles más comunes–, pero las intervenciones no son sencillas. Los agentes medioambientales van habitualmente en parejas y no les sobra personal; ante una operación, se juntan varias parejas–incluso de diferentes comarcas– para intervenir con cierta seguridad.

“Lo primero, tienen un arma blanca para coger los níscalos. Cuando tú les paras, todos tienen una navaja en la mano”

Este agente cree que para reducir riesgos deberían ser, al menos, seis. “Lo primero, tienen un arma blanca para coger los níscalos. Cuando tú les paras, todos tienen una navaja en la mano”. A ello se añade su necesidad económica. “Hay una persona que les paga por cada kilo. Si se tiran todo el día y sacan 200 kilos, igual cada uno se lleva 80 euros. Y eso para ellos es la hostia. Cuando vas a quitárselo…” La alerta suele llegar por aviso ciudadano, pues el personal de la Junta cubre una superficie extensísima de terreno y no es habitual que se cruce con estos grupos. Los agentes identificaron la furgoneta y las cajas llenas de níscalos; a su vez, los recolectores detectaron a los agentes y no salieron a campo abierto. La respuesta de los agentes fue retirar el vehículo y desplazarse a las dos únicas salidas posibles del camino. A las tres horas, aparecieron con el vehículo por una de ellas.

Las autoridades tienen claro de que hay, al menos, una persona que da a la cuadrilla la ubicación exacta de la recolección. “Cuando vienen es porque saben que hay setas”. Por tanto, alguien rastrea la zona con anterioridad y traslada el itinerario concreto. “Sería imposible que ellos lo supieran por sí solos, son meros recolectores. Está claro que hay alguien detrás”. Otro punto habitual de intercepción es la carretera, especialmente ante los controles por la pandemia. La semana pasada fue decomisado un cargamento en la A1 con 23 cajas.

El modus operandi varía según cada grupo. En regiones más despobladas, es habitual que dejen apiladas varias cajas y vayan transportándolas una a una en vehículos. En la zona de Riaza, lo habitual es que se repartan las cajas en la entrada del camino; entran en la zona de recolección con una malla o un artilugio similar y vacían las setas en las cajas. Una vez llenas, hay alguien que las recoge y las mete en el coche.

La cantidad de setas no supone una infracción per sé: podrían llevarlas con licencias de comercialización, que autoriza hasta 50 kilos en ciertas zonas. Los agentes denuncian siempre las infracciones, pero el procedimiento administrativo es muy complicado, sobre todo cuando se trata de nacionales de otros países.

El presidente del Acotado de Montes de Segovia, Ramón López, añade otro elemento a la ecuación: el delito ambiental. “Ya no solo es el arrastre, sino el daño que le hacen al monte en sí, independientemente de lo que recojan o no. El daño que hacen al rastrillar, al acampar y cómo lo dejan todo”.

A veces las setas solo son accesibles a pie y la distancia con el vehículo es grande, por lo que los recolectores duermen en el monte para amortizar su visita. El daño ecológico a la mañana siguiente es evidente. “Ves los restos cuando ha pasado esta gente y se te cae el alma a los pies. Un vertedero en medio del monte. Se han quedado allí un par de días y está todo lleno de plásticos y desperdicios de todo tipo”, lamenta López, que apela a la conciencia ciudadana y pide que si alguien ve alguna práctica de este tipo se la comunique inmediatamente a las autoridades.

Más impunidad que castigo

La estimación que hacen los agentes de Riaza es que de diez veces que las cuadrillas van al monte, siete se salen con la suya. Los agentes tienen repartido su trabajo por demarcaciones, que pueden incluir varios términos municipales. “No puedes estar en toda la comarca, es terriblemente grande”. Por ejemplo, una pareja tiene Cerezo de Arriba, Riofrío de Riaza, Santo Tomé del Puerto o Sigueruelo. Así lo resume: “Barbaridad de hectáreas”. Y no son agentes micológicos, tienen otros ámbitos que cubrir.

Por eso los grupos salen muchas veces indemnes, aunque no oculten el rastro de su recolección en masa. En una zona protegida con barreras para que no puedan acceder a las pistas con vehículos de motor, un grupo ha creado un acceso alternativo bordeando la entrada. La cercanía del nordeste con Soria es otro añadido. Se trata de la provincia más afectada en tiempos recientes, tanto por su ingente producción de setas como por su dispersión demográfica. La despoblación juega a favor de estos recolectores piratas.